Propiedad del clan pantera

Dieciséis

🐇EL REGALO DE LA INOCENCIA Y EL ACECHO EN LA SOMBRA.

La tarde avanzaba entre risas y el tintineo de la porcelana de juguete. Nala era un torbellino de historias sobre la ciudad, contándome secretos al oído como si yo pudiera entender cada palabra de su lengua humana. Y en parte, lo hacía; entendía la bondad en su tono.

Dexter seguía allí, una presencia imponente que contrastaba con la delicadeza de la escena. Aunque fingía estar absorto en sus pergaminos, noté que su postura ya no era de ataque, sino de una vigilancia protectora. Marcus, su hermano, se acercó a él y le puso una mano en el hombro.

​—Te sienta bien la compañía, hermano —susurró Marcus—. Hacía años que este balcón no veía la luz.

—Es solo un inconveniente temporal —respondió Dexter, aunque no apartó la mano de Marcus.

El Vínculo se Fortalece.

Nala, cansada de tanto parlotear, sacó de su pequeño bolso una cinta de seda color azul cielo, casi del mismo tono que sus ojos.

​—Tío, ayúdame —pidió la niña—. Quiero que Wyny tenga algo bonito. Como es una dama, necesita un detalle.

​Dexter dejó sus papeles con un suspiro dramático, pero se acercó. Sus dedos largos, acostumbrados a empuñar armas, tomaron la cinta con una destreza sorprendente. Con una suavidad que me hizo vibrar el corazón, rodeó mi cuello con la seda y formó un pequeño lazo perfecto. El azul resaltaba contra mi pelaje beige, y el aroma a lavanda de la cinta se mezcló con el sándalo de Dexter.

—Ahora eres la conejita más elegante de Animae —sentenció Nala, dándome un besito rápido en la frente.

La Sombra en el Horizonte.

Sin embargo, la paz en el Castillo de Obsidiana siempre era frágil. Mientras Nala recogía sus tacitas, Arlo se puso en pie de un salto, soltando un gruñido que hizo que la sangre se me helara. Sus ojos amarillos estaban fijos en el jardín de abajo, más allá de los muros del balcón.

​Dexter reaccionó al instante. Se interpuso entre nosotros y la barandilla, escaneando el perímetro con la mirada afilada de un halcón.

​A lo lejos, cerca de los límites del bosque, una mancha de color naranja y negro se movió entre los arbustos. No fue más que un destello, un movimiento rápido que solo un ojo entrenado podría ver. Un tigre. Estaban vigilando, observando la debilidad que el Rey de las Panteras mostraba al permitir que una niña y un conejo jugaran a la luz del día.

El Regreso a la Realidad.

​—Marcus, lleva a Nala adentro. Ahora —ordenó Dexter. Su voz ya no era la del tío paciente, sino la del soberano absoluto.

—¿Qué pasa, tío? —preguntó Nala, asustada por el cambio repentino.

—Nada de qué preocuparse, pequeña. El sol se está poniendo y es hora de que descanses.

Marcus asintió, entendiendo la gravedad en los ojos de su hermano. Tomó a Nala de la mano y se retiraron al interior del castillo. Dexter esperó a que la puerta se cerrara para volverse hacia mí. Me tomó del regazo de la silla y me metió de nuevo en su bolsillo, apretándome contra su pecho.

—Se acabó el juego, Wyny —murmuró, su voz cargada de una tensión oscura—. La curiosidad de los tigres se está convirtiendo en osadía. Creen que por tenerte aquí te has vuelto mi punto débil.

Me acurruqué en el fondo de la seda, sintiendo el lazo azul rozar mi piel. Dexter salió del balcón con paso firme, y esa noche, las antorchas del castillo permanecieron encendidas. La fiesta del té había terminado, y el aroma a vainilla fue reemplazado por el olor a acero frío y aceite de armas. Los tigres acechaban, y Dexter no pensaba dejarlos ganar.




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