🐇EL JARDÍN DE LAS SOMBRAS Y EL AROMA DEL PELIGRO.
El aire del jardín era distinto al aire estancado del castillo. Olía a tierra mojada, a jazmines nocturnos y a una libertad que casi había olvidado. En cuanto los pies de Dexter tocaron el césped perfectamente cortado, me bajó con una delicadeza que ya no me sorprendía. Mis pequeñas patas se hundieron en el frescor de la hierba, una sensación tan deliciosa que no pude evitar dar un par de saltos de pura alegría, sacudiendo mis orejas beige.
Dexter se quedó de pie, con los brazos cruzados y la mirada fija en el horizonte, pero sus ojos dorados no se apartaban de mí ni un segundo. Arlo, por su parte, se movía como una sombra fluida a mi alrededor, olfateando cada arbusto con desconfianza antes de dejar que yo me acercara.
—No te alejes demasiado, Wyny —advirtió Dexter con su voz profunda—. Este lugar es inmenso y no quiero tener que rastrearte entre los rosales.
Un Instante de Paz.
Ignoré su tono gruñón y me concentré en una pequeña flor azul que crecía cerca de una fuente de piedra. Me sentía ligera. Por primera vez, no corría por mi vida; corría porque mis patas querían sentir el impulso del salto.
Me detuve frente a un gran rosal y, con mi curiosidad habitual, intenté alcanzar una hoja baja. Pero, de repente, el suelo vibró levemente. Arlo soltó un gruñido bajo, un sonido que nacía desde lo más profundo de su pecho. Dexter se tensó de inmediato, dejando caer su mano hacia el costado, alerta.
Una Presencia Inoportuna.
figura emergió con una elegancia que me erizó el pelaje. No era una pantera. Era un hombre alto, de hombros anchos y una sonrisa que no llegaba a sus ojos de color ámbar. Llevaba una túnica con bordados dorados que brillaban bajo la luna como franjas de fuego.
Era Kaelan, el líder de la delegación del Clan de los Tigres.
—Qué escena tan... doméstica, Rey Dexter —dijo Kaelan, su voz arrastrando las palabras con una arrogancia que cortaba el aire—. No sabía que el gran soberano de las sombras pasaba sus noches cuidando "ganado" de jardín.
Corrí a refugiarme detrás de las botas de Dexter, asomando solo un ojo. El aroma de Kaelan era fuerte, picante y dominante, pero carecía de la seguridad fría que emanaba de Dexter. El tigre me miró directamente, y su pupila se estiró con una fijeza que me hizo temblar.
—Esa criatura... —continuó Kaelan, dando un paso adelante—. Su aroma es exquisito. Incluso desde aquí puedo oler que está marcada por ti, pero... es un desperdicio. Un ejemplar tan raro debería estar en una corte que sepa apreciar la belleza de lo inofensivo.
La Advertencia del Rey.
Dexter se interpuso entre el tigre y yo, ocultándome por completo de su vista. El aire a nuestro alrededor pareció cargarse de una electricidad estática, pesada y peligrosa.
—Kaelan —dijo Dexter, y su voz era el sonido del hielo quebrándose—. Estás fuera de tus aposentos y en mi jardín privado. Da un paso más y consideraré que has olvidado las leyes de cortesía de este castillo. Y sabes que no soy un hombre paciente con los invitados olvidadizos.
Kaelan soltó una carcajada seca, pero se detuvo. Miró a Arlo, que mostraba los colmillos, y luego volvió a mirar el lugar donde yo me escondía tras las piernas de su rival.
—Solo es curiosidad, Pantheris —susurró el tigre, relamiéndose los labios—. Pero recuerda que los tigres siempre tenemos buen ojo para las piezas valiosas. Y ese aroma... ese aroma es algo que cualquier rey querría poseer.
Con una reverencia burlona, Kaelan desapareció entre las sombras del jardín. Dexter no se movió hasta que el olor del tigre se desvaneció por completo.
Entonces, se agachó y me tomó con una firmeza que delataba sus nervios de acero bajo tensión.
Me apretó contra su pecho, casi con demasiada fuerza. Sus manos estaban calientes y su corazón latía con una furia contenida que yo podía sentir contra mi costado.
—Se acabó el paseo —sentenció, dándose la vuelta hacia el castillo—. Los tigres tienen demasiada curiosidad por lo que no les pertenece, Wyny. Y no permitiré que su mirada vuelva a rozarte.
Esa noche, Dexter no me dejó en mi almohada de seda. Durmió conmigo protegida en el hueco de su brazo, como si temiera que, al cerrar los ojos, el tigre regresara para reclamar el tesoro que él acababa de bautizar.