Propiedad del clan pantera

Veintidos

🐇EL DILEMA DE LA POLIZÓN.

​El carruaje avanzaba con un traqueteo rítmico que, al principio, me había arrullado. Pero tras horas de encierro entre túnicas de seda y pantalones de cuero, la novedad de la aventura se había disipado. El aire dentro del bolso era denso y, lo que era peor, mi cuerpo empezaba a pasarme factura. Tenía una necesidad biológica apremiante que ninguna cantidad de autocontrol de conejo podía ignorar.

Traté de cambiar de posición, pero cada movimiento hacía que el bolso se balanceara. "No aquí, no en su ropa", me repetía a mí misma, imaginando la cara de Dexter si encontraba sus mejores galas arruinadas por un accidente de polizón.

La Salida de la Madriguera.

La desesperación superó al miedo a ser descubierta. Con mucha cautela, utilicé mis patas delanteras para separar las telas. El cierre del bolso estaba lo suficientemente abierto como para permitirme asomar la nariz. El aire fresco del exterior, cargado de un aroma a pino y nieve, me golpeó de inmediato, dándome un alivio momentáneo.

Fui subiendo centímetro a centímetro hasta que mis ojos miel quedaron al nivel del borde del cuero.

La Vigilancia del Rey.

Dexter estaba justo frente a mí, sentado en el asiento de terciopelo del carruaje. No llevaba su corona, pero su sola presencia llenaba el espacio. Tenía una pierna cruzada y su mirada estaba perdida a través de la ventana, viendo cómo el paisaje cambiaba de los verdes bosques de su reino a las laderas grises y gélidas que marcaban el inicio del territorio de los osos.

Su perfil era duro, marcado por la luz del atardecer que se filtraba por el cristal. Parecía sumido en pensamientos profundos, probablemente trazando estrategias para lidiar con los brutales líderes del norte.

Solté un suspiro casi imperceptible. Estaba tan cerca que podía oler su esencia a sándalo mezclada con el frío del exterior.

Me quedé congelada, con la cabeza apenas sobresaliendo del bolso, debatiéndome entre volver a esconderme o llamar su atención antes de que fuera demasiado tarde para sus camisas de seda.

Justo cuando estaba por emitir un pequeño sonido, el carruaje pasó sobre una piedra grande, dándome un sacudón que me hizo perder el equilibrio. Solté un pequeño chillido y mis orejas beige saltaron fuera del bolso como dos resortes.

Dexter no se movió de inmediato, pero sus ojos dorados dejaron de mirar la ventana y, con una lentitud aterradora, empezaron a descender hacia el bolso que descansaba a su lado. El silencio en el carruaje se volvió sepulcral, solo roto por el latido desbocado de mi corazón.




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