Propiedad del clan pantera

Siete

🐇EL CAOS Y EL RASTRO DE LA PRESA.

El banquete continuaba bajo la vigilancia tensa de los depredadores. Sobre la mesa, frente al lugar de Dexter, un pequeño plato de porcelana con hojas de lechuga fresca y trozos de manzana había sido dispuesto solo para mí.

​Dexter me había sacado de su bolsillo y me había colocado allí, bajo su sombra. Yo comía tranquilamente, ignorando las miradas hambrientas y curiosas de los generales. Sentía el peso de los ojos de los Tigres sobre mi pelaje beige, pero mientras la mano de Dexter descansara cerca de mí, rozando ocasionalmente mi lomo para "marcarme" con su olor a sándalo, me sentía valiente.

El Accidente.

Todo ocurrió en un parpadeo. Uno de los sirvientes, visiblemente nervioso por la presencia de los Tigres, tropezó mientras cargaba una pesada bandeja de plata con jarras de vino. En un intento por no caer, se abalanzó hacia adelante, chocando con fuerza contra el hombro de Dexter.

​El impacto fue seco y brusco. La silla de Dexter se tambaleó y, por el choque, el pequeño plato de porcelana salió volando. Yo, que estaba desprevenida, perdí el equilibrio y caí al suelo de mármol frío, rebotando sobre mis patas.

—¡Wyny! —escuché el rugido de Dexter, pero el salón ya era un caos.

El sirviente cayó al suelo, el vino se derramó como sangre oscura y varias sillas se arrastraron con estrépito. El pánico me inundó. Vi pies gigantescos moviéndose a mi alrededor; botas de cuero pesado que podían aplastarme en un segundo.

La Huida Desesperada.

Instintivamente, salté lejos de los pies de Dexter para evitar ser pisoteada. Corrí a ciegas, pasando por debajo de la larga mesa del banquete. Pero el miedo era demasiado grande para mi pequeño cuerpo. Sin el contacto de Dexter, mis feromonas estallaron como una marea incontrolable.

El aroma dulce, floral y puro de mi especie inundó el salón. Era tan fuerte que incluso a mí me costaba respirar. Era el aroma de la presa máxima, un llamado que despertaba los instintos más oscuros de cualquier carnívoro.

​—¡Miren eso! ¡La pequeña cosa está soltando todo su perfume! —gritó un oficial tigre, poniéndose en pie con los ojos inyectados en sangre.

Entre las Sombras.

Salí de debajo de la mesa y me encontré en la inmensidad del salón. Los guardias del castillo y los invitados se habían girado hacia mí. Mis pulmones ardían; respirar mis propias feromonas en ese estado de terror me mareaba. El aire se sentía espeso, como si estuviera atrapada en una nube de azúcar y pánico.

Corrí hacia el pasillo lateral, buscando la oscuridad. Escuché el estrépito de copas rompiéndose y el grito de furia de Dexter ordenando que nadie se moviera, pero yo ya no podía ver nada. Mis ojos miel estaban nublados por las lágrimas.

​—¡Atrápenla! —escuché una voz desconocida—. ¡Ese aroma es demasiado bueno para dejarlo pasar!

​Mis pequeñas patas golpeaban el suelo con desesperación. El laberinto de piedra se cerraba sobre mí. Ya no olía a Dexter, solo olía a mi propio miedo, y sabía que, en este castillo de sombras, los cazadores ya habían empezado la persecución.




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