🐇LA GUARDERÍA DEL NORTE.
El primer día de mi "libertad" en la fortaleza de los osos fue como un sueño de invierno. Bjorn, a pesar de ser un guerrero que podía partir un tronco con sus manos, me trataba con una delicadeza que me dejaba asombrada. Me había confeccionado una pequeña capa hecha con retazos de piel de zorro blanco, tan suave y abrigada que el viento helado de las montañas ya no lograba hacerme temblar.
Desde mi posición privilegiada sobre su hombro, podía ver el mundo desde una altura inmensa. Ya no era el bolsillo oscuro de Dexter; era un trono de pieles que olía a resina y a la calma de un bosque antiguo.
Pequeños Gigantes.
Bjorn me llevó hacia una zona de la fortaleza que olía a leche caliente y paja limpia. Al entrar, me depositó con cuidado sobre una alfombra de lana gruesa.
—Wyny, hoy no habrá reuniones aburridas —dijo Bjorn con un guiño—. Hoy conocerás a los futuros pilares de mi clan.
De entre las sombras de las pieles, aparecieron tres pequeñas bolas de pelo castaño. Eran los oseznos, las crías de Bjorn, tan diminutos y redondos que parecían juguetes vivientes. Sus ojos eran oscuros y brillantes, llenos de una curiosidad que no conocía la malicia.
Al principio, se quedaron quietos, olfateando el aire con sus narices húmedas. Pero en cuanto me moví, saltando un poco para sacudir mi nueva capa, la fiesta comenzó.
Juego entre la Nieve.
Fue el juego más tierno que había experimentado jamás. Los oseznos rodaban sobre sí mismos, intentando atrapar mis orejas beige con sus patitas torpes. Yo, siendo más ágil, saltaba por encima de sus lomos peludos, escondiéndome tras los grandes pilares de madera para que me buscaran.
Uno de ellos, el más pequeño, se acercó y me lamió la mejilla con una lengua áspera pero cálida, compartiendo conmigo el calor de su familia. Por primera vez en días, mi nariz no vibraba por el miedo o el dolor, sino por la risa silenciosa que solo los de mi especie conocemos.
La Mirada desde el Umbral.
En medio del juego, sentí un escalofrío que no venía del clima. Miré hacia la entrada de la guardería y allí estaba él. Dexter permanecía oculto en las sombras del pasillo, apoyado contra el marco de la puerta. Su figura era una mancha oscura en contraste con la calidez del lugar.
No dijo nada. No interrumpió. Pero sus ojos dorados estaban fijos en mí, observando cómo yo era capaz de ser feliz y jugar con desconocidos mientras que con él solo conocía la tensión de las sombras. Vi cómo su mano apretaba el pomo de su espada, no con intención de pelea, sino con la frustración de quien sabe que ha perdido algo precioso y no tiene idea de cómo recuperarlo.
Agaché las orejas por un segundo, sintiendo su mirada pesar sobre mi lomo, pero un osezno me empujó con su nariz, invitándome a seguir rodando. Decidí ignorar la sombra del Rey Pantera. Por hoy, yo no era una propiedad ni una carga; era simplemente Wyny, la amiga de los pequeños osos del norte.