Propiedad del clan pantera

Diecisiete

🐇EL SENDERO OLVIDADO.

El castillo se sentía extrañamente vacío esa mañana. Dexter había salido temprano para una inspección en las fronteras del norte, y el peso de su ausencia hacía que las paredes de piedra parecieran más frías. Arlo, encargado de mi custodia, se había entregado a un sueño profundo sobre la alfombra, con sus potentes patas moviéndose levemente como si cazara en sueños.

Yo estaba inquieta. El lazo azul que Nala me había regalado aún rodeaba mi cuello, recordándome la risa y el sol del día anterior. Me subí al alféizar de la ventana y vi a lo lejos una mancha de color vestido moviéndose entre los setos: era Nala, jugando cerca de los rosales.

Un impulso de libertad me recorrió. Miré hacia la puerta y, para mi sorpresa, no estaba encajada del todo; un pequeño resquicio de luz se colaba por la abertura. Dexter siempre era cuidadoso, pero quizás las prisas de la mañana le habían jugado una mala pasada.

La Huida Silenciosa.

Bajé de un salto, aterrizando sin hacer ruido. Pasé junto a la nariz de Arlo, conteniendo la respiración, y me deslicé por la rendija de la puerta. El pasillo era un túnel de sombras, pero mi nariz recordaba vagamente el rastro de jazmín y tierra húmeda que venía del exterior.

Caminé pegada a las paredes, esquivando a un par de sirvientes que pasaban distraídos. Mi corazón latía como un tambor. Cada vez que escuchaba un paso, me ocultaba tras una armadura o una cortina pesada. Finalmente, encontré una pequeña puerta de servicio que daba a los niveles inferiores del jardín.

Perdida en la Inmensidad.

Al salir, el sol me deslumbró. Intenté buscar el vestido de Nala, pero el jardín era un laberinto mucho más complejo desde el suelo que desde el balcón. Los arbustos, que antes parecían pequeños, ahora eran muros infranqueables de hojas verdes.

—¿Nala? —quise llamar, pero de mi garganta solo salían pequeños sonidos que se perdían en el viento.

​Empecé a correr, tratando de recordar los giros que Dexter había tomado la noche de nuestro paseo. Pero cuanto más corría, más extraño se volvía el paisaje. Ya no había rosas cuidadas ni estatuas de panteras. La hierba crecía alta y desordenada, y el aire olía a musgo y agua estancada.

La Fuente de los Deseos.

De repente, los arbustos se abrieron a un claro que nunca había visto. En el centro, solitaria y cubierta de hiedra, se alzaba una fuente de piedra gris. El agua no brotaba con fuerza, sino que caía en un goteo rítmico sobre una base circular llena de monedas oxidadas y hojas secas. Era la parte trasera del jardín, un rincón olvidado donde el tiempo parecía haberse detenido.

Me detuve frente a la fuente, jadeando. Me senté sobre mis patas traseras, mirando mi reflejo en el agua turbia. El lazo azul estaba manchado de polvo y mi pelaje beige tenía pequeñas ramas enredadas.

Un silencio sepulcral descendió sobre el lugar. Ya no escuchaba las risas de Nala ni el bullicio del castillo. Estaba demasiado lejos, en un terreno que no olía a Dexter ni a Arlo. De repente, el bosque que rodeaba la fuente pareció cerrarse sobre mí, y un escalofrío me recorrió el lomo. No estaba sola; en el aire empezó a flotar un aroma picante, algo que me recordó a las rayas doradas y a la sonrisa cruel del tigre.




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