🐇EL ASEDIO A LAS PROFUNDIDADES.
El sonido de los rasguños al otro lado de la pesada puerta de piedra se convirtió en un golpe rítmico y violento. Alguien, o algo, estaba tratando de derribar la última defensa de mi refugio. Lucy se cubrió la boca con las manos para ahogar un grito, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared fría.
Arlo se agazapó, sus músculos tensos como resortes de acero, emitiendo un rugido que hizo vibrar mis propios huesos.
La Brecha en el Muro.
De repente, una de las bisagras cedió con un estallido metálico. Una garra rayada y poderosa se coló por la rendija, seguida de un rostro felino que no conocía la piedad. No era Kaelan, sino uno de sus capitanes más feroces, un tigre de ojos color ámbar que siseó al ver la protección de la pantera negra.
—A un lado, gato de sombras —gruñó el intruso, forzando la puerta—. Vengo por la descendencia del norte. Kaelan no aceptará un "no" por respuesta.
El Contraataque de la Pantera.
Arlo no esperó a que terminara de hablar. Con una velocidad que el ojo humano apenas podía seguir, se lanzó contra la abertura. El choque de los dos grandes felinos fue un estruendo de garras, dientes y pelaje oscuro mezclado con rayas naranjas. El refugio, que debía ser un lugar de paz, se convirtió en un campo de batalla de pesadilla.
Lucy aprovechó la distracción para tomarme rápidamente y subirme a un estante alto, fuera del alcance de la pelea.
—Quédate ahí, Wyny —me suplicó con lágrimas en los ojos—. No bajes por nada del mundo.
El Regreso del Rey.
Justo cuando el capitán tigre lograba inmovilizar a Arlo contra el suelo, un sonido nuevo atravesó el caos: el eco de pasos pesados y metálicos bajando a toda velocidad por las escaleras de caracol.
La puerta terminó de saltar en pedazos, pero no por la fuerza del tigre, sino por una patada de acero. Dexter irrumpió en la cámara. Su armadura de obsidiana estaba manchada de hollín y sangre, y su espada emitía un brillo frío y letal. Detrás de él, Benher sostenía una antorcha, iluminando la escena con una luz vacilante.
—¡Suéltala! —rugió Dexter, y su voz no era humana; era el grito de un soberano que había visto a su familia en peligro.
Sin dudarlo, Dexter se lanzó al combate para ayudar a Arlo. El estratega Benher se colocó frente a nosotras, desenvainando una daga corta.
—Señor, el frente exterior ha caído. Los osos han roto la retaguardia de Kaelan —anunció Benher mientras vigilaba la entrada—. ¡Debemos terminar con esto aquí y ahora!
Me aferré al borde del estante, mirando cómo Dexter y Arlo luchaban codo con codo contra los infiltrados. El aire estaba saturado del olor a hierro y feromonas de combate. Por primera vez, entendí que la guerra no solo se ganaba en los mapas de Benher, sino en el corazón de aquellos que estaban dispuestos a morir para que otros pudieran vivir en paz.