🐇EL PRECIO DEL MIEDO.
El mundo era un borrón de colores apagados y sonidos distantes. Me dolía todo el cuerpo, pero lo que más me pesaba era mi propio aroma. El aire en mis pulmones se sentía denso, como si estuviera respirando almíbar caliente que me impedía inhalar el oxígeno.
Cuando abrí los ojos, no estaba en el bolsillo de Dexter ni en la colcha de Arlo. Estaba en el centro de la inmensa cama real, sobre una pequeña almohada de seda blanca. Tenía fiebre; mi pelaje beige, antes suave, estaba pegajoso por el sudor y mis ojos miel ardían.
—No se despierta, anciano —la voz de Dexter retumbó en la habitación, cargada de una impaciencia que rozaba la angustia—. ¿Qué le sucede?
—Tenga paciencia, Rey Dexter —respondió una voz serena y profunda.
Un par de ojos amarillos y redondos me observaron a través de unos pequeños anteojos. Era el Médico Búho, un sabio del clan de los inofensivos que servía en la corte por su vasto conocimiento. Con sus dedos largos y delicados, examinó mi pulso.
El Diagnóstico del Sabio.
—Su cuerpo es pequeño, Majestad —explicó el médico con un suspiro—. Ayer, durante el caos, inhaló una cantidad masiva de sus propias feromonas en cuestión de segundos. Al ser una criatura que aún no se ha transformado, no tiene el equilibrio interno para procesar tal descarga de energía emocional.
—¿Y qué significa eso? —preguntó Dexter, caminando de un lado a otro. Arlo, a los pies de la cama, soltó un quejido bajo.
—Significa que sus propios instintos la están intoxicando. Sus feromonas están en un bucle de retroalimentación; su cuerpo cree que sigue en peligro y sigue produciéndolas. Si no las reprimimos, su corazón no aguantará el esfuerzo.
Me sentí desfallecer. El aroma dulce que emanaba de mí era tan fuerte que incluso el médico tuvo que cubrirse la nariz.
El Único Remedio.
—Necesita esta medicina —el búho sacó un pequeño frasco con un líquido azulado—, pero no es suficiente. Para estabilizarla, necesita estar expuesta a feromonas externas que sean más fuertes que las suyas. Un aroma dominante que obligue a su sistema a rendirse y calmarse.
El médico miró a Dexter significativamente.
—Necesita el aroma de un depredador dominante. Necesita oler algo que reprima su instinto de huida. Usted, Majestad.
Dexter se quedó en silencio. No era lo mismo marcarla con su olor de forma superficial que envolverla en su esencia más pura y territorial para someter su sistema biológico.
—Déjanos —ordenó Dexter.
El Abrazo de la Pantera.
Cuando el médico se retiró, Dexter se acercó a la cama. Se quitó su abrigo y su camisa, quedando con el torso al descubierto. Se acostó en la cama y, con una delicadeza extrema, me tomó entre sus manos y me colocó directamente sobre su pecho, justo encima de su corazón, cerca de su cuello.
—Vas a estar bien, Wyny —susurró contra mi oído.
Liberó su aroma. No era el toque ligero de sándalo de cada día; era el aroma crudo de la Pantera Negra: una mezcla de tormenta, ozono y el poder de un rey. Era una fragancia que exigía obediencia.
Al principio, mis instintos lucharon, pero poco a poco, la presencia de Dexter fue ganando. Su aroma dominante actuó como un sedante, aplastando mi rastro de dulce desesperación. Mi respiración comenzó a hacerse más lenta. El calor de su piel humana y el ritmo constante de su corazón fueron la medicina que mi cuerpo necesitaba.
Me acurruqué en el hueco de su cuello, inhalando su fuerza hasta que la oscuridad dejó de ser una pesadilla para convertirse en un sueño profundo y reparador. Por primera vez, mis feromonas se silenciaron, aceptando la protección de la pantera.