El auto se detuvo frente al gran salón iluminado. Un asistente abrió la puerta con elegancia y, uno tras otro, Martha y Martín descendieron.
Cuando Martha alzó la mirada, se quedó inmóvil por un segundo.
El salón era un espectáculo de lujo: candelabros de cristal suspendidos como estrellas, mesas perfectamente vestidas en tonos marfil y dorado, arreglos florales impecables y música suave flotando en el aire. Todo parecía sacado de un sueño cuidadosamente diseñado.
Las puertas principales se abrieron por completo, revelando a los invitados: hombres de traje impecable y mujeres envueltas en vestidos de alta costura. Refinados. Distantes. Observadores.
—Bueno, señorita Vargas —dijo Martín en voz baja, inclinándose apenas hacia ella—, si desea puede seguir explorando. Regreso en un momento. No tardaré.
Martha asintió con serenidad.
—Claro, señor Cruz.
Mientras Martín se alejaba, ella comenzó a recorrer el lugar con discreción, observando cada detalle, cada conversación, cada gesto. No comía mucho, apenas probaba algo aquí y allá, más concentrada en analizar que en disfrutar. Era como si intentara memorizar aquel mundo que aún le resultaba ajeno.
El tiempo avanzó.
Por su parte, Martín se movía entre los invitados estratégicamente. Cada conversación le daba una pieza más del rompecabezas. Estaba cada vez más cerca de descubrir quién quería hacerle daño… y por qué.
Mientras tanto, Martha ya había logrado socializar con algunas personas cuando su mirada se cruzó con una figura que conocía demasiado bien.
Tania.
Vestida de manera llamativa, modelaba cada paso como si el salón fuese su pasarela personal. A su lado estaba Daniel Torres. Hijo de empresarios influyentes, pero con una reputación cuestionable. Aventurero irresponsable, indiferente a la empresa familiar, despreciado incluso por sus propios padres. Tania no era más que una imagen conveniente para él.
Martha no se sorprendió. Solo la miró un segundo… y siguió en lo suyo.
Pero Tania jamás perdía una oportunidad para llamar la atención.
Se acercó, exagerando el sonido de sus tacones, y alzó la voz lo suficiente para
que varios escucharan.
—Ay, pero si es la esposa de ese… Martín Cruz, ¿no? El que está en coma. Qué lástima vivir con un enfermo. De verdad que no sales de nada.
Algunos murmullos comenzaron alrededor.
Tania sonrió con malicia.
—¿Seguro que no quieres que Daniel te ayude como siempre? Arrastrada, igual que tu madre. Bien dicen: de tal palo, tal astilla.
La sangre de Martha comenzó a hervir. Sentía el pulso en las sienes. Pero no iba a rebajarse.
Respiró profundo.
—Yo podré estar con un hombre en coma —respondió con voz firme—, pero al menos no estoy con un despreciable como el señorito Daniel. Aunque… claro, ¿qué se puede esperar de ti? Con lo hueca que está tu cabeza, dudo que sepas pensar por ti misma.
Un silencio tenso cayó sobre el grupo.
Daniel, que había escuchado todo, dio un paso al frente con el rostro endurecido.
—¿Qué dijiste?
Antes de que alguien reaccionara, levantó la mano.
El sonido de la bofetada resonó en el salón.
Martha cayó al suelo. El murmullo creció. Algunos fingían sorpresa; otros disfrutaban del espectáculo.
Tania sonreía satisfecha.
Daniel se inclinó ligeramente hacia Martha, mirándola con desprecio.
—¿Qué te pasa? Si bien que antes me rogabas… me pedías que me casara contigo.
Las palabras pesaron más que el golpe.
Martha, aún en el suelo, alzó el rostro con dignidad.
—¿Qué te crees? ¿Piensas que le rogaría a alguien como tú? —su voz temblaba, pero no de miedo—. Antes de hablar, mírate al espejo… y pregúntate si realmente vales tanto como dices.
Daniel apretó la mandíbula.
—Sobre el matrimonio —continuó ella—, yo nunca lo pedí. Fue idea de mi padre. Y agradezco cada día no haberme casado contigo. Porque, sinceramente… nadie merece a alguien como tú.
Un murmullo recorrió el salón.
Martha intentó levantarse, pero Tania la empujó con brusquedad y le pisó el pie con su tacón.
—¿Qué te pasa? ¿Crees que eres la mejor? Estás con un hombre en coma… por favor. Deja ya de ser tan envidiosa.
Las miradas se clavaban en Martha como cuchillas. Algunos susurraban, otros observaban con morbo, como si ella fuera la oportunista de la historia.
Y entonces—
—¿Qué está pasando aquí?
La voz grave y firme de Martín Cruz resonó en el salón.
El silencio fue inmediato.
Entró acompañado de sus guardaespaldas, su presencia imponiendo respeto. Su mirada recorrió la escena hasta detenerse en Martha en el suelo.
—Suelten a mi esposa. Ahora.
Tania intentó mantener la compostura.
—Señor, mírela bien. Ella es una aprovechada, pero no se preocupe, yo me encargaré de—
Martín la empujó a un lado con frialdad. Sus hombres ayudaron a Martha a ponerse de pie.
Sin pensarlo, Martha lo abrazó. Fue un gesto instintivo, cargado de alivio.
Martín la sostuvo con firmeza.
Luego miró a Tania.
—Tania, ¿verdad?
—S-sí… señor —balbuceó ella.
—¿Te atreviste a dañar a mi esposa?
El color desapareció del rostro de Tania.
—Pero… usted está en coma. Eso dicen todos…
El asistente dio un paso al frente.
—Permítanme aclarar algo. Este es el verdadero señor Cruz. El señor Martín Cruz.
Un murmullo de shock recorrió el salón.
Tania cayó de rodillas.
—Eso… eso no puede ser…
Martín bajó la mirada hacia Martha. Sus ojos estaban cargados de algo más que enojo: orgullo.
—Mírame.
Ella lo hizo.
—Devuélvele la bofetada.
El salón entero contuvo el aliento.
Martha no dudó.
La cachetada resonó fuerte.
Luego otra.
El maquillaje de Tania apenas ocultaba el rojo intenso de sus mejillas.
Martha dio un paso atrás, recuperando su elegancia.
Martín tomó su mano.