Milán amaneció bajo una capa de niebla gris que parecía presagiar la tormenta. Dante había decidido que Elena y los niños necesitaban "aire fresco", lo que en su lenguaje significaba una salida custodiada por tres camionetas blindadas y diez hombres armados.
—No quiero ir a esa tienda de juguetes, mamá. Quiero ir al parque —se quejó Valentina, pateando suavemente el asiento de cuero del Mercedes-Benz.
—El parque no es seguro hoy, piccola —intervino Dante, sin despegar la vista de su teléfono satelital—. Mañana haré que cierren el parque Sempione solo para ustedes. Hoy, nos limitaremos a la Vía Montenapoleone.
Elena lo miró de reojo. Dante vestía un abrigo largo de lana oscura que le daba un aire de villano de película antigua. Ella, por su parte, se sentía como un trofeo expuesto. El vestido de seda verde esmeralda que él había elegido para ella era hermoso, pero la hacía sentir vulnerable.
—¿Cuándo dejarás de tratarnos como prisioneros de guerra? —susurró Elena, aprovechando que los niños estaban distraídos con una tablet.
—Cuando dejen de enviarme cabezas de cerdo a mi oficina, Elena —respondió él con una frialdad absoluta—. Moretti no se tomó bien la humillación de ayer.
El Estruendo
El convoy avanzaba por una calle estrecha cerca del Duomo. El tráfico de Milán era caótico, pero los conductores de Dante eran expertos en maniobrar. De repente, una furgoneta de repartos blanca saltó un semáforo en rojo y se empotró de lleno contra la camioneta que abría el paso.
¡BOOM!
El impacto no fue solo un choque. La furgoneta estaba cargada de explosivos plásticos. Una onda de fuego y metal voló por los aires, haciendo que el Mercedes de Dante derrapara violentamente.
—¡AL SUELO! —rugió Dante, reaccionando en una fracción de segundo.
Elena no tuvo tiempo de pensar. Sintió la mano poderosa de Dante empujándola hacia el espacio para los pies del coche, mientras él se lanzaba sobre ella y los niños para cubrirlos con su propio cuerpo. El sonido de los cristales blindados resquebrajándose bajo una lluvia de balas de alto calibre llenó el habitáculo.
—¡Santi! ¡Vale! —gritó Elena, el pánico quemándole la garganta.
—Estamos aquí, mamá —la voz de Santiago sonó extrañamente calmada, aunque Valentina estaba llorando del susto.
La Bestia Desatada
Dante sacó una pistola automática de su sobaquera. Sus ojos ya no eran grises; eran de un color plata líquida, desprovistos de cualquier rastro de humanidad.
—Elena, quédate abajo. Si la puerta se abre y no soy yo, dispara —le entregó una pequeña Beretta plateada que sacó de su tobillo—. ¿Sabes usarla?
—Me enseñaste hace cuatro años, idiota —respondió ella, con las manos temblando pero el instinto de supervivencia encendido.
—Buena chica.
Dante abrió la puerta lateral, usándola como escudo. Afuera, Milán se había convertido en un campo de batalla. Civiles corrían gritando mientras hombres con pasamontañas descendían de motocicletas disparando rifles AK-47.
Elena vio a través de la rendija de la puerta cómo Dante se movía. No era un hombre peleando; era un depredador ejecutando una danza mortal. Disparaba con una precisión quirúrgica, cada bala encontraba su objetivo entre las cejas de los atacantes. Vio cómo uno de sus guardaespaldas caía, y cómo Dante lo usaba como cobertura sin dudarlo un segundo.
El Rescate
—¡Vienen por atrás! —gritó Santiago, señalando la luneta trasera.
Elena se giró y vio a un hombre acercándose con un mazo para romper el cristal blindado, que ya estaba debilitado. Sin pensarlo, Elena levantó la Beretta. El peso del arma era familiar y odiado a la vez. Recordó las clases de tiro en la mansión de Sicilia.
Apunta, exhala, dispara.
El estallido del arma dentro del coche fue ensordecedor. El atacante cayó hacia atrás, con un agujero en el hombro. Elena se quedó paralizada, mirando sus manos. Había vuelto a ese mundo. La sangre de la mafia la había vuelto a salpicar.
Dante regresó al coche, arrastrando a un atacante herido por el cuello. Lo arrojó al asfalto y le disparó un tiro de gracia sin parpadear. Se metió de nuevo en el Mercedes, con la cara manchada de sangre que no era suya.
—¡Fuera de aquí! ¡AQUÍ MISMO! —le gritó al conductor herido, quien aceleró sobre la acera, esquivando los restos humeantes de la primera camioneta.
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su venganza tiene un precio de sangre., dos herederos que él no conocía., me compró
Editado: 01.03.2026