Propiedad del clan pantera

Quince

🐇LA TREGUA DE PORCELANA.

Nala apretó sus manos con suavidad alrededor de mi cuerpo, pegándome a su pecho como si fuera el tesoro más valioso del castillo. Ante la orden de su tío, la niña simplemente retrocedió un paso, plantando sus pies con firmeza sobre la alfombra.

—¡No! —exclamó Nala con esa valentía que solo tienen los niños—. No es justo, tío Dexter. Ella está aburrida de estar siempre en tu bolsillo o encerrada aquí. ¡Mira sus ojitos! Ella quiere probar las galletas de mamá.

Dexter dio un paso hacia ella, extendiendo su mano de palma ancha. Su sombra cubrió a Nala por completo, y por un momento, el aire se volvió pesado con esa autoridad de pantera que solía hacer que todo el mundo se arrodillara.

—Nala, no me obligues a quitártela —dijo Dexter, su voz bajando a un tono de advertencia que habría hecho temblar a cualquier general.

​Una Súplica Silenciosa.

​Fue entonces cuando lo hice. Me asomé por encima de los dedos de Nala y busqué la mirada dorada de Dexter. Mis ojos miel se encontraron con los suyos, fijos y cargados de una súplica muda. Moví mis orejas hacia atrás y solté un pequeño suspiro, dejando que mi nariz vibrara con suavidad.

Le estaba pidiendo permiso. Le estaba rogando que confiara en mí, que me dejara ser algo más que una "propiedad" bajo llave por solo una tarde.

​Dexter se quedó congelado. Sus ojos recorrieron mi rostro, analizando cada milímetro de mi expresión. Vi cómo el músculo de su mandíbula se relajaba apenas un poco y cómo su mano extendida bajaba lentamente. El Rey de las Panteras, el hombre que no cedía ante imperios, acababa de ser derrotado por la mirada de un pequeño conejo beige.

El Veredicto del Rey.

​—Está bien —gruñó Dexter, soltando un suspiro que sonó a rendición absoluta—. Pero la fiesta será en el balcón de esta habitación. Bajo mi vista. Y si cae una sola migaja sobre ella, se acaba el juego.

—¡SÍ! —Nala soltó un grito de victoria y empezó a saltar, llevándome con ella hacia el balcón.

​Dexter se giró hacia su hermano, que observaba la escena apoyado en la pared con una sonrisa de incredulidad.

—Ni una palabra, Marcus —advirtió Dexter, cruzándose de brazos.

​—No he dicho nada —respondió su hermano, riendo entre dientes—. Pero es la primera vez que veo a una pantera negra siendo dominada por un conejo y una niña de diez años.

La Fiesta del Té.

​Minutos después, la escena era casi cómica. En la mesa de piedra del balcón, Nala había desplegado un mantelito de encaje y unas tazas de porcelana minúsculas. Yo estaba sentada en una silla alta, con una servilleta de seda que Nala me había puesto como una pequeña capa.

Dexter se mantenía a unos metros, fingiendo leer unos informes, pero sus ojos no se apartaban de nosotras. Arlo se había echado cerca de mis pies, actuando como un cojín viviente para que yo no tocara el suelo frío.

​Nala me puso un trocito de galleta de mantequilla frente a la nariz. El aroma dulce de la vainilla inundó mis sentidos. Con cuidado, le di un mordisquito, y el sabor era tan delicioso que mis orejas se irguieron de golpe.

—¿Ves, tío? —dijo Nala mientras me servía "té" imaginario—. Solo necesitaba un poco de azúcar.

Dexter no respondió, pero desde mi lugar pude ver cómo las comisuras de sus labios se elevaban un milímetro. Por una tarde, el peligro de los tigres y la oscuridad del castillo quedaron fuera. Allí, entre tazas de juguete y risas infantiles, me sentí parte de algo que nunca pensé tener: un hogar.




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