—¡Alto, Luna!
Casi llegaban a la manada de los Brown.
—¡No te atrevas a tocarme!
El Alfa hizo caso omiso y le cubrió con su campera.
Ella no le agradeció, pero dejó de temblar, el hombre le recalcó que no lo hacía por Piedad.
—Por mi parte dejaría que se te congelen las nalgas, pero no puedo dejar que todos vean a mi prometida en esa facha.
—¿A mí qué me importa?, con tal que no dañes a mi novio yo sigo la farsa de la boda.
Los miembros de la manada la miraban con curiosidad, la prometida del Alfa a simple vista lucía salvaje.
La única que se alegró de verla fue Cristal, que corrió y la abrazó.
—Luces desaliñada, vamos y te arreglo un poco. —Trató de ofrecer una sonrisa para darle ánimo a la chica.
—Me da lo mismo casarme en esta pinta.
El Alfa se acercó con una expresión burlona y le susurró al oído.
—Ya que la señorita arruinó su vestido de novia, te pondras cualquier trapo, pero de que hay boda, hay boda.
Donna pensaba que no le importaba lo que ocurriera, ese matrimonio era solo un ritual para concretar una alianza.
—Cambia esa cara al menos el novio es guapo. —La tia Cristal ya se adaptaba a la realidad de verla casada.
—Puede ser un actor de cine, pero si no es Dylan de nada me sirve.
Su tía le dio algunos consejos en voz baja, el sonido de la puerta avisaba que había llegado la hora.
Con un sencillo traje que le había mandado a conseguir el novio, llegó al lugar donde todos aguardaban con gran expectativa.
Michael la miraba fijamente, provocando que se encrespara la piel debajo de su falda.
Los votos fueron recitados de manera mecánica.
Los labios de ellos se juntaron y el hombre se acercó a su cuello con delicadeza.
Donna sintió el ardor de esos colmillos que se clavaron en su piel y un hilo caliente de sangre corriendo.
No pudo soportar y se desmayó en sus brazos,
La manada celebró con júbilo.
Aquel día tan especial unía betas y omegas de familias que habían estado en guerra durante años.
El Alfa la llevó en brazos a la habitación, cuando recuperó el conocimiento lo primero que vio fue el rostro de su ahora esposo.
Él tomó su barbilla y quiso darle un beso, ella se rehusó.
En su corazón había una batalla interna, no dejaría que ese hombre la tocara.
Solo odio podía sentir por el líder de una manada tan sangrienta y aunque no fuese el responsable directo, unos Brown había asesinado a sus padres.
“Ahora que estoy aquí, juro que encontraré a esos asesinos y los haré pagar.”
—¿Puedes bajar dos rayas a tu altaneria? Yo solo quiero saber si estás bien.
—Lo estoy, ahora vete y déjame en paz.
Donna se incorporó, notando el ardor en su cuello y lo miró con rabia.
Michael extendió su mano con gracia, como si su actitud pudiera calmarla.
—No me iré, todos alla afuera esperan la consumación de la unión.
—No me pondrás un solo dedo encima de lo contrario ….
—No, señora Brown, deje las amenazas, recuerde que el humano ese está bajo la mira de mis hombres.
El miedo la envolvió y no discutió más con el Alfa, ella se sentó en la cama y él miraba por la ventana.
—Cuentame algo de tí, Luna. ¿Qué te gusta? ¿Quién eres en realidad?
—Alguien que nunca te amará. —su sinceridad brotó, insegura de sus propias palabras.
Pero Michael replicó con confianza.
—No estés tan segura, tengo la certeza de que la madre luna te destinó para mí. Desde la primera vez que hicimos contacto visual, supe que eras mi mate.
Una risa se escapó de sus labios, tal vez porque no entendía cómo cualquier cosa entre ellos podría ser real. Sin embargo, la atmósfera cambió y se tornó seria.
—Tengo que mostrar evidencias de nuestra primera vez.
Confundida, Donna no pudo evitar preguntar.
—¿Qué rayos quiere decir eso?
—Tengo que mostrar el edredón con la marca que prueba tu virginidad. —susurró con un toque de desafío.
—Verás, Michael, no soy virgen.
La reacción de Michael fue inmediata: se levantó y sacó un puñal afilado de la gaveta.
—¿Qué, me vas a matar? —susurró ella, asustada.
—Tranquila. —murmuró antes de hacerse una herida en la mano, manchando la colcha con su sangre.
—Quítate la ropa y envuélvete en la sábana. —ordenó, mientras buscaba el botiquín de primeros auxilios
Obediente, Donna se envolvió en la sábana. Michael salió al exterior donde la manada esperaba.
Él levantó la tela manchada de sangre y celebraron a su alrededor.
—Ve a tu habitación, Luna, no me esperes despierta.
La noche se extendió, y cuando finalmente amaneció, Michael regresó.
Entre las cobijas.
Ella le reclamó su ausencia, aunque sabía que lo hacía solo por las apariencias.
—Te fuiste toda la noche. Espero que nadie te haya visto; no quiero rumores sobre esta relación.
—No creo que te preocupe demasiado. —susurró él, con suavidad.
Su frase la tomó desprevenida, no sabía cómo contestar.
—No quiero discutir contigo. Te agradezco que me hayas cubierto anoche; no me pusiste en evidencia.
—Tu frialdad me afecta, ¿Qué culpa tengo de los errores de mi familia?
—Yo no he dicho nada.
—Pero me desprecias. Apenas era un niño cuando eso sucedió. Mi padre murió amargado y mi madre, siendo fiel esposa, aceptó que era el destino ser la mujer del futuro Alfa.
Las palabras de Michael resonaron en su mente, haciéndola dudar momentáneamente de su rabia.
—No pedí ser tu esposa. Conocerte fue solo un accidente.
—Si tanto te fastidia ser mi esposa, allá esta la puerta.
Ella salió corriendo a toda a prisa y el Alfa la atrapó a media escalera.
La tomó por la cintura y le dio un beso apasionado. Del contacto de la piel de ambos salieron luces que se fusionaron en un anillo mágico.
Aunque le quedó gustando el beso, su respuesta fue una sonora bofetada que casi derriba a Michael.