Prometo(te) no soltarte(me)

PRÓLOGO

La mejor manera de predecir el futuro es creándolo – Peter Drucker

Existe una idea casi romántica sobre los nuevos comienzos: la creencia casi universal de que siempre traen consigo esperanza, crecimiento y oportunidades disfrazadas de cambio

Existe una idea casi romántica sobre los nuevos comienzos: la creencia casi universal de que siempre traen consigo esperanza, crecimiento y oportunidades disfrazadas de cambio. Nos enseñan que empezar de nuevo es valiente, que mudarse, cerrar ciclos o decir adiós forma parte del progreso natural de la vida.

Y durante mucho tiempo yo también lo creí.

Durante años, cambiar de ciudad y de país fue parte de mi cotidianidad; primero por el trabajo de papá y después porque decidí acompañar a mamá en sus viajes interminables. Aprendí a despedirme, a empacar recuerdos en mis maletas y a adaptarme con una rapidez anormal. Pero, sobre todo, aprendí que las despedidas dolían menos cuando te convencías de que todo formaba parte del movimiento natural de la vida.

Pero no todos los comienzos nacen de la voluntad. No todos anuncian su llegada ni conceden tiempo para prepararse.

Hace un mes, dos semanas, tres días y trece horas, la vida me impuso uno nuevo con la muerte de mamá.

Desde entonces, los días no transcurren de manera lineal. Hay mañanas en las que despierto convencida de que todo fue una pesadilla y otras en las que la realidad me golpea antes incluso de abrir los ojos. A veces puedo cumplir con todas mis responsabilidades sin dificultad; otras, tareas simples como responder un mensaje requieren un esfuerzo desproporcionado.

El mundo siguió avanzando con una puntualidad impecable. Yo aprendí a imitarlo.

Cumplí cada expectativa que el mundo tenía de mí. Funciono. Respondo. Sonrío cuando es necesario. Mantengo conversaciones coherentes y participo en las reuniones familiares sin desmoronarme.

Pero en lo más íntimo, en ese espacio que nadie ve, existe una sensación persistente de estar detenida, como si mi vida hubiese quedado pausada en el instante exacto en que recibí aquella llamada que partió mi vida en dos.

A veces me pregunto si esta eficiencia es fortaleza o simplemente una forma de evitar detenerme demasiado tiempo en lo que perdí.

—¿Elyssa? —la voz de papá irrumpe con suavidad —. Te has quedado en silencio otra vez.

Parpadeo varias veces antes de reaccionar.

Estoy sentada al borde de la cama del hotel en Venecia, con la mirada fija en el canal que se extiende bajo el ventanal abierto. El agua se mueve con calma, reflejando fachadas antiguas y el cielo pálido de la tarde. Escucho el sonido lejano de una embarcación y el murmullo constante del agua que golpea suavemente los muros.

Me giro para mirar a papá.

Aaron Sinclair Smith tiene treinta y ocho años, y una presencia imposible de ignorar incluso cuando no dice una sola palabra. Es alto, de hombros rectos y postura impecable, como si la disciplina formara parte de su estructura ósea. Su cabello es negro y sus ojos grises —siempre atentos —rara vez revelan más de lo necesario. Hay en él una precisión constante que contrasta con la intensidad con la que mamá vivía todo.

Está apoyado contra el marco de la puerta, observándome con una mezcla de atención y prudencia.

—Lo siento —murmuro—. Solo estaba distraída.

—No estabas distraída —corrige con calma—. Estabas lejos.

La acusación me obliga a sostenerle la mirada. Siempre ha sido así: directo. Desde la muerte de mamá, sin embargo, su firmeza viene envuelta en una capa de cuidado nuevo, como si cada frase pudiera romper algo frágil entre nosotros.

—¿Te ocurre algo en particular o es uno de esos días?

Dudo antes de responder, porque admitir la tristeza la vuelve tangible.

—Es extraño estar aquí sin ella... —confieso finalmente.

Estamos en Venecia porque fue la última ciudad que mamá visitó. Pasó aquí sus últimos días, caminando por calles estrechas, escribiendo en sus cuadernos de tapas gastadas, enviándome fotografías de puentes y ventanas con flores. Me hablaba de la ciudad como si fuera un organismo vivo.

Papá insistió en venir antes de que yo comenzara la universidad presencial en Londres. No habló sobre una despedida, pero lo conozco lo suficiente para saber que busca algo que no sabe nombrar: tal vez perdón o reconciliación con un pasado que quedó incompleto.

Mis padres se divorciaron hace diez años. Oficialmente fue civilizado. Extraoficialmente fue devastador.

Lo que comenzó como admiración mutua terminó convertido en silencios y discusiones repetitivas. Mamá amaba el movimiento; papá necesitaba estabilidad. Durante un tiempo, esas diferencias los complementaron. Después, los separaron.

—Tu madre amaba vivir aquí —dice en voz baja—. Decía que Venecia te obliga a mirar hacia adentro.

Casi puedo escucharla diciendo esa frase, con esa convicción tranquila que tenía cuando hablaba de ciudades como si fueran personas.

—Siempre encontraba significado en todo —añade.

Y es verdad. Mamá tenía la habilidad de detenerse a analizar incluso los detalles más pequeños. No se conformaba con observar; necesitaba comprender su entorno. A veces me pregunto si estoy interpretando bien lo que esta pérdida quiere enseñarme o si todavía me resisto a mirarla de frente.

El silencio que sigue no es incómodo, pero sí denso.

—He estado pensando... —empieza papá, hablando con la precisión de quienes caminan con cuidado sobre vidrio roto—. Sobre Londres.

Ahí está el verdadero motivo de la conversación.




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