Prometo odiarte hasta que el amor gane la batalla

5- El mismo error

—¡Alguien que me oiga, ayúdenme a salir, por favor!

—¡Ah, ya despertaste! —responde el Alfa en tono burlón

— Le pasaste la llave a la puerta.

—Aquí permanecerás hasta que yo lo decida.

—¿Por qué me tratas así?

—Hasta que el humano ese no vuelva a Boston, tú no sales.

En ese momento entra una mujer con una bandeja llena de frutas, tostadas y café.

—Yo te prometí que me quedaría a tu lado, Michael.

—¿De verdad me cumplirás?

—Tienes mi palabra.

Ella aparte de molesta se sintió perdida en ese lugar donde todos eran extraños.

Llena de incertidumbre al no saber en qué iba a parar esa situación.

El destino se ha empeñado en torcer su camino.

Justo detrás de esa tupida vegetación se encuentra la carretera.

“Si pudiera correr hacia la libertad, en este momento nadie me observaría.”

—¿Qué tanto piensas?

Su rostro tiene una actitud apacible y su expresión es dulce. La observa con sus intensos.

—¿Hasta dónde de mis pensamientos tengo que ponerte al tanto?

Michael lanza una carcajada, lo cual la irrita, no le gusta sentirse objeto de burla.

—Ya veo que estás malhumorada, ¿acaso estás en esos días?

Pensar que tiene que soportar su humor negro la hace odiarlo más.

—¡Anda, suelta todas las estupideces que tengas en mente! Total, eres el Alfa y este es tu territorio.

—Para mí no es un placer que mi compañera me desprecie y no quiera estar conmigo.

Su expresión ha cambiado; ahora se deja ver melancolía en su mirada, y le da pesar que sus palabras lo hieran.

¿Qué está pensando? ¿Acaso debería sentir lástima del hijo del asesino de sus padres?

—Tienes razón, disculpa. No acostumbro a ser tan hostil; esta situación me tiene mal.

—Ya veo que eres un poco bipolar.

—Tú me pusiste de mala, me encerraste y te empeñas en burlarte de mí.

Lo mira mientras piensa que incluso es atractivo. Sus labios son tan sensuales y sus manos tan cálidas.

El otro día sintió electricidad al apenas rozarlo; en otra situación, hasta le habría prestado atención.

“¡Creo que se ha dado cuenta de que lo está detallando! ¿Qué le digo?”

—¿Me vas a seguir ofendiendo? —pregunta Michael.

—Tienes razón, perdona.

Se va hacia el bosque.

—¡Espera, no te vayas! —lo detiene.

Camina con la cabeza erguida, como tratando de mirar más allá de todos esos árboles.

—Te sientes extraña entre los tuyos. Dale tiempo; ya después te vas a acostumbrar.

Razona antes de responder algo que pueda empañar el nuevo inicio.

“Tengo que simular que estoy a gusto para que baje la guardia y no sospeche que quiero huir.”

—No creo que eso llegue a pasar. Este no es mi mundo.

Suspira y la mira con evidente fastidio.

—No eres humana. ¿Cuándo vas a entender que eres una loba? Criada entre personas.

—Siempre me sentí distinta de los demás. Luego, mi tía me fue contando de a poco, para no asustarme. No daba crédito a lo que escuchaba; parecía una historia de fantasía.

—¿Conoces la leyenda de nuestra ancestro, la loba Luperca?

—No, cuéntame de eso.

Se acomoda debajo de un frondoso árbol para disfrutar la historia. Él sonríe y prosigue.

—Veo que te gustan los relatos.

Él le cuenta la leyenda que dos hermanitos fueron abandonados en el bosque y una loba los amamantó.

Ella Imagina a la loba cuidando de los pequeños y se queda abstraída.

—Oye, te fuiste lejos. No pienses tanto.

—Es hermosa esa leyenda.

—Te ves tan linda cuando te quedas reflexionando.

Sus manos acarician sus mejillas. Ella cierra los ojos y él le roba un beso.

—Oye, ¿qué haces? Te doy confianza y abusas.

—¿Qué quieres que te diga? Tus dulces labios son una invitación a un beso.

— Eres insoportable.

Sus manos están en sus hombros y su mirada color miel se posa en sus labios, mientras humedece los suyos de manera sensual.

—Ya te dije que amo a Dylan.

—No sabes decir otra cosa. Mejor volvamos a la aldea; ya me has puesto de mal humor.

—No me vayas a encerrar otra vez.

—Eso tengo que pensarlo. Apúrate que tengo muchas cosas de qué ocuparme.

Camina apresurada, porque él va adelante a grandes pasos. No sabe por qué le molesta tanto que no lo ame.

Apenas acaban de conocerse; Michael se tomó en serio eso de la predestinación.

“Nadie puede obligarme a cambiar mis sentimientos.”

—Ay, duele mucho. —Ha tropezado con una piedra y al caer, se le ha torcido el tobillo.

Mike regresa para ayudarla.

—Déjame revisar tu pie.

—¡Auch, eso duele!

—Es solo una torcedura, ¿puedes caminar?

—Creo que no, me duele demasiado.

Él la carga como a una chiquilla.

—Viste que tu destino siempre estará en mis brazos.

Se ríe de ella. Ahora no puede decirle nada; se aguanta y listo.

—Mi luna, disculpa por dejarte atrás. Debí caminar a tu lado.

—No es para tanto; cualquiera tropieza y cae.

—Eres mi mujer y tengo que protegerte.

Lo dice con tanta propiedad que su tierna mirada la aturde.

Están cerquita el uno del otro, a punto de darse un beso.

—Qué lindo verlos así, se nota que están de luna de miel —comenta Sofía Brown, la madre del Alfa.

—Hola, señora. No es lo que parece; me caí en el bosque y creo que me lesioné.

—Oh, déjame revisarte, cariño. Mike, recuéstala en el sofá —añade su madre—.

—Te dejo en buenas manos, querida; mi madre tiene manos de ángel.

—No hay fractura. Aguanta, que esto va a doler.

—¡Auch, no más!

—Está listo; ya lo coloqué en su lugar.

—Gracias, Señora.

—Me puedes llamar Sofía.

—No había tenido oportunidad de volver a platicar con usted.

—Con respecto a lo que hablamos el otro día, yo no puedo ayudarte a escapar.

—¿Por qué cambió de opinión?

—Prefiero no interferir en los asuntos de Mike.




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