Propiedad del clan pantera

Cinco

🐇EL REY LA PEQUEÑA ERUDITA.

La noche había caído sobre el Castillo de Obsidiana. Dexter regresó a sus aposentos con el cuerpo tenso y la mente nublada por las conspiraciones del consejo. Esperaba encontrar el silencio sepulcral de siempre, pero al abrir las pesadas puertas de madera, se detuvo en seco.

La chimenea aún chispeaba con brasas anaranjadas. Sobre la inmensa cama real, la escena era casi irreal para un guerrero como él. Arlo, su feroz pantera de guerra, estaba profundamente dormido, ocupando gran parte del colchón. Y allí, acurrucada contra el cálido pelaje negro del felino, estaba la pequeña criatura beige.

​Wyny no solo dormía; sobre su pequeño cuerpo descansaba un pesado tomo de poemas antiguos que ella había arrastrado desde el escritorio. Parecía que se había quedado dormida intentando descifrar las letras.

Dexter se acercó con pasos insonoros. Sus ojos dorados se suavizaron apenas un milímetro. Ver a la criatura más débil de los clanes buscando refugio en la más feroz de las bestias le provocó una sensación extraña en el pecho. Con cuidado, extendió la mano y retiró el libro para que no la aplastara.

—Pequeña tonta... —susurró, rozando con el pulgar la frente de Wyny—. ¿Qué intentas aprender en un mundo que solo quiere devorarte?

Wyny soltó un leve ronroneo dormida y se pegó más a Arlo. Dexter se quedó observándola un momento más de lo necesario antes de prepararse para el día siguiente. Mañana sería el banquete con los otros clanes, y el mundo entero vería que lo que él marcaba como suyo, no se tocaba.

La Mañana del Banquete.

Al amanecer, el castillo era un caos de preparativos. Wyny se despertó con el sonido de los criados moviendo muebles, pero no se movió de su lugar hasta que sintió la mano de Dexter rodeándola.

—Hoy no te quedarás aquí —dijo él, mientras se vestía con su traje de gala negro con bordados de oro—. El Clan de los Leones y los Tigres están en camino. Quiero que vean lo que he encontrado en mi bosque.

​Wyny tembló ligeramente. Sabía que los banquetes eran peligrosos para alguien como ella. Dexter la llevó frente al espejo. Antes de guardarla en su bolsillo, hizo algo que ella no esperaba. Se inclinó y dejó que su cuello rozara el lomo de la conejita, dejando su aroma a sándalo, cuero y poder impregnado en su pelaje beige.

—Tu aroma es demasiado dulce, Wyny. Eso atrae a los lobos —murmuró con voz ronca—. Mi aroma los mantendrá a raya. Les dirá a quién perteneces antes de que siquiera piensen en abrir la boca.

Con ese escudo invisible, Dexter la deslizó en el bolsillo de su pecho, justo encima de su corazón latiente. Wyny asomó la nariz por el borde de la seda, sintiéndose, por primera vez, como una pequeña reina protegida por el depredador más temido de todos.




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