Propiedad de la Mafia: El Precio de mi Libertad

CAPÍTULO 3: LA JAULA DE MÁRMOL

​El convoy de camionetas negras blindadas se detuvo frente a uno de los rascacielos más exclusivos de la Piazza del Duomo. Milán se desplegaba ante ellos como una ciudad de cristal y acero, fría y perfecta, justo como el hombre que caminaba al lado de Elena.
​Dante no le pidió que bajara; le ordenó con un gesto que sus hombres abrieran la puerta. Al salir, el aire de la ciudad, cargado de humedad y elegancia, golpeó el rostro de Elena. Santiago y Valentina bajaron agarrados de sus manos, mirando hacia arriba con los ojos muy abiertos ante la magnitud del edificio.
​—Bienvenidos a su nuevo hogar —dijo Dante, su voz resonando con una posesividad que hizo que a Elena se le revolviera el estómago.

​Subieron en un ascensor privado que funcionaba con escaneo de retina. Cuando las puertas se abrieron, Elena se quedó sin aliento. El ático era una obra maestra de minimalismo y poder: suelos de mármol de Carrara, ventanales de piso a techo que mostraban la catedral de Milán y obras de arte que probablemente valían más que todo el pueblo donde Elena se había escondido en México.
​—Es demasiado grande para nosotros —dijo Elena, rompiendo el silencio—. Mis hijos no necesitan un museo, necesitan un parque y libertad.
​—Aquí tendrán todo lo que el dinero pueda comprar, Elena —replicó Dante, quitándose la chaqueta y arrojándola sobre un sofá de cuero—. Y en cuanto a la libertad... bueno, la libertad es un concepto relativo cuando eres un Volkov.
​Valentina corrió hacia un jarrón Ming que descansaba en un pedestal.
—¡Mira, Santi! ¡Un vaso gigante para poner limones!
​—¡Valentina, no toques eso! —gritó Elena, pero Dante la detuvo poniendo una mano en su hombro.
​—Déjala —murmuró él—. Si lo rompe, compraré otro. Pero si ella se corta, el que sufrirá seré yo.
​Elena lo miró, confundida por ese destello de preocupación paternal mezclado con arrogancia. Dante se alejó hacia una barra de bar y se sirvió un whisky doble. Sus movimientos eran felinos, precisos.

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Dante había hecho que trajeran la mejor cena de un restaurante con tres estrellas Michelin. Sin embargo, el ambiente era tan tenso que la comida sabía a ceniza para Elena.
​Santiago observaba a Dante comer. El niño imitaba la forma en que el mafioso sostenía el cubierto, con una curiosidad que aterraba a Elena. Dante, por su parte, parecía fascinado por la audacia de Valentina, que intentaba convencer a uno de los guardaespaldas, apostado en la puerta, de que le prestara sus lentes oscuros.
​—Mañana vendrá un equipo médico —anunció Dante de repente, dejando el vaso de cristal sobre la mesa—. Necesito el perfil genético completo de los niños. No es que dude de tu palabra, Elena, pero los protocolos de la familia Volkov son estrictos.
​—¿Protocolos? —Elena se rió con amargura—. Hablas como si fueran soldados en lugar de niños de cuatro años. No voy a permitir que les saquen sangre solo para satisfacer tu ego.
​Dante se levantó lentamente, rodeando la mesa hasta quedar detrás de la silla de Elena. Se inclinó, apoyando las manos en el respaldo, atrapándola.
​—No es mi ego, dolcezza. Es su seguridad. Una vez que el resto de las familias de la Comisión sepan que tengo herederos, ellos se convertirán en blancos. Necesito saber todo sobre ellos para protegerlos... o para vengarlos si algo sucede.
​Elena sintió un escalofrío. Ese era el precio oculto. Al reclamarlos, Dante también les había puesto un objetivo en la espalda.
​Después de la cena, Dante llevó a los niños a sus nuevas habitaciones. Elena se sorprendió al ver que, a pesar de su frialdad, Dante había mandado a decorar los cuartos con juguetes, libros y tecnología de punta. Santiago tenía un telescopio profesional; Valentina, una casa de muñecas que parecía una mansión real.
​Cuando los niños finalmente se quedaron dormidos, agotados por el viaje, Dante llevó a Elena a la habitación principal.
​—Esta es nuestra habitación —dijo él, cerrando la puerta con un clic metálico que sonó como un disparo en el silencio de la noche.
​—Dormiré con los niños —dijo Elena, intentando pasar por su lado.
​Dante la atrapó por la cintura, pegándola a su cuerpo caliente y firme. Su olor la envolvió, despertando recuerdos de noches que ella había jurado enterrar.
​—No me obligues a ser el villano en esta primera noche, Elena —susurró él contra su cuello, su voz vibrando en sus huesos—. Has pasado cuatro años fuera de mi alcance. He soñado con este momento cada maldita noche. El ático está cerrado, los guardias están en posición y tus hijos están a salvo. Pero tú... tú me perteneces.
​Elena lo miró a los ojos, viendo la tormenta de deseo y rabia que se libraba en ellos.
—Puedes encerrarme en este palacio, Dante. Puedes ponerle mi nombre a cada estrella de Milán. Pero nunca volverás a ser dueño de lo que siento.
​Dante sonrió de una forma que no llegó a sus ojos.
—No necesito tu amor, Elena. Me conformo con tu rendición. Y créeme, tengo toda la noche para obtenerla.

Elena sintió que el aire de la habitación se volvía denso, casi sólido. Dante no se había movido, pero su presencia llenaba cada rincón del dormitorio. El lujo del lugar —la cama de seda negra, las paredes tapizadas en terciopelo y la iluminación tenue— se sentía como una trampa diseñada para bajarle la guardia.
​—No me toques —repitió Elena, aunque su voz traicionó un ligero temblor.
​—¿Por qué? —Dante dio un paso más, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se rozaban—. ¿Por miedo a que te lastime, o por miedo a que descubras que tu cuerpo todavía recuerda el mío mejor que tu propia mente?
​Elena cerró los ojos y, por un instante, el ático de Milán desapareció.
​FLASHBACK:
Recordó el frío de una pensión de mala muerte en la frontera de México. Recordó el olor a humedad y cómo tenía que contar cada moneda para comprar leche. No había mármol, no había seda. Solo el miedo constante de que un hombre con un tatuaje de la familia Volkov apareciera en la puerta para arrebatarle a sus hijos.
Recordó haber llorado en silencio mientras Santiago tenía fiebre, jurando que preferiría morir antes que volver a ser el trofeo de un mafioso.
​Al abrir los ojos, la rabia había reemplazado al miedo.
​—Mi cuerpo recuerda el dolor, Dante. Recuerda el peso de tus cadenas —dijo ella, empujándolo con ambas manos. Él no retrocedió ni un milímetro; era como intentar mover una montaña—. ¿Crees que por traernos aquí y darnos juguetes caros vas a borrar que me compraste como si fuera una yegua?
​Dante la atrapó por las muñecas, levantándolas por encima de su cabeza y presionándola contra la puerta cerrada. Su mirada gris era una tormenta de furia y deseo.
​—Te compré para salvarte, Elena —rugió él, su voz vibrando contra los labios de ella—. Tu familia estaba muerta. Tus enemigos te estaban cazando. Si no te hubiera reclamado, estarías en una fosa común o en un burdel de los Balcanes. Te di mi nombre, mi protección... y me pagaste clavándome un cuchillo en la pierna y llevándote a mis hijos.
​—¡No eran tus hijos en ese entonces! Eran solo una posibilidad que tú habrías convertido en soldados —le gritó ella—. ¡Míralos, Dante! Son inocentes. No dejes que la sangre de tu imperio los manche.
​Dante suavizó el agarre, pero no la soltó. Su pulgar rozó la mejilla de Elena, bajando lentamente por su cuello hasta el borde del vestido rojo. El contraste de su guante de cuero negro contra la piel blanca de ella era una imagen de pura posesión.
​—Es demasiado tarde para eso —susurró él, bajando el tono hasta convertirlo en una promesa oscura—. Ya están en mi mundo. Y tú también. Puedes pelear todo lo que quieras, puedes odiarme durante el día, pero por la noche... por la noche serás la mujer del Don.
​Se inclinó y capturó sus labios en un beso que sabía a whisky y a una desesperación contenida por cuatro años. No fue un beso dulce; fue un reclamo, una guerra de lenguas y voluntades. Elena quiso resistirse, quiso morderlo, pero la traición de su propio deseo comenzó a encenderse en su vientre.
​Dante la soltó de repente, dejándola respirando con dificultad. Se alejó hacia el ventanal, dándole la espalda.
​—Vete a la cama, Elena. Mañana empieza tu nueva vida. Los niños conocerán a sus "tíos", y tú... tú aprenderás a ser la reina de este imperio, te guste o no.
​Elena lo miró desde la sombra, sabiendo que la verdadera batalla apenas comenzaba. Dante Volkov era un monstruo, sí, pero era el monstruo que ella misma había elegido una vez, y el único que podía proteger a sus hijos de los demonios que ella misma había despertado al regresar a Italia.




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