🐇LA CONFESIÓN DEL REY
Al ver su mano extendida, la tristeza volvió a golpearme con la fuerza de una ventisca.
El recuerdo de sus gritos en la habitación —llamándome "carga"— resurgió, y mis ojos volvieron a empañarse. Bajé las orejas y retrocedí un paso, encogiéndome sobre mis patas. El silencio del pasillo se llenó de nuevo con mis pequeños hipos de angustia, y las feromonas de melancolía empezaron a flotar sutilmente en el aire.
Dexter cerró los ojos un momento, como si mi llanto fuera un castigo físico para él. Sin decir nada más, se sentó en el suelo del pasillo, ignorando el frío de la piedra, para quedar totalmente a mi altura.
—Lo siento, Wyny —dijo, y esta vez su voz no tenía ni rastro de autoridad—. Lo siento tanto que me quema por dentro.
Me miró fijamente, y en sus ojos dorados no había furia, sino una vulnerabilidad que nunca le mostraría a Bjorn ni a sus generales.
—Fui un bruto contigo porque tenía miedo —confesó, pasando una mano por su cabello desordenado—. En el castillo, bajo mis muros, siento que puedo protegerte. Pero aquí... en las tierras de los osos, me di cuenta de que no tengo el control. Entiende que no eres una carga porque seas débil, sino porque eres lo único que me importa, y eso me hace débil a mí.
Un Mundo de Cazadores.
Se acercó un poco más, hablando en un susurro para que las sombras del pasillo no llevaran sus palabras a oídos ajenos.
Los tigres no son los únicos que te quieren, pequeña. Aquí, en el norte, también hay ojos que te observan con codicia. Eres un espíritu del bosque, una rareza que cualquier líder querría tener para demostrar su poder. Mi miedo de que alguien te arrebatara de mi lado me hizo explotar de la peor manera. Prefería que estuvieras encerrada y a salvo, que libre y en peligro.
Hizo una pausa, y su mano finalmente rozó con extrema suavidad mi lomo, justo sobre la pequeña capa que Bjorn me había regalado.
—Pero me equivoqué. Al intentar asegurar tu seguridad, rompí tu alegría. Y ver que prefieres el calor de un extraño antes que el mío... es el golpe más duro que he recibido en mi vida.
Me quedé quieta, procesando sus palabras. El Rey de las Panteras, el hombre que no le temía a nada, tenía miedo de perderme. Mis lágrimas empezaron a secarse mientras lo observaba. No era que él no me quisiera; era que me quería de una forma posesiva y temerosa, como alguien que guarda un tesoro en una caja demasiado apretada por miedo a que se lo roben.
Apoyé mi cabecita contra su palma, sintiendo su calor familiar. Todavía me dolía el corazón, pero por primera vez, entendí que detrás de su armadura de hielo, Dexter solo era un guerrero asustado por la fragilidad de lo que amaba.