Propiedad del clan pantera

Veinte

🐇EL PESO DE LA FRAGILIDAD.

El fuego de la chimenea crepitaba con una fuerza inusual, pero el calor no lograba penetrar el frío que se había instalado en mis huesos. Después del incidente en la fuente, Dexter me había envuelto en toallas de lino caliente y me había dejado sobre un cojín frente a las brasas. Arlo, todavía con el pelaje húmedo, no se movía de mi lado, vigilando incluso mi sombra.

Yo no saltaba. No buscaba comida. Estaba ovillada, con la mirada fija en las chispas que saltaban hacia el hollín.

El Silencio de la Culpa.

Me sentía pequeña, y no por mi tamaño. Me sentía una carga. Por mi culpa, Dexter había tenido que abandonar sus deberes. Por mi culpa, Arlo se había arriesgado al saltar a esa agua estancada. Por mi culpa, la paz de Nala se había roto y la furia del Rey había vuelto a desatarse.

Miré mis patas beige, todavía un poco sucias por el lodo de la fuente. En este mundo de depredadores, de reyes y de guerreros, yo solo era una fuente constante de problemas. Un conejo que no sabía nadar, que no podía defenderse y que obligaba a la pantera más poderosa de Animae a actuar como un simple guardián.

El Regreso de la Sombra.

Escuché las botas de Dexter acercándose. No venía con el paso firme de siempre; sus pisadas eran lentas, casi cautelosas. Se sentó en su gran sillón de cuero junto a la chimenea y se quedó mirándome en silencio durante mucho tiempo.

​—¿Vas a quedarte ahí mirando el fuego hasta que te conviertas en estatua? —preguntó con su voz ronca.

No me moví. Bajé mis orejas hasta que tocaron el cojín y escondí el hocico entre mis patas. Quería decirle que lo sentía. Quería decirle que estaría mejor si me enviaba de vuelta al bosque, lejos de los tigres y de las preocupaciones que mi presencia le causaba.

​La Mano del Rey.

Sentí el peso de su mano sobre mi cabeza. No me levantó con brusquedad como otras veces. Sus dedos simplemente se hundieron en mi pelaje seco, acariciando el lugar donde solía estar el lazo azul.

—Sé lo que estás pensando, Wyny —dijo Dexter, y por primera vez, su voz no tenía rastros de frialdad, sino una nota de cansancio absoluto—. Tienes esa mirada que tienen los soldados cuando creen que han fallado en una misión.

Él se inclinó, obligándome a levantar la vista hacia sus ojos dorados.

​—No eres una carga. Eres lo único en este castillo que no me mira con miedo o con ganas de robarme el trono —susurró, rozando con el pulgar mi mejilla—. Los tigres no te buscan porque seas débil. Te buscan porque eres lo único que me hace humano en este lugar de bestias.

Una Nueva Determinación.

Solté un pequeño suspiro y apoyé mi cabeza contra su palma. Dexter me tomó con cuidado y me colocó en su regazo, volviendo a cubrirme con una manta.

—Si vuelves a escapar, te pondré una cadena de oro —advirtió, tratando de recuperar su tono gruñón, aunque sus ojos decían otra cosa—. Pero no vuelvas a pensar que no vales el esfuerzo. Ahora duerme. Mañana, el mundo seguirá intentando devorarnos, y necesito que estés despierta para recordarme por qué vale la pena luchar.

Me acurruqué contra él, sintiendo el calor de su cuerpo. La tristeza no desapareció del todo, pero el peso en mi pecho se hizo más ligero. No era una guerrera, ni una reina, pero bajo el amparo de la pantera, había aprendido que incluso la criatura más pequeña tiene un lugar donde pertenece. Y el mío, sin duda, era este.




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