Propiedad del clan pantera

Cuarenta y Dos

🐇EL REFUGIO DE LAS SOMBRAS.

El descenso a las catacumbas fue un viaje a través de ecos y oscuridad. Lucy me llevaba apretada contra su pecho, y podía sentir el galope desenfrenado de su corazón bajo la tela de su vestido. Arlo caminaba a nuestro lado, sus ojos amarillos brillando en la penumbra como dos brasas encendidas, emitiendo un ronroneo bajo que no era de paz, sino de pura alerta depredadora.

El refugio era una cámara circular de piedra maciza, oculta tras tres niveles de puertas reforzadas. El aire allí abajo era frío y olía a tierra vieja, muy lejos del sándalo de Dexter o el pino de Bjorn.

El Eco de la Batalla.

Nos sentamos sobre unos fardos de tela. Lucy intentaba mantenerme tranquila acariciando mis orejas, pero sus manos no dejaban de temblar. El silencio del refugio era engañoso; a través de los gruesos muros de piedra, nos llegaba el retumbar sordo de la guerra que estallaba arriba.

Boom. El suelo vibró.

—Son las catapultas de Kaelan —susurró Lucy, abrazándose las rodillas—. Están golpeando las puertas principales.

Cada estruendo me hacía saltar. Imaginaba a Dexter en medio del caos, su armadura de obsidiana brillando entre la sangre y el acero, y a Benher dando órdenes desde las almenas. El miedo de perderlo era un nudo que me apretaba el estómago más fuerte que cualquier hambre.

La Centinela y el Miedo.

Arlo se colocó frente a la puerta principal del refugio. Se sentó con una rectitud militar, sus orejas moviéndose en dirección a cada sonido que bajaba por las escaleras. De repente, la pantera negra se puso de pie, erizando el lomo y mostrando sus colmillos con un siseo letal.

—¿Arlo? ¿Qué pasa? —preguntó Lucy, con la voz quebrada por el pánico.

​Un sonido metálico llegó desde el otro lado de la puerta. No era el estruendo de una catapulta, sino el rasguño de garras contra la piedra. El enemigo no solo estaba en los muros; los infiltrados de Kaelan habían encontrado los pasadizos secretos.

Un Vínculo en la Oscuridad.

​Me bajé de los brazos de Lucy y caminé hacia Arlo. No podía luchar, no tenía garras ni espadas, pero me puse a su lado, con mis pequeñas patas firmes sobre el suelo frío. Si los tigres lograban entrar, me encontrarían de pie, no escondida.

Arlo bajó la vista hacia mí por un segundo. Su mirada amarilla pareció suavizarse, reconociendo mi valentía. Dio un paso al frente, interponiendo su cuerpo masivo entre la puerta y yo, listo para destrozar a cualquiera que intentara arrebatarme de la seguridad de la obsidiana.

Fuera, los gritos aumentaron de volumen. La batalla por el castillo estaba en su punto más crítico, y en la oscuridad del refugio, solo nos quedaba esperar que el sol de la victoria no se apagara antes de que Dexter regresara por nosotros.




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