Propiedad del clan pantera

Treinta y cinco

🐇EL GUARDIÁN DE LAS SOMBRAS.

​El viaje de regreso fue largo, pero el traqueteo del carruaje ya no se sentía como una huida, sino como un conteo regresivo hacia la paz. A medida que las montañas de nieve quedaban atrás y el aire se volvía más denso y familiar, Dexter no me soltó ni una sola vez. Me mantuvo en su regazo o contra su pecho, como si estuviera recuperando todo el tiempo que el orgullo nos había robado en el norte.

Finalmente, las torres de obsidiana se alzaron en el horizonte, brillando bajo la luz del atardecer como cristales oscuros que custodiaban el valle.

​El Regreso del Rey.

Cuando el carruaje cruzó el puente levadizo, el sonido de los cascos de los caballos sobre el empedrado anunció nuestra llegada. Dexter se ajustó la capa y me permitió asomar la cabeza por el borde de su bolsillo. El aire del hogar olía a piedra antigua, a flores de jazmín y a la seguridad de los muros de obsidiana.

Frente a las grandes puertas de roble y hierro del palacio, una silueta masiva esperaba en silencio.

La Calma de la Pantera.

Arlo estaba allí. No estaba sentado con la elegancia habitual de un guardia, sino que caminaba de un lado a otro con una inquietud que hacía que sus garras chirriaran levemente contra el suelo. En cuanto el carruaje se detuvo por completo, Arlo se quedó inmóvil, con las orejas tiesas y los ojos amarillos fijos en la puerta que se abría.

Dexter bajó del carruaje con paso firme. Arlo soltó un gruñido bajo, una pregunta silenciosa que vibró en el aire. No miraba a Dexter; su atención estaba totalmente centrada en el bulto que sobresalía de su túnica.

Cuando asomé mis orejas beige y moví la nariz, reconociendo el aroma de mi gran protector, Arlo experimentó una transformación absoluta. Sus músculos, que habían estado tensos como cuerdas de arco durante días, se relajaron de golpe.

Exhaló un suspiro profundo, un sonido casi humano de alivio, y bajó la cabeza hasta que su hocico casi tocó el suelo.

El Reencuentro de los Protectores.

—Está a salvo, Arlo —dijo Dexter, permitiendo que una pequeña sonrisa cruzara su rostro al ver la reacción de su compañero—. Pero prepárate, porque esta pequeña polizón ahora cree que puede conquistar reinos enteros.

Arlo se acercó y, con una delicadeza infinita, rozó mi cabeza con su nariz húmeda. Su pelaje negro era como la seda más pura bajo el sol. Sentí su satisfacción; la manada estaba completa de nuevo.

Dexter le dio una palmada afectuosa en el costado a la pantera negra y, juntos, los tres cruzamos el umbral del castillo.

​La aventura en el norte había terminado, y aunque las cicatrices del regaño todavía estaban frescas, al entrar en el gran salón supe que, sin importar cuántos tigres u osos hubiera en el mundo, aquí, entre estas dos panteras, yo era la criatura más protegida de toda la creación.




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