🐇EL FILO DE LAS PALABRAS.
El banquete de bienvenida había terminado, pero para mí no hubo celebración. En cuanto Bjorn y sus hombres se retiraron a sus barracones, Dexter me tomó con una firmeza que bordeaba la rudeza y me llevó hasta los aposentos que nos habían asignado: una habitación amplia de piedra y madera, con pieles de animales cubriendo el suelo y una chimenea que rugía con violencia.
Cerró la puerta de un golpe seco que resonó en toda la estancia. Me dejó sobre una mesa de madera tosca y se alejó unos pasos, dándome la espalda. El silencio era denso, cargado de una electricidad que me erizaba el pelaje.
La Tormenta Desatada.
Cuando se giró, sus ojos dorados no eran los del hombre que me había dado calor en el carruaje; eran los de un monarca absoluto cuya paciencia se había agotado.
—¿En qué estabas pensando, Wyny? —Su voz no fue un grito, sino un susurro cortante, más afilado que cualquier espada—. ¿Crees que esto es un juego? ¿Crees que el mundo exterior es como el jardín del castillo?
Yo me encogí, ocultando mi nariz entre mis patas, pero él dio un paso hacia la mesa, obligándome a mirarlo.
—Casi mueres ahogada en una fuente hace unos días. Los tigres te están cazando como a un trofeo. Y tu brillante idea es esconderte en un bolso para venir a un territorio donde la gente come carne cruda y el frío mata en minutos —sentenció con una frialdad gélida—. No eres valiente, eres imprudente. Eres una carga que no puedo permitirme tener en una mesa de negociación.
El Corazón Roto.
Cada palabra era como un golpe. Intenté emitir un pequeño sonido, una súplica, pero él me cortó de inmediato.
—¡Basta! —rugió esta vez, haciendo que yo saltara del susto—. Por tu culpa, mi atención no está en los tratados, sino en si te vas a congelar o si algún oso va a decidir que eres un bocadillo interesante. Tu egoísmo nos pone a todos en peligro. Me arrepiento de no haberte dejado encerrada bajo llave con Arlo.
Fue demasiado. El tono de desprecio en su voz, la palabra "arrepentimiento", rompió la última barrera de mi resistencia. Mis ojos miel se inundaron y las primeras lágrimas empezaron a mojar mi pelaje beige. No era un llanto silencioso; solté unos pequeños espasmos, unos hipos de angustia que sacudían todo mi cuerpo.
Me ovillé sobre la mesa, escondiendo mi cara, mientras el llanto de un conejo —un sonido pequeño, roto y lleno de dolor— llenaba la habitación. Me sentía pequeña, inútil y, por primera vez, sentía que Dexter realmente me odiaba por existir.
El Silencio del Remordimiento.
Dexter se quedó callado de golpe. El fuego de la chimenea proyectaba su sombra alargada sobre mí. Lo escuché exhalar un suspiro largo, pero yo no podía dejar de llorar. El dolor de saber que era una molestia para la única persona que me importaba era superior a cualquier frío del norte.
Pasaron los minutos. El único sonido eran mis sollozos y el crujir de la madera. Dexter no se acercó de inmediato, pero la intensidad de su furia empezó a evaporarse, dejando paso a un silencio pesado y amargo. Había herido a la criatura que juró proteger, y por la forma en que sus manos se apretaron en puños, supe que mis lágrimas le estaban doliendo mucho más que cualquier provocación de los tigres.