—Tienes una buena puntería.
Donna contemplaba la flecha clavada en el blanco.
Él la miró como queriendo adivinar sus pensamientos.
—No creo que estés aquí para verme practicar. Habla ya.
Apenas le dio una mirada a la chica.
Ella lo miró con mucha indecisión.
No tenía ni idea de cómo abordar el tema sin alborotar la ira del Alfa.
—Ahora resulta que lees mis pensamientos —replicó, con una chispa de burla en su voz.
—A ver, chiquilla, sé que no soy de tu agrado, nadie nos mira así que no tienes que disimular.
—decía con una sonrisa, aunque esta se congeló tras escucharla.
—Llévame a ver a Dylan. Te juro que será la última vez —dijo ella con voz ahogada.
El rostro de Michael se tornó rojo, indignado ante la propuesta.
—¿Por qué tendría que hacerlo? —preguntó, escudriñando en sus ojos en busca de una respuesta convincente.
Ella sabía que debía encontrar una manera de convencerlo. Sus palabras siempre parecían atorarse en su garganta.
—¡Te lo suplico! No te pido más nada —fue lo único que se le ocurrió en ese momento, y podía sentir la dureza del Alfa.
—¿No me darás nada a cambio? Tú no cumples tu deber de esposa y me exiges que te deje ver a ese humano —declaró, volviendo a concentrarse en su arco.
Su flecha falló el blanco.
—¡Rayos! Ya me has sacado de mi concentración —maldijo.
Siguió con su actitud firme e indiferente, pero ella estaba decidida a ver a Dylan y sabía que no aceptaría un "no" por respuesta.
—¡Por favor! Prometo que será la última vez que te moleste con este asunto —imploró, haciendo lo posible para parecer vulnerable.
Sus ojos se iluminaron con una chispa de compasión, provocando que él cediera.
—Está bien, vamos, pero ya cambia esa cara que me vas a hacer llorar —suspiró.
Al llegar al hospital, Michael estacionó el auto y permaneció inmóvil junto al volante.
—¿No irás conmigo? —preguntó ella, dándose cuenta de que no deseaba que él la acompañara realmente.
—Te espero aquí. No te tardes —respondió él, haciendo gestos con la mano para que entrara de una vez.
—Gracias, Michael —susurró ella, sintiéndose extrañamente agradecida.
Entró al hospital, preguntó en recepción y recibió el número de habitación. Al abrir la puerta, se encontró con el padre de Dylan.
—Hola, tú debes ser Donna. Mi hijo me ha preguntado mucho por ti —le dijo, sonriendo.
—¿Cómo está su salud? —inquirió ella, sintiendo una mezcla de aliviada ansiedad.
—El golpe no tuvo más consecuencias. Dylan está bien, gracias a esas buenas personas que lo trajeron aquí y pagaron los gastos del hospital —informó él, mientras su mirada se posaba sobre su hijo, quien aún dormía.
Ver a Dylan recuperado fue un inesperado alivio en medio de la tormenta emocional en la que navegaba.
—Te dejo a solas con él —dijo el padre en voz baja, sabiendo el peso de la situación.
Donna tomó la mano de Dylan y la besó suavemente.
—Mi amor, somos de mundos diferentes. No quiero que nada malo te ocurra por mi culpa. No me lo perdonaría jamás. Te amo, Dylan —susurró, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a brotar.
Aquella despedida era demasiado amarga para un amor tan especial. Le costaba asimilar que podría ser la última vez que lo viera.
—Mi corazón está hecho pedazos, pero esto es lo mejor. Deseo que encuentres el amor con una humana que te ame y te valore. Adiós, Dylan.
El dolor se encontraba arraigado en su alma, pero debía pensar en la seguridad de su novio.
Se dio una última mirada a su amado, tratando de grabar su rostro en su mente antes de salir nuevamente al pasillo, donde casi tropieza con el padre de Dylan.
—¿Te vas tan pronto? —preguntó él, sorprendido.
—Sí, tengo que volver. Por favor, dígale cuando despierte que vine a verlo y que estoy bien. Cuídalo mucho —dijo, intentando mantener la compostura.
—Lo haré, querida —afirmó el padre con una sonrisa gentil. Ella contuvo las lágrimas al salir rápidamente del edificio.
—Es increíble, la felicidad es tan efímera que puede acabar en un segundo —pensó en voz alta.
Buscó la camioneta de Michael, pero se dio cuenta de que la había movido de sitio.
—¡Esposa mía! ¿Qué quieres hacer?
—Me quiero morir —respondió ella.
—No es tan malo estar conmigo. Puedo hacerte la mujer más dichosa.
— En el corazón no se manda —declaró ella, renuente.
La expresión de su rostro se endureció, volviendo a adoptar su actitud indiferente.
—¡Ya basta de sandeces! Eres mi esposa y no tengo que presenciar tu sufrimiento por otro —protestó con una voz que denotaba frustración.
Ella suspiró, recordando el gasto del hospital.
—Te agradezco lo que hiciste por Dylan.
—¿De qué hablas? —preguntó, como si no entendiera a qué se refería.
—Alguien pagó los gastos del hospital —aclaró, añadiendo más peso a la conversación.
El Alpha permaneció en silencio, pensativo.
—¿Fuiste tú, verdad? —inquirió, encarando la situación.
—Cumplí con mi parte. Ahora te toca a ti honrar la promesa que me hiciste —respondió él, mostrando su resolución.
Un suspiro de nostalgia se escapó involuntariamente de su pecho.
—Estás así por ese humano. Es el colmo, de verdad —comentó, visiblemente agitado.
—¿No es mejor que me dejes ir? No comprendo qué ganas teniendo a alguien a tu lado a quien no amas.
—Estamos unidos de por vida, querida Luna. Aunque si tanto deseas tu libertad, tengo un trato para ti —dijo, fijando sus ojos en ella con intensidad.
Su mirada oscura le envió un escalofrío por la espalda.
—¿De qué acuerdo hablas? —preguntó, perturbada por su inflexibilidad.
—Dame un hijo y te dejo ir —anunció, transmitiendo un fervor casi palpable.
Ella lo observó con rabia, meneando la cabeza desaprobatoriamente.
—Eso jamás. Usted a mí no me toca. Esa clase de acuerdo no me gusta.