Propiedad del clan pantera

Catorce

🐇INBITADOS DE SANGRE Y AZÚCAR.

Los días siguientes transcurrieron en una calma tensa, hasta que el eco de risas infantiles, algo totalmente inusual en la frialdad del Castillo de Obsidiana, rompió el silencio de los pasillos.

La puerta de los aposentos se abrió de golpe, pero esta vez Arlo no gruñó; solo movió la cola con un reconocimiento perezoso. Entró una niña de unos diez años, con ojos brillantes y una energía que parecía iluminar las paredes de piedra.

Detrás de ella, un hombre alto y de expresión serena, el hermano de Dexter, caminaba con paso tranquilo. Él era el único de la estirpe que había desafiado las tradiciones, casándose con una humana común y viviendo lejos de las intrigas de la corte.

—¡Tío Dexter! —exclamó la pequeña Nala, corriendo hacia él.

​El Grito de Ternura.

Dexter se levantó de su silla, tratando de mantener su máscara de hierro, pero era evidente que la pequeña era su debilidad. Nala se detuvo frente a él, observándolo con curiosidad hasta que sus ojos se fijaron en el borde del bolsillo de su abrigo de gala.

Yo asomé la nariz, atraída por el aroma a vainilla y dulces que emanaba de la niña.

—¡Oh, por todos los cielos! —gritó Nala, dando un saltito de emoción que me hizo encoger las orejas—. ¡Tío! ¡Tienes una nube beige en el bolsillo! ¡Es lo más tierno que he visto en toda mi vida!

Dexter se aclaró la garganta, notablemente incómodo, e intentó cubrirme con la mano.

​—No es una nube, Nala. Es... una propiedad del clan. Se llama Wyny.

—¡Es preciosa! —insistió la niña, juntando sus manos—. Tío, por favor, déjamela un ratito. ¡Quiero que hagamos una fiesta del té en el balcón! He traído galletas de la ciudad y mi juego de tazas pequeñas.

Una Negativa Rotunda.

La expresión de Dexter se volvió gélida en un segundo. Sus dedos me rodearon con una firmeza protectora, casi posesiva.

​—No —sentenció de forma tajante—. Wyny no es un juguete, Nala. Ha estado enferma y el castillo no es seguro. Se queda conmigo.

La niña hizo un puchero, mirando a su padre en busca de ayuda, pero el hermano de Dexter solo se encogió de hombros con una sonrisa divertida.

El Salto de la Curiosidad.

Yo, sin embargo, sentía una curiosidad inmensa. Nala no olía a depredador, ni a peligro, ni a tigre. Olía a juego y a la calidez humana de su madre. Quería saber qué era eso de una "fiesta del té". Aprovechando que Dexter había relajado un poco el agarre mientras hablaba con su hermano, tomé impulso.

Con un salto ágil, salí del bolsillo de seda. Por un momento sentí el vacío, pero no caí al suelo. Unas manos pequeñas, suaves y tibias me atraparon en el aire con una delicadeza asombrosa.

—¡La tengo! —chilló Nala, estallando en risas mientras me acunaba contra su mejilla—. ¡Ella también quiere venir, tío! ¡Mira sus ojitos, me está pidiendo galletas!

Me quedé quieta en las manos de la niña, moviendo la nariz con rapidez. Dexter dio un paso adelante, con los ojos dorados encendidos y la mandíbula apretada, pareciendo a punto de arrebatársela a su propia sobrina.

—Nala... devuélvemela ahora mismo —advirtió Dexter, aunque su voz carecía de la furia que usaba con los guardias. Estaba dividido entre su instinto de protección y el afecto por la pequeña.

Yo miré a Dexter y luego a Nala. Por primera vez en mucho tiempo, el ambiente no olía a miedo ni a jerarquías, sino a algo que empezaba a parecerse a una familia. Sin embargo, sabía que la sombra de los tigres seguía acechando, y Dexter no me quitaría la vista de encima ni un solo segundo.




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