La localidad más cercana al bosque donde aparecieron los chicos quedaba a dos horas del cráter de Nazz. Aislado entre montañas y con apenas dos mil habitantes. El camino hacia la Ciudad Blanca, su capital, era tan duro que casi nadie quería intentarlo. Incluso la red Babel Raines, el famoso “Espejo de Humo” de Bondel, apenas tocaba algunos puntos por los cerros y el clima raro que creaba una jaula de Faraday natural, en la mayoría del terreno.
— Ya banda… ¡Necesito pantalones! — Lloriqueó Nazz, pateando una puerta de madera con grabados coloniales. Ya recuperado del potente efecto paralizante de los hilos de Ángela, una persona normal podía haber terminado en coma por su tóxico despliegue. . Sacudió el polvo de sus plumas tras salir del túnel, tiritando como pollo mojado. Solo llevaba la toga vieja, la manta que Hawk le había dado. — ¡Hace un chingo de frío!.
— Oniisan, no tenemos recepción —, se quejó Vane al golpear su consola, sintiendo la espalda casi recuperada gracias al fármaco rojo que su prima le había inyectado.
— ¿Y no había una entrada menos mortal? — Murmuró Jim, apoyado en las vigas del túnel, temiendo que todo “le caiga encima” con cada crujido.
— Vaya plasta de niño —, dijo con pena ajena Leo, el tío de Ángela, cuando el chico lo usó de soporte.
— Lo siento, illo. Este pasaje es la única forma de entrar sin que nos pillen — explicó Amaya. — Aquí estarás más seguro que… que en la camita de la abuela — añadió, mostrando el patio de una iglesia al final del túnel. — Bienvenidos a “El Pueblito”.
La zorra se abrió paso desesperada, buscando señal en su brazalete.
— Qué original, qué pintoresco — comentó Kyōko saliendo con glamour, posando como idol, lentes oscuros y un abanico, mientras sus drones grababan un video para sus fans nipones.
— Hipócrita. Ella es la R‑tuber —, refunfuñó la grulla. — Tiene dos millones de seguidores con esos videos de nuestras misiones.
Hawk suspiró al ver cómo su prima resumía lo vivido la noche anterior, de manera casual, en su idioma natal, omitiendo lo clasificado. Seguro que él terminaría editándolo todo, como siempre.
La comandante explicó que, aunque estos aztlantecas vivían simples y conservadores, el aumento de víctimas del “Despertar” los obligó a ser más progresivos. En “El Pueblito”, a diferencia del resto del mundo, los alterados podían caminar libres, sin prejuicios. Ni su tierra futurista lograba eso.
— ¿Quiénes son ellos, Amy? — preguntó Angie, separándose del grupo y mirando con envidia a los niños Beta entrenando en un cuadrilátero improvisado. Llaves, lances y caos adolescente por todas partes. Austero, pobre, pero lleno de risas. Lo contrario a la bien financiada Fundación Bondel donde ella estaba internada.
— Ah, pues son los chicos del padre Romeros. Iram Romeros.
— ¿El padre Iram? No me digas que… — Angie casi brincó, recordando al sacerdote que atendía a los católicos del Refugio. Para ella, él era la luz al final del túnel de su certificación.
— Ay, perdonad, comadrita — Amaya se puso frente a ella. — Le pedimos que no te dijera nada. Era demasiado peligroso con tó lo que pasaba.
— ¿Estamos en su iglesia? — Siguió Angie, ignorando la disculpa, maravillada por aquel lugar que parecía un mini paraíso protegido por la fe.
— Ea. La Iglesia-orfelinato del “Santo Entierro” — Explicó la rubia. — Además de Bondel, el padre es el único con permiso para cuidar a niñas como vosotros. No es cualquiera. Es un héroe nacional, chiquilla. Queríamos traerte con él, pero… “El Elfo” nos pilló.
— ¿Elfo? ¿Cuál Elfo? — preguntó la señorita, olvidando la explicación larguísima que le había dado Kyōko.
Ese lugar, esa iglesia era un oasis para los alterados como ellos. Bueno, lo había sido hasta que alguien aprovechó el raro fenómeno que bloqueaba las comunicaciones. Usando la ubicación perdida entre cerros, un desgraciado empezó a explotar la mano de obra superhumana del sitio. Convirtió la comunidad en un laboratorio gigante de anfetaminas, perfecto para probar un veneno nuevo y letal, ese que el querido tío Leo llevaba años obsesionado.
— Más te vale que esto no sea de coña, “Kerberos” —. Escribió en su móvil un enmascarado de ojos celestes, ropa deportiva oscura y pasamontañas azul profundo. Años antes de que las Montoya pisaran Aztlán. Cortó una abertura en la malla ciclónica de una preescolar abandonada en Guadalupe.
El frío del apestoso barrio empotrado entre los peligrosos cerros a las orillas de la Ciudad Blanca, era casi gratificante esa madrugada. Por fin la había encontrado: la primera pista de la investigación que cambiaría su vida.
— Os tengo, caraculo —. Emocionó al ingresar, oculto detrás de un juego de madera en el patio.
Con la mira telescópica de su cámara, observó a un joven aztlanteca de piel clara y cabello castaño luminoso, enano, dieciocho años, regordete y envuelto en una gabardina, descendiendo de un Mercedes blanco sin placas. Se frotaba las manos con una emoción tan exagerada que parecía un meme viviente, como un niño goloso frente a un McDonald’s. Tres Beta lo escoltaban: una rata, un coyote y una lagartija, todos muy bien armados. El muchacho, con su abrigo adornado de plumas, les preguntó con firmeza:
— ¿Y ya tienes mi encargo? — Sus ojos olivos temblaban.
Sí patrón. Dos cisternas —, respondió la rata, abriendo un maletín esposado a su muñeca. Dentro, un morral rojo. — Esta es la muestra. Dijo que la próxima será el doble, el pinche negro igualado.
— Es un ingrato, ¿eh? — Refunfuñó el gordo, arrebatando el morral. — Ay, equis. Espérenme aquí, su vejez arruina mi diversión —, dijo, entrando a la escuela con metralletas escoltándolo.
El lugar era amplio y oscuro; tres tipos no cubrían todo. Esa confianza permitió al encapuchado reportero colarse sin problema.
— El gilipollas ni siquiera protegió el patio. Claro, El gilipollas ni se ha dignado a proteger el patio. Claro… ¿quién sería tan rematadamente idiota como para colarse por aquí a estas horas? — Pensó, al avanzar con gracia casi felina. — Joder, no va a enterar ni que le pegó. —, se emocionó al subir una escalera oxidada hacia unas láminas que ocultaban un boquete. Una tarima lo esperaba dentro, con vista perfecta sobre el auditorio iluminado. Tal como Kerberos, su fuente, le prometió.