🐇BAJO LA SOMBRA DEL REY.
El silencio en los aposentos reales era absoluto, roto únicamente por el crujido de la leña en la chimenea y mi propia respiración, que finalmente había recuperado su ritmo natural. El aroma de Dexter, esa mezcla embriagadora de tormenta y sándalo, me rodeaba como una crisálida. Me sentía pequeña, pero por primera vez en mi vida, no me sentía vulnerable.
Estaba hundida en el hueco de su cuello, sintiendo el calor de su piel. El tratamiento del médico búho y la presencia constante de Dexter habían obrado un milagro: el "bucle" de mis feromonas se había roto. Mi cuerpo había aceptado que el depredador más grande de todos no era una amenaza, sino mi guardián.
El Despertar.
Abrí mis ojos miel lentamente. Lo primero que vi fue la mandíbula firme de Dexter, a solo unos milímetros de mi nariz. Él estaba despierto, apoyado contra los cojines, observando la puerta con una expresión de vigilancia gélida. Al sentir que me movía, bajó la mirada. Sus ojos dorados, usualmente cortantes, brillaron con un alivio que intentó ocultar de inmediato.
—Has vuelto, pequeña —murmuró. Su voz, grave y profunda, hizo vibrar su pecho, y con él, todo mi cuerpo—. Me has dado más problemas de los que vale tu peso en carne.
Traté de incorporarme, pero me sentía débil. Solté un pequeño sonido, una especie de agradecimiento tímido, y froté mi nariz contra su piel. Dexter se tensó por un segundo ante el contacto, pero no me apartó. En cambio, su mano —esa mano que podía aplastar cráneos— se deslizó con una suavidad increíble sobre mi lomo, asegurándose de que el frío no me tocara.
El Edicto de Aislamiento.
Un suave golpe sonó en la puerta. Arlo, que estaba echado al pie de la cama, soltó un gruñido bajo de advertencia.
—Señor —era la voz del capitán de la guardia desde el otro lado—, los emisarios del Clan Tigre exigen una audiencia. Dicen que el incidente en el banquete fue un insulto y...
—Diles que si vuelven a pronunciar una sola palabra, sus cabezas adornarán las picas de la muralla antes del anochecer —rugió Dexter. El tono de su voz era tan violento que me encogí bajo su mano—. Nadie entra en esta habitación. Ni los tigres, ni los ministros, ni el servicio. Wyny está bajo mi protección personal, y mi paciencia se agotó ayer.
Escuché los pasos del capitán alejándose a toda prisa. Dexter suspiró y volvió a centrar su atención en mí.
Un Vínculo Inquebrantable.
Me tomó con ambas manos y me elevó hasta quedar a la altura de sus ojos.
—Mírate —dijo con un rictus de fastidio que no lograba ocultar su preocupación—. Casi mueres por no saber controlar tu propio miedo. Eres demasiado frágil para este mundo, Wyny.
Él no lo sabía, pero mientras me miraba con esa frialdad fingida, sus propias feromonas seguían envolviéndome, reclamándome. El médico tenía razón: mi sistema se había "reseteado" para depender de él. Ya no era solo su "propiedad" por decreto real; ahora, biológicamente, mi paz dependía de su presencia.
Dexter me volvió a colocar sobre su pecho y tomó el libro de poemas que estaba en la mesa de noche, el mismo que yo había intentado leer.
—Si vas a estar aquí perdiendo el tiempo mientras te recuperas, al menos escucha algo que valga la pena —sentenció.
Y así, mientras el Rey de las Panteras leía en voz alta con su voz de trueno y seda, yo me quedé dormida de nuevo. Afuera, el mundo podía estar ardiendo y los tigres podían estar conspirando, pero dentro de esas cuatro paredes, custodiada por la pantera y el rey, yo era la criatura más segura de toda Animae.