Propiedad del clan pantera

Veintiséis

🐇EL RASTRO DEL DOLOR.

El aire en la habitación se había vuelto irrespirable. Las palabras de Dexter aún zumbaban en mis oídos como picaduras de avispa: carga, imprudente, arrepentimiento. Mis sollozos eran pequeños espasmos que me impedían respirar, y mi corazón, ese órgano diminuto que él mismo había salvado tantas veces, se sentía ahora como un cristal hecho añicos.

No podía estar allí. No podía mirar esos ojos dorados que ahora me veían como un estorbo.

Aprovechando que Dexter se había quedado paralizado por el impacto de mi llanto, salté de la mesa con una agilidad desesperada. Mis patas tocaron el suelo de piedra fría y corrí hacia la puerta. Al ser tan pequeña, la rendija inferior que separaba la madera del suelo era más que suficiente.

Me deslicé por ella antes de que Dexter pudiera siquiera pronunciar mi nombre.

​El Aroma de la Angustia.

Corrí por los pasillos de la fortaleza de Bjorn, pero no era una carrera de juego. Era una huida ciega. Mis ojos estaban tan nublados por las lágrimas que apenas veía por dónde iba, chocando contra las esquinas de madera bruta.

Lo que no sabía era que mi cuerpo, en ese estado de shock emocional, estaba haciendo algo peligroso. No eran las feromonas dulces de curiosidad ni el rastro suave de cuando estoy tranquila. Esta vez, mi cuerpo desprendía feromonas de dolor puro. Era un aroma amargo, punzante y abrumador, que se extendía por los pasillos como una neblina invisible. Era un grito químico que decía: "Estoy rota, alguien ayúdeme".

Un Faro en la Nieve.

Los guardias del clan oso, hombres rudos acostumbrados al olor del cuero y la sangre, se detenían en seco al verme pasar. Se tapaban la nariz, confundidos por la intensidad de la fragancia que emanaba de mi pequeño cuerpo beige. Para un depredador, ese olor era una señal de debilidad extrema, pero también era tan desgarrador que les provocaba una inquietud instintiva.

Salí a uno de los patios interiores, donde la nieve caía con fuerza. Mis patas se hundían en el manto blanco, quemándome con el frío, pero el dolor de mi pecho era mucho mayor. Me oculté bajo un viejo carro de suministros, ovillándome en un rincón oscuro, temblando violentamente mientras seguía llorando.

​El Rastro que no se puede Ocultar.

En la habitación, Dexter se dio cuenta demasiado tarde de lo que había sucedido. El aroma amargo de mis feromonas ya había impregnado las mantas y el aire. Para una pantera con sentidos tan agudos como los suyos, ese olor era como un látigo golpeándole la cara.

Él sabía que me había llevado al límite. Sabía que ese rastro de dolor era su culpa.

​—¡Wyny! —el grito de Dexter resonó en el pasillo, cargado de una angustia que nunca antes había mostrado.

Salió de la habitación como un rayo, siguiendo el rastro invisible que yo había dejado. No necesitaba ver mis huellas en la nieve; mi propio dolor le estaba indicando el camino, quemándole los sentidos y recordándole que, en su intento por "protegerme" con dureza, me había herido más profundamente que cualquier enemigo.




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