🐇EL REFUGIO DE LA NIEBLA.
La madrugada llegó envuelta en una bruma espesa que subía desde los fosos del castillo, ocultando el mundo exterior. El silencio era antinatural; ni siquiera los pájaros se atrevían a cantar. Dentro de la alcoba, el tintineo metálico era constante.
Dexter ya no vestía sus túnicas reales de seda, sino una armadura de placas de obsidiana y cuero que lo hacían ver como una deidad de la guerra.
Me sentaron sobre una pequeña plataforma de madera mientras Lucy terminaba de ajustarme la pechera de cuero. Ella no decía nada, pero sus dedos temblaban levemente al rozar mi pelaje beige.
La Estrategia Final.
Benher entró en la habitación con el rostro pálido. Traía consigo un catalejo y varios mapas enrollados bajo el brazo.
—Señor, la niebla está de su lado. Se están posicionando en el Valle de los Susurros. Creen que el factor sorpresa es suyo, pero no cuentan con que los exploradores de Bjorn ya han flanqueado el río —informó Benher, señalando hacia el este—. Si esperamos a que el sol disipe la bruma, los tendremos atrapados entre nuestras murallas y las garras del oso.
Dexter asintió, pero sus ojos no se apartaron de mí. Se acercó y me tomó en sus manos una última vez antes de la batalla. Su armadura estaba fría, pero su aliento contra mis orejas seguía siendo cálido.
—Escúchame bien, Wyny —susurró con una voz que era puro acero—. Te quedarás en el refugio subterráneo con Lucy. Arlo no se apartará de la puerta. Pase lo que pase, no salgas de allí hasta que yo mismo vaya a buscarte.
El Guardián Silencioso.
Arlo, que había estado afilando sus garras contra el suelo de piedra, se levantó de un salto. Su pelaje negro parecía absorber la poca luz que entraba por la ventana. Emitió un bufido bajo, una promesa de que ningún tigre cruzaría el umbral mientras él tuviera aliento.
—Si algo sale mal... —comenzó a decir Benher, pero Dexter lo cortó con una mirada letal.
—Nada saldrá mal. Hoy no solo defendemos una frontera, Benher.
Defendemos la libertad de lo que amamos.
El Inicio del Fin.
De repente, un sonido desgarrador atravesó la niebla: el rugido de un tigre, potente y cargado de odio. Kaelan había dado la señal. El estruendo de miles de pies marchando empezó a hacer vibrar las paredes del Castillo de Obsidiana.
Dexter me entregó a Lucy, quien me abrazó contra su pecho con fuerza. Antes de que cruzara la puerta hacia las catacumbas, Dexter se giró hacia el ventanal y desenvainó su espada. El brillo de la hoja reflejó el primer rayo de sol que lograba romper la bruma.
—¡A sus puestos! —rugió Dexter, y su voz fue respondida por el grito de batalla de sus soldados en los patios inferiores.
Mientras bajábamos hacia la seguridad de las sombras, lo último que vi fue la silueta de la pantera y el estratega recortadas contra la luz del alba. La guerra por el corazón del bosque acababa de estallar, y el aire ya empezaba a oler a hierro y a destino.