Propiedad del clan pantera

Uno

🐇EL AROMA DE LA DESOLACIÓN.

​El frío de la noche calaba hasta mis huesos, pero no dolía tanto como el vacío en mi pecho.

Mis pequeñas patas temblaban sobre el musgo húmedo. Tenía dieciséis años, una edad en la que mis hermanos ya lucían ropas de lino y caminaban con la elegancia de los jóvenes adultos de nuestro clan.

Pero yo seguía aquí, a ras de suelo, viendo el mundo desde la perspectiva de una criatura insignificante. Para mi familia, yo no era más que un error de la naturaleza, una boca que consumía recursos sin la promesa de transformarse.

—Quédate aquí —había dicho mi padre, sin siquiera mirarme a los ojos—. Quizás en el bosque encuentres la utilidad que no tuviste entre nosotros.

Esas fueron las últimas palabras que escuché antes de que sus pisadas humanas se alejaran, dejándome en la linde del Bosque de las Sombras.

​La Trampa de mi Propia Sangre.

El silencio del bosque era denso, interrumpido solo por el latido desbocado de mi corazón. Tenía miedo. Un miedo tan profundo que sentía cómo mi cuerpo traicionaba mi instinto de supervivencia. Sin saber cómo controlarlo, mis feromonas comenzaron a brotar. Podía sentir el aroma: era dulce, como flores silvestres bajo la lluvia, pero para mí era un grito. Una señal que decía: "Aquí hay una presa indefensa".

Traté de ocultarme bajo la raíz de un roble milenario, encogiendo mis orejas beige contra mi espalda. Cerré los ojos con fuerza, deseando ser invisible, deseando ser nada.

Entonces, el aire cambio.

​El aroma de las hojas secas y la tierra fue reemplazado por algo metálico, frío y dominante. Un crujido lento, deliberado, hizo que abriera los ojos.

El Encuentro con la Oscuridad.

Frente a mí, emergiendo de las sombras como si fuera parte de ellas, apareció él.

Al principio solo vi unas botas de cuero negro y la caída de una capa oscura. Subí la vista, temblando tanto que mis dientes castañeaban. Era un hombre, pero su presencia era la de un depredador absoluto. Su cabello oscuro caía sobre un rostro de facciones perfectas pero gélidas, y su piel era tan pálida que brillaba bajo la luna.

​Pero fueron sus ojos lo que me detuvieron el corazón. Eran dorados, intensos, con una pupila que parecía estirarse como la de un felino. Me miraba con una mezcla de aburrimiento y desprecio.

—¿Qué tenemos aquí? —Su voz era un ronroneo bajo que vibró en el suelo bajo mis patas—. Una pequeña bola de pelos que no sabe guardar silencio.

Solté un chillido agudo y escondí mi nariz entre mis patas delanteras, ovillándome sobre mí misma. Podía sentir su mirada recorriendo mi pelaje beige crema. Era el Rey de las Panteras. Sabía quién era por las historias de terror que nos contaban de niños: Dexter Pantheris, el soberano que no conocía la piedad.

—Estás temblando —murmuró él, agachándose. Su sombra me cubrió por completo—. Y tu aroma es... molesto. Inunda mi territorio como si me estuvieras llamando a cenar.

Sentí que el final había llegado. Imaginé sus colmillos rompiendo mi cuello. Un sollozo silencioso sacudió mi pequeño cuerpo y una lágrima humedeció el musgo bajo mi cara.

​—Mírate. Ni siquiera tienes el valor de correr —dijo con frialdad. Sentí sus dedos enguantados rodear mi cuerpo. Me levantó del suelo con una brusquedad que me dejó sin aliento—. Eres demasiado pequeña. No servirías ni para un bocado.

Me quedé paralizada mientras él me sostenía a la altura de sus ojos dorados. Esperaba la muerte, pero lo que escuché fue un gruñido de fastidio.

—Te llevaré al castillo —sentenció, guardándome bruscamente en el bolsillo lateral de su abrigo de cuero—. Te engordaré un poco más. Nadie dirá que el Rey de las Panteras se alimenta de sobras famélicas.

En la oscuridad de su bolsillo, rodeada por el olor a sándalo y peligro que emanaba de él, me quedé quieta. No tenía nombre, no tenía hogar y ahora era la futura cena de un monstruo. Pero, extrañamente, mientras sentía el calor de su cuerpo a través de la tela, el temblor de mis patas empezó a ceder.




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