🐇LA TORMENTA EN EL CARRUAJE.
El tiempo pareció detenerse. Mis orejas, traidoras y erguidas, eran lo único que sobresalía del bolso de cuero, vibrando por el miedo. Dexter no se inmutó, pero sus ojos dorados se afilaron como dagas mientras bajaban lentamente de la ventana hacia su equipaje.
Durante un segundo infinito, reinó el silencio. Entonces, con un movimiento tan rápido que ni siquiera vi venir, su mano rodeó mi cuerpo y me sacó del bolso de un solo tirón.
—¿Pero qué?... —La voz de Dexter no fue un grito; fue un susurro cargado de una furia tan contenida que hizo que el aire en el carruaje se volviera pesado.
El Enfrentamiento.
Me sostuvo en el aire, a la altura de su rostro. Sus ojos llameaban de ira. Yo encogí mis patitas y moví la nariz con desesperación, tratando de parecer lo más pequeña e inofensiva posible.
—Wyny —siseó su nombre como si fuera una sentencia—. Te dejé órdenes claras. Te dejé bajo la guardia de Arlo. ¿Cómo demonios has llegado hasta aquí?
Solté un pequeño sonido agudo, una mezcla de disculpa y angustia. Mis ojos miel se llenaron de lágrimas. No solo estaba asustada por su enojo, sino que mi vejiga estaba a punto de rendirse. Empecé a retorcerme en su mano, no para escapar, sino por la incomodidad física que ya no podía soportar.
Una Emergencia Real.
Dexter, que conocía cada uno de mis gestos, entrecerró los ojos. Su expresión de furia cambió por un momento a una de pura confusión, y luego a una comprensión horrorizada.
—No me digas que... —Se interrumpió, mirando sus pantalones de gala y luego el bolso lleno de camisas de seda—. ¡Ni se te ocurra, conejo! ¡Ni se te ocurra ensuciar este carruaje!
Con una maldición entre dientes, Dexter golpeó el techo del carruaje con el puño.
—¡DETENGAN EL CARRUAJE! —rugió hacia el cochero.
El vehículo frenó con un chirrido violento que nos hizo tambalear. Antes de que las ruedas dejaran de girar por completo, Dexter abrió la puerta de un golpe, saltó hacia la nieve del camino y me depositó bruscamente sobre un parche de hierba seca que sobresalía del hielo.
—¡Corre! —ordenó, dándose la vuelta con los brazos cruzados, dándome la espalda para darme "privacidad", aunque su postura irradiaba una irritación monumental.
Las Consecuencias del Viaje.
Cuando terminé, me quedé sentada en la nieve, tiritando por el frío repentino. El viento de las montañas de los osos empezó a azotar mi pelaje, y la realidad de lo que había hecho me golpeó. Estábamos a mitad de camino, en territorio desconocido, y Dexter estaba tan enfadado que el sándalo de su aroma se sentía picante, como el humo de un incendio.
Él se giró, me miró durante un largo rato y luego suspiró, un sonido que mezclaba la derrota con la incredulidad. Se agachó, me recogió con una mano y me metió dentro de su pesada capa de piel, pegándome a su pecho para que no me congelara.
—Arlo va a pagar por esto cuando regresemos —gruñó mientras subía de nuevo al carruaje—. Y tú... ahora que estás aquí, vas a tener que enfrentar a los osos. Y créeme, pequeña polizón, ellos no son tan pacientes como yo cuando algo les molesta.
Me acurruqué contra su calor, sabiendo que el viaje acababa de volverse mucho más peligroso. Dexter no me devolvió al bolso; me mantuvo bajo su capa, con su mano protegiéndome, mientras el carruaje retomaba la marcha hacia el corazón del invierno.