Prometo(te) no soltarte(me)

CAPÍTULO 1: FRANCIA

Nueve meses, ocho días y dieciocho horas despuésNueve meses, ocho días y dieciocho horas después

Estar en Francia no era algo que realmente me emocionara, al contrario, me aterraba sobremanera. Sin embargo, llevaba mucho tiempo evitando este momento, incluso antes de que mi mamá muriera. Siempre encontraba una excusa, pese a eso, como dice la interpretación de la Ley de Murphy: lo que tiene que pasar va a pasar.

Bajo del avión privado de papá intentando mantener la compostura. Haber creado un conglomerado tecnológico internacional claramente tiene sus beneficios. La pista privada está despejada y a unos metros hay dos camionetas negras esperando.

A un lado está Lenin Caldwell.

Lenin ha sido el asistente de papá desde que tengo memoria. Alto, cabello canoso perfectamente peinado hacia atrás y traje impecable. Tiene ojos verdes y una expresión que casi nunca cambia. Es eficiente, directo y bastante estricto. De niña le tenía miedo. Ahora solo me intimida un poco.

Aun así, siempre está cuando lo necesitamos.

Bajo los últimos escalones del avión con calma, respirando hondo antes de avanzar hacia las camionetas. No alcanzo a dar más de cinco pasos cuando una de las puertas se abre con fuerza y de ella salen mis hermanos.

Gerald Edward Sinclair, veintitrés años, parece salido de una revista. Complexión atlética, postura segura, mandíbula marcada y mirada firme. Tiene el cabello castaño con ondas naturales que nunca se esfuerza demasiado en acomodar, pero que siempre luce bien. Sus ojos grises son muy parecidos a los de papá, y cuando te mira fijo es imposible no sentir el peso de su atención.

Gregory Einar Sinclair, casi dieciocho, ya no es el niño que recuerdo. Es alto, atlético, con una estructura facial más definida que hace unos meses. Cabello negro, espeso y ligeramente ondulado, ojos color miel y una expresión más seria de lo que debería tener alguien de su edad.

Gregory es el primero en llegar hasta mí.

Su abrazo es inmediato y fuerte. Me quedo quieta unos segundos antes de corresponderle y cerrar los ojos un momento.

Siento otros brazos rodearnos y sé que es Gerald por el perfume. Nos quedamos los tres así, en silencio. Cuando nos separamos, veo que ambos tienen los ojos brillosos. Eso me afecta más de lo que esperaba.

Lenin se acerca para informar que mis maletas ya están cargadas. Asentimos y Gregory le da indicaciones a Lenin, al mismo tiempo que voy a la camioneta donde me dice que han subido mis maletas. Gerald toma las llaves que le entregan. Yo voy directo al asiento del copiloto.

Mientras salimos de la pista, conecto mi celular al bluetooth. Empieza a sonar Slow Hands de Niall Horan en volumen bajo.

Gerald comienza a contarme cómo ha estado manejando la sucursal de Nueva York. Me habla de las reuniones y de unos proyectos de expansión en el continente asiático. Se nota que está orgulloso, pero también agotado.

Después menciona que su relación no va bien. Que la distancia y el trabajo les están pasando factura. Que decidieron tomarse un tiempo. Dice que por eso aprovechó para venir.

No hace falta que diga más. Recuerdo demasiado bien las peleas de nuestros padres. Las conversaciones que terminaban en gritos. Gerald también lo recuerda. Se le nota en la forma en que aprieta el volante al terminar de hablar.

No digo nada. Solo asiento.

El silencio que sigue es cómodo, había extrañado esto.

Cuarenta minutos después llegamos. La camioneta se detiene en el garaje.

Bajo del vehículo y observo el lugar con calma. El jardín delantero tiene una piscina mediana y un jacuzzi a un lado. Hay tumbonas de madera oscura y una zona de comedor exterior con muebles grises.

La fachada es de piedra blanca, con un diseño moderno. Ventanas amplias con contraventanas grises y un tejado de líneas limpias. No es exagerada y se ve elegante.

Papá se acerca y pone un brazo sobre mis hombros.

—¿Te gusta? No es tan grande como la de Nueva York, pero esta se siente más como... hogar.

Lo miro unos segundos antes de abrazarlo.

Papá ha sido increíblemente paciente conmigo y mi proceso después de la muerte de mamá.

Vive aquí desde hace tres años y nunca me obligó a venir. A pesar de mis múltiples rechazos, él nunca dejó de invitarme; sin embargo, no había tenido el valor de venir. Siempre creí que de alguna forma traicionaba a mamá, pero me di cuenta de que era miedo.

Tenía miedo de que gustara tanto la estabilidad que él me proponía. Que después de estar aquí no quisiera seguir viajando con mamá, de querer quedarme en un lugar y que no hubiera despedidas. Y aunque después de la muerte de mamá dejé de viajar, aún seguía sin tener el valor de venir.

Pero hace unas semanas papá me volvió a invitar a pasar las vacaciones con ellos. Me tomó más de dos días en decidirme, pero pese a los miedos acepté, la cara de papá fue un poema, su cara se iluminó y pudo jurar que vi una lágrima cayendo.

—Ustedes son mi hogar, papá. Recuerda: donde sea que vayamos, mi hogar serás tú, no el lugar. —murmure contra su pecho

—Entremos para que veas el interior —se aleja un poco y con una sonrisa agarro su mano para entrar.

Al entrar lo primero que noto es el olor, madera. El recibidor es sencillo, las paredes son claras y hay luz natural entrando desde el fondo.

Caminamos unos pasos y llegamos a la sala principal. Es más grande de lo que imaginaba. El sofá es de tono claro, ocupa casi todo un lado del espacio, frente a una mesa baja y una alfombra con diseño geométrico. Los ventanales corredizos llaman mi atención de inmediato; son amplios y dejan ver el jardín y el lago Loiret.




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