🐇EL PRIMER INTENTO DE LA PANTERA.
La mañana del segundo día comenzó con un silencio sepulcral en la fortaleza. Bjorn me había dejado descansar sobre una mullida piel de cordero cerca de la chimenea central. El aroma a estofado y el calor de los troncos quemándose me daban una paz que se sentía extraña, casi prohibida.
Sin embargo, esa paz se interrumpió cuando el sonido de unas botas firmes y rítmicas hizo vibrar el suelo de madera. No necesitaba mirar para saber quién era. El aire a mi alrededor se cargó con ese aroma a sándalo y tormenta que solo Dexter poseía.
Una Ofrenda en la Nieve.
Dexter se detuvo a unos pasos de mí. No lucía como el rey arrogante que me había regañado; sus hombros estaban caídos y sus ojos dorados evitaban encontrarse directamente con los míos. Se agachó, quedando a mi nivel, y extendió la mano.
En su palma no había una orden ni una correa, sino una manzana roja, perfectamente tallada en rodajas pequeñas, y una brizna de heno dulce que solo crecía en los valles del sur, algo que debió haber guardado con recelo en sus suministros personales.
—Wyny... —su voz sonó ronca, como si no hubiera dormido en toda la noche—. He traído esto para ti. Es de los huertos del castillo. Sé que no te gusta la comida dura de los osos.
La Indiferencia del Conejo.
Miré la manzana. El aroma dulce era tentador, y mi estómago dio un pequeño vuelco de deseo. Pero entonces recordé el frío de sus palabras: "Me arrepiento de no haberte dejado bajo llave".
Lentamente, me di la vuelta, dándole la espalda y ocultando mi nariz entre mis patas. No era solo un berrinche; era el miedo de que, si aceptaba su regalo, volvería a ser esa "carga" que él despreciaba en cuanto las cosas se ponían difíciles.
Escuché a Dexter soltar un suspiro que sonó casi como un gruñido de dolor.
saliendo de los labios del Rey de las Panteras, fue más impactante que cualquier grito—. Solo quiero que comas algo. El frío de aquí es peligroso para ti.
El Orgullo Herido.
En ese momento, Bjorn entró en el salón, riendo al ver la escena. Se cruzó de brazos, apoyándose en una columna de madera.
—Parece que tus tesoros del sur no tienen valor aquí, Dexter —se burló el oso con tono bonachón—. Aquí, el afecto se gana con calor, no con sobornos.
Dexter se puso de pie de un salto, con el rostro encendido por una mezcla de vergüenza y frustración. Dejó el plato con la manzana en el suelo y se alejó sin decir otra palabra, pero antes de salir, se detuvo un segundo para mirarme por encima del hombro. Su mirada no era de odio, sino de una profunda y desesperada soledad.
Me quedé allí, mirando la manzana roja que empezaba a oxidarse por el frío. Sabía que le dolía, y una parte de mí quería correr hacia él, pero otra parte, la que todavía llevaba la marca de sus gritos, me obligó a quedarme en mi sitio. El juego de voluntades apenas comenzaba, y la pantera estaba descubriendo que recuperar la confianza es mucho más difícil que ganar una guerra.