—Debes irte, temo por tu vida, te prometo que yo te alcanzo luego.
La tía se resistía a regresar a Boston. Su mirada estaba fija en la de Donna.
Ambas, sabían que la despedida sería dolorosa, pero necesaria para salir de esa trampa donde se encontraban.
—No me iré de aquí sin ti. Desde que tus padres murieron, te asumí como a una hija.
Sus ojos reflejando una profunda preocupación y amor maternal.
Donna reconoce su valentía.
—Te amo como a una madre y lamento haberte arrastrado al peligro.
La angustia se apodera de ella al recordar la conversación reveladora que había escuchado entre Sam y Hussein.
—Algún día tenía que suceder. Acudiste al llamado de tu naturaleza.
Cristal respira con resignación y profunda tristeza.
—Yo no puedo irme sin vengar la muerte de mis padres.
La expresión de Cristal se torna sombría. Ante la obstinación de Donna.
—Jamás hubiera pensado que Sam los asesinara tan fríamente.
El recuerdo hace temblar las piernas de Donna.
Estaba aterrorizada por la suerte de Cristal, ella debía abandonar la manada de inmediato.
El corazón de Donna estaba dividido entre la venganza o huir para ser felíz junto a Dylan.
—Hija, no te dejes consumir por la venganza, aún hay tiempo vamos juntas a Boston.
Para Donna no es tan sencillo,como pasar la página y seguir adelante.
A pesar de su determinación,nada le quita esa opresión en el pecho.
Ella toma a su tía por el brazo y la obliga a caminar, pero Cristal todavía se resiste.
—Nada de lo que hagas devolverá la vida a Clarice y a mi hermano.
—Tienes razón, pero la manada no merece ser liderada por alguien tan cruel como Sam. Tengo que quitarle la careta.
Las venas del cuello se le inflan a Donna, el odio se aviva dentro de ella.
En ese instante, una mezcla de dudas y deseos la inunda.
Quería correr hacia Dylan, pero sabía que debía ignorarlo mientras él se encontraba en prisión en la aldea.
Actuar con cautela era necesario para evitar que los celos del Alfa desataran una tragedia.
Cristal, en su angustia, llegó a una conclusión.
—Está bien, haré lo que me pidas. He estado pensando y creo que estoy demasiado vieja como para huir contigo por el bosque; podría ser un estorbo.
Donna abrazó a su tía de manera efusiva, sin saber cuándo volverían a verse, esperando que fuera pronto.
Sin embargo, su visita al Alfa fue interrumpida por un sirviente.
—Señora, el Alfa está ocupado. Nos pidió que no lo interrumpiera.
—Apártate de mi camino. Soy la esposa del líder y nadie me impedirá verlo.
Donna abrió la puerta del estudio donde Michael se encontraba.
—Luna, pensé que la última persona que desearías ver era yo.
Él esbozó una sonrisa que intentaba parecer amigable.
La necesidad llevó a Donna a pronunciar sus propias palabras.
—No tengo el gusto de estar aquí contigo.
—No es extraño en ti — respondió Michael, con humor, intentando romper el hielo.
A pesar de las risas del Alfa Donna mantuvo su postura.
—Lo que realmente importa es que necesito que la tía viaje a Boston y lo ideal es que se vaya con Dylan.
El rostro de Michael se veía más relajado, al menos era un pequeño triunfo que ella se quedara.
Por ningún motivo ella le reveló sus verdaderos intenciones.
—Me alegra que al fin entres en razón, tu lugar está a mi lado.
—Saca a Dylan y a mi tía de aquí y luego nos sentaremos a hablar tú y yo.
Más que una súplica, a él le pareció que ella le daba una orden y la miró con mucha curiosidad.
No le preguntó nada a ella, se encogió de hombros y salió de la mansión.
Cristal, ya tenía su maleta lista, informó a Donna que el viaje al aeropuerto sería en breve.
—Te voy a extrañar— susurró Donna, sintiendo un nudo en la garganta.
—Yo también, pero deberías contarle la verdad a Michael.
Ella le respondió que no tenía caso, al fin y al cabo esa guerra era solo suya.
—Él sabrá qué hacer para ayudarte en tu venganza, no seas terca.
Donna dudó un momento.
—Lo pensaré. Quiero que le entregues esta carta a Dylan.
—¿Qué le escribiste?
—Prefiero no dar demasiados detalles. Solo quiero que él me espere y no se meta en problemas por mi culpa.
La asintió y se guardó la carta con la firme decisión de entregarla solo cuando el avión tocara tierra en Boston.
Cristal abrazó a Donna con fuerza y salió, afuera estaba Dylan, en la camioneta, esperando escoltado por varios Omegas.
—Vamos para que lo veas partir.
—Alfa, ¿Qué pretendes?
Él casi le arrastró hasta afuera.
Michael aprovechó la ocasión para afirmar su territorio y abrazó a Donna por la cintura.
—Mi mujer y yo les deseamos un feliz retorno a su ciudad.
Queda claro que si Donna está aquí conmigo es porque así lo quiere, ¿verdad, amor?
Los ojos de Dylan reflejan angustia.
—¿Así de simple? ¿Nada más renuncias a mí? Ven conmigo, Donna. Tú no amas a este hombre.
—Soy una mujer casada. Lo que vivimos quedó en el pasado, ahora mi presente está aquí, con los míos.
—Ya escuchaste a mi mujer, ¡lárgate!”, ordenó Michael.
Cristal les pidió a todos que se calmaran.
Michael prometió cuidar de su sobrina.
—No tienes que decirlo. Ella es mi luna y jamás dejaría que alguien la lastime.
Ese día, el clan Spencer recibiría a Donna y Michael con alegría. Sin embargo, entre aplausos y sonrisas, algo oscuro acechaba.
A medida que la fiesta avanzaba, los gestos de Sam eran observados con atención.
Se movía con frialdad y cálculo, sus ojos analizaron cada interacción.
Al anunciar un consejo de ancianos. Sam, optó por imponer su autoridad, ignorando el peso de Donna en el clan Spencer.
—Por siglos ninguna mujer ha gobernado en la manada Spencer.
El Alfa del clan Brown defendió a su mate.