—Tía Cristal se alegrará de verme. Tengo que convencerla de que venga a vivir conmigo.
Donna la busca por la amplia mansión de la manada Spencer.
Oye voces masculinas que vienen desde el estudio, se acerca con sigilo.
La puerta está entreabierta y Sam conversa con el Beta de su confianza.
—Donna ya no es un problema para mí, y la paz entre los dos clanes me da tranquilidad para gobernar la manada— dice con una sonrisa satisfecha.
—Señor, nadie más que usted merece el honor de ser el Alfa de los Spencer.
Ellos se sienten seguros, porque dentro de la manada reina un sentimiento de machismo.
Durante años, las mujeres han sido relegadas a un segundo plano, jamás permitirán que Donna los gobierne.
Esos dos siguen hablando sin percatarse de la presencia de la heredera.
Sus palabras indican que se siente satisfecho con toda su maldad.
“Jamás lo hubiese pensado del Alfa Sam”
Continúa escuchando la conversación.
—El recuerdo de mi primer amor está latente en mi alma, al igual que su rechazo —confiesa Sam.
—Han pasado muchos años, Alfa.
—Para un lycan, el amor llega una sola vez y es para quedarse. Recuerdo ese día en el que le dije que le declaré mi amor a la madre de Donna.
—¿Qué le dijo ella?
—Clarice estaba algo asombrada. Me respondió con sinceridad, matando mis ilusiones.
Sam suspira y prosigue.
—Ella me dijo las mismas patrañas que dicen todas antes de darte una patada, que yo era un buen chico, pero amaba a Brandon.
—Eso debió doler.
—Mucho, Hussein. Ella trató de dorarme la píldora enumerando mis cualidades y mi valía como guerrero.
Un suspiro escapó del pecho del Alfa Sam.
—¿De qué se acordó Alfa?
A su mente llegaron recuerdos del día de la boda de los Alfa Spencer.
En las sombras tras los árboles, observó la ceremonia de la unión de los enamorados.
Con los puños cerrados, miraba todo lo que sucedía; su corazón sintió una profunda puñalada cuando los vio caminar hacia el dormitorio nupcial.
Cerca de la medianoche, este lobo triste y enamorado aulló a la luna en lo alto de la colina.
—Yo no dudé en ayudarle ese día a encubrir lo sucedido. Me pareció que usted sería mejor líder.
—Cumplí mi venganza. Todavía recuerdo cuando me juré a mí mismo que me vengaría. Odiaba a Brando.
Toma un poco de brandy y entrecierra los ojos. Al fin y al cabo, hay días en los que los recuerdos se revuelven, y hoy es uno de esos.
Ella está detrás de la puerta, las lágrimas la ahogan. Se pone la mano en la boca para callar su dolor.
El desgraciado Sam continúa orgulloso de su venganza.
—Ese día fue mi oportunidad. Los vi heridos en el bosque y me invadió el rencor. Yo amaba a Clarice; mi rencilla era con el Alfa— dice Sam con voz quebrada.
El dolor de aquel recuerdo lo invade, la conciencia es implacable, no puede escapar de su juicio.
"Sam, ayúdanos, estamos heridos; mi marido se desangra", suplicó Clarice, que se encontraba en muy mal estado.
El Alfa toma otro trago y prosigue:
—A ella no pensaba hacerle daño, pero era necesario que no quedarán testigos.
Su voz se quiebra un poco y el Beta añade:
—Sam, mejor cambiemos de tema.
—Ya empecé y tengo que sacar esos recuerdos que me pudren el alma. La besé en la boca; Clarice me mordió los labios. Le apreté el cuello hasta estrangular a esa mujer.
—Debe ser difícil acabar con la vida de la mujer amada, pero el poder es más importante.
En sus ojos ya no hay lágrimas; el rencor las ha secado. Siente un escozor que le quema las pupilas.
—Soy el Alfa al mando, un ser despiadado que acabó con la vida de la mujer que amaba. ¿Qué más te puedo decir?
—Ahora eres poderoso y diriges la manada; valió la pena.
Donna estaba congelada ante la rabia y el pánico del descubrimiento.
Ante ella Sam era otra persona, a sus espaldas confabulación en su contra.
— Muy pronto me desharé de tu hija y nadie me hará sombra— vocifera con rabia.
Con pasos sigilosos, ella sale de allí y ninguno de los dos se da cuenta.
En la entrada de la casa, la tía la mira.
—¿Qué tienes, hija?
—Vine a buscarte y te irás conmigo a la aldea de los Brown.
—Pero no quiero ser una molestia.
—La vida de las dos corre peligro, no tenemos mucho tiempo.
Cristal hizo sus maletas y se fueron a la manada del Alfa Michael.
—Sé que algo grave pasa; después me lo contarás— agrega Cristal.
—Dame tiempo de procesar esto. Te prometo que te diré todo.
Los días transcurren y todavía está impactada con ese descubrimiento. Desde niña, odiaba a los Brown y el asesino estaba en su propio clan.
En la aldea de los Brown, el día transcurre con normalidad. Los niños juegan mientras las mujeres realizan sus tareas.
La paz deja tiempo libre para el recreo y las actividades al aire libre; los varones celebran una competencia de lucha, donde los jóvenes guerreros demuestran su fuerza y destreza.
—Me gustaría que mi primogénito fuera varón para poder llevarlo conmigo a todas partes.
—¿Es una indirecta?
—¿Cómo crees, mujer? Te prometí que no te presionaría y lo estoy cumpliendo.
Se ve tan guapo; hay que admitir que tiene sus encantos. Mike lucha con los pequeños y se deja ganar, cayendo con gracia al suelo.
Un niño se le acerca con una rosa y se la entrega a Donna.
—¡Qué bonito, gracias!
—Te la envía el Alfa.
Se gira para mirar y el Alfa le guiña un ojo con picardía.
—Te debo una disculpa porque el otro día te besé a la fuerza.
Ella no le hizo mucho caso a su galantería, solo pensaba:
“¿Dónde me vine a meter?”
—Alfa, discúlpame, tengo algo importante que decirte —interrumpe un Omega.
—Habla; no tengo secretos para mi esposa.
—Hay un humano al acecho en la aldea; aquí viene.
El corazón de Donna dio un vuelco, era Dylan, quien peleaba con los guardias.