Propiedad del clan pantera

Diecinueve

🐇EL REFUGIÓ EN LA PROFUNDIDAD.

La oscuridad era fría y pesada. Sentía cómo el agua se colaba en mis oídos, silenciando el mundo exterior. Mi pequeño corazón latía cada vez más despacio, y la cinta azul en mi cuello se sentía como una cadena que me arrastraba hacia el fondo de la fuente. Pero, justo cuando mis pulmones estaban a punto de rendirse, el agua se agitó con una violencia brutal.

Unas garras poderosas desgarraron las algas que me retenían. Sentí unos dientes grandes cerrarse con una precisión asombrosa alrededor de mi lomo, pero no para herirme, sino para sacarme del abismo.

El Rescate de la Sombra.

Fui arrastrada hacia la superficie con una fuerza arrolladora. Al salir del agua, tosía y escupía, tratando de recuperar el aire mientras el mundo daba vueltas. Fui depositada sobre el césped con brusquedad. Al abrir mis ojos empañados, vi una masa de pelaje negro y empapado frente a mí.

Arlo.

La pantera respiraba con dificultad, sus ojos amarillos centelleaban de una forma que nunca había visto. No estaba simplemente despierto; estaba en trance de batalla. Se colocó sobre mí, protegiéndome con su cuerpo masivo mientras un gruñido eléctrico vibraba en su garganta.

Frente a nosotros, el guerrero tigre retrocedía, con un cuchillo en la mano y el rostro pálido de terror.

—Maldita bestia... —masculló el tigre—. Solo es un conejo. ¡Déjamelo y no tendrás que morir!

La Furia del Rey Regresa.

—No es solo un conejo.

La voz no vino de Arlo. Vino desde el sendero. Dexter estaba allí. No parecía un hombre; parecía un demonio surgido de las sombras más profundas del castillo. Su ropa de viaje estaba cubierta de polvo, pero su rostro era una máscara de furia gélida. Sus ojos dorados estaban fijos en el tigre, y en su mano derecha sostenía una espada que brillaba con una luz letal.

—¿Te atreviste a tocar lo que es mío en mi propio hogar? —preguntó Dexter. Su voz era tan baja que hacía que el aire vibrara.

El guerrero tigre intentó saltar hacia los arbustos para escapar, pero Dexter fue más rápido. En un movimiento que mis ojos apenas pudieron seguir, el Rey se lanzó hacia adelante. No hubo gritos, solo el sonido del acero cortando el aire y un impacto seco.

Calor entre el Hielo.

Segundos después, Dexter estaba arrodillado junto a mí. Ignoró por completo al enemigo caído. Sus manos, que solían ser tan firmes, temblaban visiblemente cuando me levantó de la hierba empapada.

—Wyny... pequeña tonta... —susurró.

Me pegó a su pecho, bajo su capa de lana gruesa, tratando de transferirme su calor. Yo temblaba de frío y de miedo, escondiendo mi nariz en el hueco de su cuello. El aroma a sándalo y a batalla me envolvió, devolviéndome la vida que el agua casi me arrebata.

—Arlo, llévate el lazo azul —ordenó Dexter, notando que la cinta se había desprendido en el forcejeo—. No quiero que quede ningún rastro de este lugar.

Dexter me apretó más fuerte y comenzó a caminar de regreso al castillo con pasos largos y decididos. No dijo una palabra más, pero sentí su corazón latiendo con una fuerza salvaje contra mi costado. El jardín trasero volvió a quedar en silencio, pero yo sabía que, a partir de ese momento, Dexter no solo me vigilaría... me escondería del mundo entero para asegurarse de que nadie, nunca más, intentara apagar mi luz.




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