🐇EL FRÍO DE LA TRAICIÓN.
El silencio de la fuente se rompió con el crujido de una rama seca. Mi nariz vibró con violencia; el aroma picante y dominante del tigre se intensificó hasta volverse insoportable. Giré mi pequeño cuerpo con el corazón martilleando contra mis costillas y, entre las sombras de los sauces llorones, lo vi.
No era un guardia común. Era uno de los guerreros de élite de Kaelan, un hombre con ojos felinos que brillaban con una sed de caza pura. No llevaba uniforme, solo una túnica ligera que permitía ver los tatuajes de garras en sus brazos.
—Vaya, vaya... —siseó el hombre, avanzando con una lentitud aterradora—. La pequeña joya del Rey Pantera ha salido a jugar sola. Kaelan estará muy complacido de recuperarte antes de que Dexter regrese.
El Salto al Vacío.
El pánico me nubló la vista. Retrocedí instintivamente, con mis patas resbalando en el borde de piedra húmeda de la fuente. Mis ojos miel buscaron desesperadamente una vía de escape, pero el guerrero bloqueaba el único sendero.
—No tengas miedo, cosita —dijo, extendiendo una mano llena de cicatrices—. Solo quiero ver qué tan dulce sabe tu miedo.
Dio un paso brusco hacia adelante. El susto fue tan grande que mis músculos fallaron. Mis patas traseras perdieron el apoyo en el musgo resbaladizo y, con un grito silencioso que solo fue un espasmo de aire, caí de espaldas hacia el centro de la fuente.
La Trampa de Cristal.
El agua estaba helada. El impacto me hundió de inmediato, y el peso de mi pelaje beige, ahora empapado, me arrastró hacia el fondo. Mis pulmones ardieron al intentar inhalar, pero solo encontré el líquido turbio y oscuro de la fuente olvidada.
No sabía nadar. Mis pequeñas extremidades se movían con desesperación, golpeando la superficie sin lograr mantenerme a flote. La cinta azul que Nala me había puesto se enredó con una de las algas del fondo, manteniéndome anclada mientras el mundo exterior se convertía en un reflejo borroso de luces y sombras.
—¡Maldición! —escuché la voz del tigre, lejana y distorsionada por el agua—. ¡No te mueras todavía, el jefe te quiere viva!
Vi su silueta inclinándose sobre el borde, pero mi visión se oscurecía. El frío me estaba apagando. Mis movimientos se volvieron lentos, pesados. Pensé en Dexter, en su aroma a sándalo que siempre me hacía sentir a salvo, y en Arlo, que seguramente seguía durmiendo sin saber que su pequeña protegida se hundía en el silencio.
Justo antes de que mis ojos se cerraran por completo, un estruendo sacudió el agua. Algo grande y oscuro rompió la superficie con la fuerza de un meteorito, pero yo ya no tenía fuerzas para ver quién era. Solo sentí que la oscuridad me reclamaba por completo.