Propiedad del clan pantera

Cuarente

🐇EL DESPERTAR DE LA RESISTENCIA.

La declaración de guerra de Kaelan todavía flotaba en el aire del gran salón como el olor a azufre después de un rayo. El Castillo de Obsidiana, que por unos días se había sentido como un refugio de paz, se transformó en cuestión de minutos en una maquinaria bélica perfectamente engrasada. El sonido de los pasos de Lucy corriendo por los pasillos y el metal de las armaduras siendo ajustadas reemplazó el silencio de las mañanas.

Dexter me llevó a sus aposentos privados, pero esta vez no me dejó en el bolsillo. Me colocó sobre el mapa táctico de la mesa central, rodeada de pequeñas figuras de madera que representaban batallones. Arlo, la imponente pantera negra, se echó a los pies de la mesa, con la mirada fija en la puerta y la cola moviéndose con un latigazo rítmico, siempre alerta.

El Consejo de Guerra.

Poco después, la pesada puerta de madera se abrió para dejar pasar a Benher, el estratega real. Era un hombre de mediana edad con una barba pulcramente recortada y ojos que siempre parecían estar calculando mil variables a la vez. Junto a él entró Lucy, quien traía consigo una pequeña armadura de cuero reforzado que había estado cosiendo en secreto para mí. Tenía los ojos rojos, pero sus manos no temblaban.

—Rey Dexter —dijo Benher, extendiendo un pergamino sobre el mapa—. Los vigías informan que el humo de los campamentos tigres ya se ve desde las colinas altas. Kaelan no está perdiendo el tiempo.

Dexter observaba el mapa, con la mirada perdida en los pasos de montaña que conectaban con el norte.

​—Ese bastardo cree que soy débil porque te protejo, Wyny —dijo Dexter, moviendo una pieza de madera negra hacia la frontera—. Cree que eres un trofeo. Lo que no entiende es que un rey que lucha por lo que ama es mil veces más peligroso que un rey que solo lucha por poder.

​El Grito del Halcón.

De repente, un graznido agudo rompió el aire. Un halcón de plumaje blanco y gris entró por el ventanal, aterrizando sobre un pedestal de bronce. Traía un mensaje atado a la pata: una pequeña cinta de piel de oso con una runa grabada en fuego.

Benher desató el mensaje y lo leyó rápidamente, con una sombra de alivio cruzando su rostro severo.

—Es de Bjorn, mi señor —anunció el estratega—. Dice que el Clan Oso ya ha cruzado el Paso del Hielo. No vienen solos; traen consigo a los jinetes de lobos de las estepas. Según mis cálculos, estarán aquí antes de que la primera flecha tigre toque nuestros muros.

Arlo soltó un rugido sordo, un sonido vibrante que hizo eco en el pecho de todos los presentes, como si confirmara que el instinto de caza ya estaba despertando.

La Última Noche de Calma.

Dexter se acercó a la ventana y observó el atardecer. El cielo estaba teñido de un rojo violento, como si el propio universo estuviera sangrando por anticipado. Se giró hacia mí y extendió su dedo índice para que yo lo rodeara con mis patitas.

—Mañana, el mundo sabrá por qué las panteras reinamos en las sombras —sentenció, y su aroma a sándalo se volvió más intenso—. No dejaré que ese salvaje te ponga un ojo encima. Si quiere a la reina del Castillo de Obsidiana, tendrá que venir a buscarla al centro de la tormenta.

Me acurruqué contra su mano, sintiendo el frío del metal de su anillo real. El miedo seguía ahí, pero al mirar a Lucy, la ferocidad silenciosa de Arlo y la mente brillante de Benher, supe que no era una simple presa. Era el corazón de este reino, y el corazón no se entrega sin luchar hasta el último aliento.




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