Propiedad del clan pantera

Ocho

🐇EL LABERINTO DE LOS DEPREDADORES.

​Mis pulmones ardían. Cada bocanada de aire estaba saturada de mi propia fragancia, un perfume dulce y asfixiante que me mareaba. Mis pequeñas patas beige apenas tocaban el suelo; corría por puro instinto, huyendo del estruendo del banquete que ahora parecía una pesadilla lejana.

Había salido del salón principal, pero el castillo era un monstruo de piedra con miles de pasillos oscuros. Mis garras resbalaban en el mármol frío. No sabía dónde estaba, solo sabía que el aroma de Dexter —mi único refugio— ya no me rodeaba. Estaba sola, y mi rastro de feromonas era como un faro en la oscuridad para cualquiera que tuviera hambre.

La Emboscada.

—¡Por aquí! El olor es casi insoportable... qué delicia.

Me congelé. Tres guardias, panteras de bajo rango que no habían sido invitados al banquete, me cortaron el paso en un pasillo estrecho. Sus ojos brillaban con una malicia salvaje. En este rincón olvidado del castillo, las leyes del Rey se sentían distantes.

—Miren lo que tenemos —siseó uno, agachándose. Sus colmillos asomaron bajo su labio—. Una presa del clan de los conejos, perdida y lista para el postre.

​—El Rey se enfurecerá si se entera —advirtió otro, aunque no retrocedió.

​—El Rey está ocupado con los tigres. Para cuando termine, esta pequeña cosa ya será solo huesos bajo una baldosa.

Salté hacia un lado cuando uno de ellos intentó atraparme con sus manos humanas. Esquivé sus dedos por milímetros, chillando de terror. Corrí hacia el sentido contrario, pero mis fuerzas se agotaban. Mis ojos miel estaban nublados por las lágrimas; ya no veía el camino, solo sombras que se cerraban sobre mí.

El Choque contra la Pared de Hierro.

Corrí hasta que mis patas no pudieron más, doblando una esquina a ciegas. Iba tan rápido y estaba tan desesperada que no pude frenar cuando vi una figura bloqueando el pasillo.

​Chocé de frente contra algo sólido, cálido y firme como una roca. Reboté hacia atrás y caí sobre mi lomo, sollozando con un sonido pequeño y roto. Levanté la vista, esperando el golpe final, pero lo que vi fueron unas botas de cuero negro que conocía mejor que a mi propia vida.

Dexter.

Estaba allí, de pie, con la mandíbula apretada y los ojos dorados encendidos en un fuego asesino que nunca antes le había visto. A su lado, Arlo soltó un rugido que hizo vibrar mis huesos; la pantera tenía los pelos del lomo erizados, mostrando sus colmillos a los guardias que venían tras de mí. Arlo me había rastreado entre todo ese mar de feromonas.

La Furia del Rey.

Me ovillé entre los pies de Dexter, ocultando mi nariz contra su bota, bañando el cuero con mis lágrimas. Él no se movió de inmediato, pero sentí cómo el aire a su alrededor se volvía pesado, cargado de una intención de matar absoluta.

—¿Así que... —la voz de Dexter era un susurro letal que cortó el aire— estos son los guerreros que protegen mis muros? ¿Cazando a una criatura indefensa en mis propios pasillos?

Los tres guardias cayeron de rodillas, temblando con tal violencia que sus armaduras tintineaban.

​—¡Mi Señor! ¡No sabíamos que era ella! ¡Pensamos que era una intrusa! —suplicaron, pero Dexter no mostró piedad.

​—Ella tiene mi nombre —dijo Dexter, y por primera vez, sentí su mano bajar para rodearme con una firmeza protectora—. Y lo que tiene mi nombre, es sagrado.

Dexter me levantó del suelo y me pegó a su pecho. Su aroma a sándalo y tormenta me golpeó, barriendo instantáneamente el olor a miedo. Me hundí en su calor, sollozando contra su camisa, mientras él le daba una orden corta a Arlo.

​—Arlo... asegúrate de que entiendan su error. Que no quede rastro de ellos en mi guardia.

​No miré atrás. Mientras Dexter caminaba de regreso a sus aposentos con pasos pesados y furiosos, me apreté contra su corazón. Era un rey cruel y despiadado, pero en ese momento, entre sus brazos, sentí que por fin había encontrado el único lugar en el mundo donde un pequeño conejo beige podía estar a salvo.




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