🐇ENTRE SEDA Y SOMBRA.
El movimiento de su caminar era rítmico, pero brusco. Cada paso que daba aquel gigante me hacía rebotar contra las paredes de su bolsillo de cuero. El aire allí dentro era cálido y pesado, saturado con su aroma: una mezcla de bosque profundo, metal y un rastro de algo salvaje que me erizaba la piel.
Cerré los ojos, tratando de ignorar que mi vida pendía de un hilo. Yo era solo un bocado para él, una reserva de carne que pensaba "engordar".
De repente, el movimiento cesó. Escuché el eco de grandes puertas de piedra abriéndose y el sonido de muchas voces que callaban de inmediato al sentir su presencia.
—Mi señor, ha regresado —dijo una voz profunda y rasposa.
—Preparen mis aposentos —la voz de Dexter vibró directamente contra mi cuerpo, haciéndome soltar un pequeño chillido que por suerte quedó amortiguado por la tela—. Y que nadie me moleste. Tengo... asuntos que atender.
El Castillo de Obsidiana.
Sentí que me elevaba y, de pronto, la luz me cegó. Unas manos grandes y de dedos largos me sacaron de mi escondite y me depositaron sobre una superficie inmensa y asombrosamente suave. Mis patitas se hundieron en una colcha de terciopelo negro.
Miré a mi alrededor con el corazón galopando. La habitación era gigantesca, con techos tan altos que se perdían en las sombras. Había estanterías repletas de libros antiguos y ventanales que daban a un abismo oscuro.
Dexter se despojó de su capa y se desabrochó los primeros botones de su camisa, dejándome ver la piel clara de su pecho. Me miró con esos ojos dorados que parecían leer mis pensamientos más cobardes.
—Aún sigues temblando —comentó con frialdad, cruzándose de brazos—. Eres la criatura más patética que he visto. ¿Acaso los de tu clan solo saben vibrar de miedo?
Bajé mis orejas, sintiendo una punzada de vergüenza. Quería decirle que no era mi culpa, que yo no elegí ser pequeña, pero solo pude emitir un leve sonido nasal.
El Guardián de la Cama.
Él soltó un suspiro de fastidio y caminó hacia un rincón oscuro de la habitación.
—Arlo. Ven aquí.
De las sombras emergió una bestia que me hizo querer desaparecer. Era una pantera negra enorme, de pelaje tan oscuro que parecía absorber la luz de las velas. Sus músculos se movían con una gracia letal mientras caminaba hacia la cama. Sus ojos amarillos se fijaron en mí, y sus labios se retrajeron ligeramente, mostrando unos colmillos blancos y afilados.
Me encogí hasta convertirme en una pequeña bola de pelo beige, segura de que este era mi fin.
—Vigílala —ordenó Dexter, señalándome con un gesto cortante—. Si intenta saltar o si algo le pasa, será tu culpa. Es mi... propiedad. No la toques a menos que sea necesario.
La gran pantera soltó un bufido, saltó a la cama con una agilidad pasmosa y se echó a apenas unos centímetros de mí. Su calor era inmenso, como un horno.
Dexter me lanzó una última mirada gélida.
—No intentes huir. El castillo está lleno de panteras que no tienen mi paciencia.
Se dio la vuelta y salió de la habitación, dejándome sola con la bestia negra. Arlo me observó durante un largo rato, su respiración lenta moviendo los flecos de la colcha. Poco a poco, el agotamiento del abandono y el terror acumulado empezaron a ganarme.
Sin darme cuenta, mi cuerpo buscó el calor más cercano. Me arrastré tímidamente por el terciopelo hasta que mi costado rozó el pelaje áspero pero cálido de la pata de Arlo.
El felino no se movió, ni siquiera gruñó. Solo cerró los ojos, permitiéndome, por primera vez en mi vida, dormir sin sentir que el mundo me iba a aplastar en cualquier segundo.