🐇LA BIBLIOTECA Y EL SUSURRO DE LOS LIBROS.
El sol de la mañana siguiente entró con una claridad hiriente, pero dentro de la habitación, el ambiente seguía pesado.
Dexter se había marchado temprano, dejando a Arlo en la puerta como un guardián de piedra. Yo me sentía inquieta; el encuentro con el Tigre en el jardín había dejado un rastro amargo en mis sentidos que ni siquiera el aroma a sándalo de las sábanas lograba borrar.
Para calmar mis nervios, decidí hacer lo que mejor se me daba: investigar.
Me bajé de la cama y caminé hacia la gran estantería que cubría toda una pared. Mis pequeñas patas se hundieron en la alfombra mientras buscaba aquel libro de poemas que Dexter me había leído. Pero mi mirada se desvió hacia un tomo de cuero rojizo que sobresalía en el estante inferior.
Con un esfuerzo considerable, empujé con mi nariz hasta que el libro cayó sobre la alfombra con un golpe sordo, levantando una pequeña nube de polvo.
Un Descubrimiento Silencioso.
Me senté sobre mis patas traseras y comencé a pasar las páginas con mis patitas delanteras. No eran poemas. Eran mapas y descripciones de los antiguos linajes de Animae. Mis ojos se detuvieron en una ilustración de un mago oscuro, rodeado por un mago de cada clan.
Busque el que tenía el símbolo de mi clan.
"mago con el, poseedor de una curación química superior e inmediata. Sus feromonas no solo comunican seguridad, sino que, en equilibrio, pueden calmar a la bestia más feroz."
Mi corazón dio un vuelco. En mi clan, me habían dicho que mi aroma era una maldición, una señal de debilidad que atraía a la muerte. Pero aquel libro antiguo decía algo distinto. Decía que yo tenía una función, un poder que no requería de garras ni colmillos.
La Sombra en la Puerta.
Un crujido me hizo saltar del susto y ocultarme tras el libro abierto. La puerta de la habitación se abrió apenas un centímetro. No era Dexter; su aroma no estaba allí. Arlo soltó un gruñido bajo desde el pasillo, pero quienquiera que fuera, parecía saber cómo moverse sin alertar del todo a la gran pantera.
Un pequeño sobre de papel amarillento fue deslizado por la rendija del suelo. Tenía un sello de cera con la marca de un zarpazo: el símbolo del Clan Tigre.
El sobre quedó allí, desafiante, en medio del mármol. Mi instinto me decía que no me acercara, pero la curiosidad fue más fuerte. Salí de mi escondite y me acerqué dando saltos cautelosos. El sobre olía a esa fragancia picante y desagradable de Kaelan.
El Regreso del Rey.
Antes de que pudiera tocarlo, la puerta se abrió de par en par. Dexter entró con la capa ondeando, seguido por un Arlo que parecía avergonzado por haber dejado pasar a alguien. El Rey se detuvo en seco al ver el sobre en el suelo.
Su rostro se transformó en una máscara de pura furia. Se agachó, recogió el papel y lo rompió en mil pedazos sin siquiera leerlo.
—¡Guardias! —rugió Dexter, y su voz hizo que los cristales vibraran—. ¡He dicho que nadie se acerque a mis aposentos! ¡Si vuelvo a encontrar un solo rastro de los tigres cerca de mi puerta, colgaré a los centinelas de las almenas!
Se giró hacia mí y, al ver el libro abierto en el suelo y mi expresión de terror, su furia se suavizó solo un poco. Me levantó del suelo y me apretó contra su cuello, donde su aroma era más fuerte.
—Intentan entrar en tu cabeza, Wyny —susurró, y esta vez noté un matiz de posesividad casi desesperada en su voz—. Te ven como una pieza de juego, un trofeo para humillarme.
Me acurruqué contra él, sintiendo el calor de su piel. Por primera vez, entendí que no solo corría peligro por ser un conejo, sino por ser su conejo. Los tigres no querían devorarme; querían arrebatársela al Rey. Y Dexter, lo supe en ese momento, preferiría quemar el castillo entero antes de permitir que Kaelan pusiera un solo dedo sobre mi pelaje beige.