Propiedad de la Mafia: El Precio de mi Libertad

CAPÍTULO 1: EL BANQUETE DE LAS SOMBRAS

El sol de la Toscana se filtraba a través de los cipreses, dibujando sombras alargadas que parecían dedos negros sobre la grava del camino. Elena Belmonte apretó el volante de su coche alquilado, sintiendo que sus palmas sudaban a pesar del aire acondicionado. En el asiento trasero, el silencio era inusual, lo que solo significaba una cosa: sus hijos estaban tramando algo.

​—Mamá, ¿por qué tenemos que usar ropa de pingüinos? —preguntó Santiago, ajustándose con fastidio el pequeño saco negro que Elena le había obligado a ponerse.

​—Se llama etiqueta, Santi. Es la boda de la tía Sofía. Hay que verse guapos —respondió ella, mirando por el espejo retrovisor.

​—Yo me veo guapa siempre —intervino Valentina, quien estaba ocupada intentando ponerse un labial de brillo que le había robado a Elena—. Pero este vestido pica. Y hay muchos hombres con cara de enojados afuera.

​Elena tragó saliva. Valentina tenía razón. La finca de los Medici no solo estaba llena de flores y celebridades; estaba rodeada de hombres con trajes oscuros y bultos poco discretos bajo las axilas. El mundo de la mafia italiana no se escondía, simplemente se disfrazaba de elegancia.

​Hacía cuatro años que Elena no pisaba suelo italiano. Cuatro años desde que escapó de la mansión de Dante Volkov con nada más que unos pocos billetes, un pasaporte falso y una vida creciendo en su vientre que ni siquiera sabía que eran dos.

​Al bajar del coche, el aire cálido le golpeó el rostro, trayendo consigo el aroma a romero y pólvora de sus pesadillas. Se ajustó el vestido rojo sangre, una elección deliberada. Si iba a caer, lo haría luciendo como el pecado que Dante creía que ella era.

​—Escúchenme bien, terremotos —dijo Elena, agachándose a la altura de los niños—. No se separen de mí. No hablen con extraños, especialmente si tienen tatuajes o cara de que no han dormido en diez años. ¿Entendido?

​—¿Incluso si nos ofrecen chocolate? —preguntó Vale con esperanza.

​—Especialmente si ofrecen chocolate.

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​Caminar por el pasillo de la catedral privada fue como avanzar hacia su propia ejecución. El aroma del incienso se mezclaba con el de los perfumes caros de la aristocracia criminal de Europa. Elena mantenía la cabeza alta, pero su corazón martilleaba contra sus costillas con tal fuerza que temía que alguien pudiera oírlo.

​Entonces, sus ojos lo encontraron en el altar.

​Dante Volkov.

​No había cambiado nada, y a la vez, parecía un hombre completamente distinto. Su presencia llenaba el espacio, una fuerza gravitacional que atraía todas las miradas. Estaba de pie, impecable, con una mano apoyada en el pomo de su bastón de madera oscura —un recordatorio de la herida que Elena le dejó la noche que huyó—.

​Cuando Dante giró la cabeza y sus ojos grises chocaron con los de ella, el mundo se detuvo. No hubo sorpresa en su rostro. Solo una satisfacción gélida, la de un cazador que finalmente ve a su presa caer en la trampa que preparó con años de paciencia.

​—Te encontré —susurró el viento, o quizás fue solo la mente de Elena traicionándola.

​La ceremonia se convirtió en un borrón de palabras en latín y música de órgano. Elena sentía la mirada de Dante quemándole la piel, bajando por su escote, marcándola como si estuviera usando un hierro candente.

​Pero el verdadero golpe ocurrió cuando la ceremonia fue interrumpida. Dante no esperó al "sí, quiero". Se giró hacia la multitud, su voz resonando como un trueno bajo la cúpula dorada.

​—Esta boda se suspende —declaró, sus ojos fijos exclusivamente en Elena—. Porque la dueña de esta propiedad acaba de volver a casa.

​El murmullo de horror de los invitados fue acallado por el sonido de los seguros de las armas de los guardaespaldas de Dante. Sofía, la novia, se tambaleó, pero Dante ya estaba bajando los escalones del altar. Cada paso que daba hacia Elena hacía que ella retrocediera un centímetro, hasta que su espalda chocó contra una columna de mármol frío.

​Dante llegó frente a ella. Era una montaña de poder y furia contenida. Bajó la mirada hacia los niños, que se aferraban a las piernas de Elena. Santiago dio un paso al frente, mirando a Dante con la misma intensidad gélida que el hombre poseía.

​—¿Quién eres tú? —preguntó el pequeño Santi.

​Dante se congeló. Por primera vez en su vida, el gran Don Volkov pareció humano por un breve segundo. Sus ojos viajaron de la nariz de Santiago a los rizos de Valentina, reconociendo su propia genética en cada rasgo.

​—Soy el hombre que va a enseñarte por qué nunca debes dejar que una mujer escape con lo que es mío —respondió Dante, su voz rasposa y llena de un peligro nuevo.

​Se volvió hacia Elena, atrapando su barbilla entre sus dedos enguantados.

​—Cuatro años, Elena. Dos hijos. Un océano de distancia. Y aun así, aquí estás, vestida de rojo para mi funeral... o para nuestra boda.

​—Prefiero verte muerto, Dante —escupió ella, aunque su cuerpo temblaba por la cercanía.

​—Entonces prepárate —dijo él, inclinándose para susurrar en su oído—, porque voy a convertir tu vida en un infierno tan dulce que me pedirás de rodillas que nunca te deje salir de él. Bienvenidos a la familia, terremotos.




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