🐇EL BANQUETE DE LOS DEPREDADORES.
El gran salón del banquete era un hervidero de instintos y poder. Las antorchas en las paredes de obsidiana hacían que las joyas de los invitados brillaran como ojos de depredadores en la oscuridad. El aire estaba cargado: el olor a carne asada, vino fuerte y, sobre todo, la mezcla densa de las feromonas de los clanes más poderosos de Animae.
Desde mi refugio en el bolsillo de Dexter, yo sentía que el mundo daba vueltas. El ruido de las risas estruendosas de los leones y el murmullo sibilino de los tigres me hacían querer hundirme hasta el fondo de la seda. Pero el aroma de Dexter me mantenía anclada. El sándalo y el frío de su piel me envolvían como una armadura invisible.
Invitados Inoportunos.
Dexter se sentó en la cabecera de la mesa, con una postura de absoluta indiferencia. A su derecha, el líder de la delegación de los Leones, un hombre de melena dorada y hombros anchos, lo observaba con curiosidad.
—Se dice, Rey Dexter, que habéis encontrado un nuevo tesoro en vuestros bosques —dijo el León, su voz resonando como un rugido contenido—. Pero mi olfato me confunde. Huelo a pantera... y algo más. Algo dulce. Casi... delicioso.
Sentí que Dexter se tensaba. Su mano, que descansaba sobre la mesa, se cerró en un puño.
—Tus sentidos no te fallan, Leonel —respondió Dexter con una voz tan cortante que el aire pareció enfriarse—. Pero lo que hueles es mi propiedad. Y mi propiedad no se discute en la cena.
La Mirada del Tigre.
En ese momento, un hombre de rasgos afilados y ojos de un ámbar traicionero se inclinó desde el otro lado de la mesa. Era uno de los representantes del Clan de los Tigres. Su sonrisa era lenta, depredadora.
—¿Propiedad? —preguntó el Tigre, inhalando profundamente el aire—. Qué extraño aroma para una pantera. Es el olor de un Inofensivo. Un conejo, si no me equivoco. ¿Desde cuándo el gran Dexter Pantheris colecciona presas en lugar de devorarlas?
El corazón me latía tan fuerte que temí que el Tigre pudiera escucharlo. Asomé apenas la punta de mi nariz beige por el borde del bolsillo, solo para ver cómo Dexter se reclinaba en su silla, mirándolo con un desprecio infinito.
—Un tigre debería saber que meter la nariz donde no le llaman es la forma más rápida de perder la cabeza —sentenció Dexter.
Para mi sorpresa, Dexter metió la mano en el bolsillo y, con una delicadeza que nadie en esa mesa habría creído posible, acarició mi cabeza frente a todos. Su dedo rozó mi oreja, y pude sentir cómo su aroma a pantera se intensificaba, sellando mi piel. Los invitados se quedaron en silencio. Era un acto de dominio absoluto.
—Ella es Wyny —anunció, y su voz no dejó espacio para réplicas—. Y cualquiera que la mire como comida, se convertirá en la comida de Arlo mañana por la mañana.
El Tigre se echó hacia atrás, su sonrisa desapareciendo bajo una mirada de pura envidia y desconfianza. El banquete continuó, pero la tensión ya no se fue. Yo me acurruqué contra el pecho de Dexter, escuchando el ritmo constante de su corazón. Él era frío, gruñón y despiadado con el mundo, pero aquí, en la guarida de los monstruos, sus manos eran lo único que me hacía sentir que, tal vez, este pequeño conejo beige tenía una oportunidad de sobrevivir.