🐇LA SUPLICA DE OJOS MIEL.
La vitalidad había regresado al cuerpo de Wyny con una fuerza que sorprendió incluso a Arlo. La conejita beige ya no era una pequeña bola de pelos inerte; ahora era un torbellino de energía que saltaba desde el respaldo de las sillas de terciopelo hasta el borde de la inmensa cama. Sus patitas hacían un suave sonido rítmico sobre el mármol, un "tap-tap" que llenaba el silencio de la habitación.
Dexter intentaba concentrarse. Tenía frente a él varias cartas con sellos de cera roja —mensajes urgentes de las fronteras—, pero su atención se desviaba inevitablemente hacia la pequeña mancha beige que no dejaba de moverse.
Wyny se detuvo frente al gran ventanal. El jardín real se extendía abajo, un paraíso de flores nocturnas, arbustos perfectamente podados y el aroma de la tierra fresca que llamaba a sus instintos más primordiales. Se apoyó en sus patas traseras, pegando su nariz al cristal frío, soltando un pequeño suspiro nasal que empañó el vidrio.
El Arte de la Persuasión.
Al ver que Dexter no reaccionaba, Wyny tomó una decisión audaz. Cruzó la habitación a saltos y, con una agilidad que no tenía días atrás, trepó por las ropas del Rey hasta aterrizar directamente en su regazo, justo encima de las cartas importantes.
Dexter soltó un gruñido de advertencia, dejando la pluma a un lado.
—Wyny, estoy trabajando —dijo con su tono más cortante, aunque sus manos no hicieron amago de apartarla.
Ella no se movió. Se sentó sobre sus patas traseras, irguiendo el cuerpo y mirándolo fijamente con sus grandes ojos color miel. Inclinó un poco la cabeza, dejando que sus orejas cayeran hacia los lados, y puso una expresión de súplica tan pura e inocente que haría dudar al guerrero más endurecido.
—No me mires así —murmuró él, entrecerrando sus ojos dorados—. El jardín es peligroso. Aún estás débil.
Wyny respondió apoyando sus patitas delanteras contra el pecho de Dexter y moviendo su pequeña nariz con rapidez. Era un ruego silencioso: quería sentir el pasto, quería aire puro, quería salir de esas cuatro paredes de lujo y piedra.
La Rendición del Rey.
Dexter mantuvo la mirada firme durante unos segundos, pero la "resistencia de pantera" tenía un límite cuando se trataba de ella. El Rey soltó un suspiro de derrota, una exhalación que delataba cuánto lo había ablandado la presencia de la conejita.
—Eres una criatura caprichosa —sentenció, aunque su mano ya estaba acariciando con suavidad el pelaje de su lomo—. Está bien. Iremos al jardín. Pero si te separas de mi lado o de Arlo por un solo segundo, te encerraré en esta habitación hasta que cumplas los veinte años. ¿Entendido?
Wyny dio un pequeño salto de alegría en su regazo, rozando su barbilla con afecto. Dexter hizo una mueca, tratando de recuperar su compostura fría, pero se levantó con ella en brazos.
—Arlo, despierta —ordenó hacia la sombra negra que dormitaba en la esquina—. Vamos fuera. Y mantén los ojos abiertos. Si un solo insecto intenta morderla, quiero que lo aniquiles.
La pantera negra se puso en pie de un salto, sacudiendo su pelaje y siguiendo a su amo hacia el balcón. Wyny, asomada desde el hombro de Dexter, sentía que el corazón le bailaba en el pecho. Iba a ver el mundo exterior, y por primera vez, no lo haría como una fugitiva, sino como la protegida del Rey.