🐇EL NOMBRE Y LA OSCURIDAD.
La luz de la mañana se filtraba por los altos ventanales, bañando la habitación en tonos dorados. Me desperté sobre el pecho de Arlo, cuya respiración profunda y constante era como el motor de un barco en calma. Al moverme, recordé la noche anterior: la mano de Dexter sobre mi cabeza, su voz ordenándome que dejara de tener miedo.
Me estiré, sintiendo mis pequeñas extremidades más fuertes que ayer. Dexter estaba de pie frente a un gran espejo, terminando de ajustar los broches de su uniforme real. Se veía impecable, oscuro y letal. Al notar que lo observaba, se giró.
—Despierta, pequeña glotona —dijo con esa frialdad que ya no me asustaba tanto—. Hoy tengo consejo de guerra. No puedo dejarte aquí sola; Arlo debe patrullar los jardines exteriores.
Se acercó a la cama y, con un movimiento fluido, me tomó entre sus manos. Su tacto era firme. Me llevó hasta su pecho y me deslizó dentro del bolsillo interior de su abrigo. Estaba forrado de seda suave. Asomé la nariz por el borde, pero él me empujó suavemente hacia abajo con un dedo.
—Quédate oculta. No quiero interrupciones.
El Salón del Trono.
El trayecto fue un vaivén de pasos firmes. Escuchaba el eco de sus botas sobre el mármol y el murmullo de voces que se silenciaban a su paso. Cuando llegamos al salón, el ambiente se volvió tenso.
—Mi señor —dijo una voz desconocida, cargada de una arrogancia que me hizo encoger las orejas—. Los suministros del Clan Ciervo han llegado, pero el consejo pregunta por qué hay un aroma... inusual... emanando de su persona.
Me quedé helada. Sabía que se referían a mis feromonas. A pesar de mis esfuerzos, mi aroma dulce seguía escapándose de mi escondite. Dexter se sentó en su trono con una parsimonia que cortaba el aire.
—¿Estás cuestionando mi higiene o mi territorio, ministro? —la voz de Dexter era un látigo de hielo—. Lo que llevo conmigo es mi propiedad.
—Pero, señor, los rumores dicen que es un conejo. Una presa. ¿Para qué querría el Rey de las Panteras una criatura que ni siquiera tiene nombre? En su clan, los que no se transforman son basura sin identidad.
Sentí una punzada de dolor. Era verdad. Yo no era nadie. No tenía nombre porque no tenía valor.
El Decreto del Rey.
Dexter se tensó. Pude sentir cómo sus músculos se endurecían contra el bolsillo donde yo estaba. Metió la mano, rozando mi pelaje, y me obligó a asomar la cabeza ante todos los generales y ministros presentes. Hubo jadeos de asombro y algunas risas contenidas.
Él me miró fijamente. Sus ojos dorados no tenían rastro de la burla de los demás.
—En su clan de cobardes no tienen nombre hasta que son humanos —dijo Dexter, elevando su voz para que retumbara en cada rincón del salón—. Pero aquí, las reglas las dicto yo. Ella no es "nada". Ella es mía.
Hizo una pausa, observando mi expresión asustadiza pero atenta.
—Desde hoy, se llamará Wyny. Y cualquier falta de respeto hacia ella será considerada una falta de respeto hacia mi corona.
El salón quedó en un silencio absoluto. Yo repetí el sonido en mi mente: Wyny. No sabía qué significaba, pero sonaba suave, hermoso y, sobre todo, me pertenecía. Por primera vez en dieciséis años, dejé de ser un error de la naturaleza. Era Wyny.
Un Nuevo Refugio.
Al terminar el consejo, Dexter me llevó de vuelta a sus aposentos en silencio. Me dejó sobre su escritorio, rodeada de pergaminos y libros de cuero grueso.
—Ya tienes un nombre, Wyny —dijo, pronunciándolo con una extraña propiedad—. Ahora deja de temblar y haz algo útil. No me hagas arrepentirme de mi decisión.
Él salió de la habitación, pero esta vez no me quedé bajo las mantas. Caminé con curiosidad sobre el escritorio. Mis ojos se fijaron en uno de los libros abiertos. No sabía leer el idioma de los humanos del todo, pero las letras parecían danzar ante mí, invitándome a descubrir los secretos que Dexter guardaba en su biblioteca.
Arlo entró poco después y me encontró allí, sentada sobre un tomo de historia antigua. La pantera soltó un bufido que pareció una risa y se echó a mis pies. Tenía un nombre, un protector y un castillo lleno de libros. Quizás, después de todo, no era tan débil como mi clan pensaba.