🐇LOS NUEVOS DOMINIOS DE WYNY.
Tras el regreso del norte, el ambiente en el Castillo de Obsidiana cambió radicalmente. Dexter, cumpliendo su promesa silenciosa de no volver a asfixiarme con su sobreprotección, decidió abrir las puertas de mi jaula de oro. Ya no estaba confinada a sus aposentos o al jardín principal; el castillo entero, con sus secretos y pasadizos, se convirtió en mi nuevo patio de juegos.
Para asegurar que mi libertad fuera segura, Dexter tomó una decisión inusual: asignarme una compañía constante que pudiera seguir mis saltos allí donde las panteras no encajaban.
El Encuentro con Lucy.
—Wyny, esta es Lucy —dijo Dexter una mañana, mientras yo desayunaba unos trozos de manzana fresca—. A partir de ahora, ella será tus ojos y tus manos cuando yo no esté.
Frente a mí apareció una chica joven de presencia vivaz. Lucy tenía el cabello negro, cortado de forma práctica justo por encima de los hombros, y unos ojos negros que brillaban con una mezcla de respeto y ternura. No parecía intimidada por la presencia del Rey, ni siquiera por Arlo, que la observaba desde un rincón con la curiosidad de quien inspecciona a un nuevo recluta.
—Es un honor, pequeña dama —susurró Lucy, inclinándose para quedar a mi altura. Su voz era suave y clara, como el tintineo de una campana.
Explorando el Laberinto de Piedra.
Lucy resultó ser la guía perfecta. Conocía cada rincón del castillo: desde las cocinas, donde el aire olía a pan recién horneado y canela, hasta las bibliotecas polvorientas donde los mapas colgaban de las paredes como pieles de dragón.
Caminábamos en una formación curiosa que pronto se hizo famosa entre la servidumbre:
Yo iba a la cabeza, saltando con entusiasmo y explorando bajo los muebles.
Lucy me seguía de cerca, siempre atenta a que no me metiera en problemas, cargando una pequeña cesta con mis golosinas favoritas.
Arlo cerraba la marcha, moviéndose como una sombra masiva y silenciosa, asegurándose de que nadie interrumpiera nuestro recorrido.
Rincones Secretos.
Lucy me llevó a la torre del reloj, donde el sonido de los engranajes era como un latido metálico, y me enseñó los pasadizos ocultos tras los tapices, que me permitían moverme de un piso a otro sin ser vista.
Arlo, aunque demasiado grande para los túneles estrechos, nos esperaba siempre al otro lado, oliendo el aire para confirmar que el camino estaba despejado.
—Ves, Wyny —me decía Lucy mientras me acariciaba entre las orejas con un dedo—. El castillo es grande, pero ahora es todo tuyo. Ya no tienes que esconderte en bolsos para ver el mundo.
Por primera vez, sentí que el Castillo de Obsidiana no era solo la fortaleza de Dexter, sino mi verdadero hogar. Con Lucy cuidando mis pasos y Arlo protegiendo mi espalda, la pequeña coneja beige se convirtió en la verdadera dueña de los pasillos, descubriendo que la libertad sabe mucho mejor cuando tienes amigos con quienes compartirla.