🐇EL SUSURRO DE LA LUNA.
El caos de la batalla comenzaba a disiparse en los niveles superiores, pero en las profundidades del refugio, el tiempo parecía haberse detenido. Dexter me sostenía contra su pecho con una firmeza que mezclaba la fuerza del guerrero y la delicadeza de quien sostiene un cristal a punto de romperse. Me cargaba al estilo nupcial, como a una princesa, mientras el abrigo de Lucy me envolvía por completo.
Mis piernas, largas y extrañas, colgaban de sus brazos, y mi piel aún sentía el hormigueo de la reciente transformación.
Un Vínculo Inquebrantable.
—Benher, asegura el perímetro. Arlo, ve con los sanadores ahora mismo —ordenó Dexter sin apartar la vista de mí—. Lucy, prepara agua caliente y las mejores sedas en mis aposentos. Ella necesita descansar.
Lucy asintió rápidamente y comenzó a subir las escaleras para cumplir las órdenes. Dexter empezó a caminar por los pasillos de piedra, sus pasos resonando con un eco metálico. Sin embargo, cuando llegamos al umbral de la habitación y Dexter hizo el amago de depositarme en la gran cama de roble para que Lucy se hiciera cargo de mí, un pánico instintivo me recorrió.
Mis manos humanas, pequeñas y blancas, se cerraron con fuerza sobre las placas de su armadura de obsidiana. Me aferré a él con una desesperación que me hizo temblar, hundiendo mi rostro en el hueco de su cuello.
Las Primeras Palabras.
—Wyny, pequeña... —susurró Dexter, deteniéndose. Su voz era ronca, cargada de una emoción que amenazaba con romper su compostura—. Tienes que soltarme. Lucy te bañará y te vestirá mejor. Estás a salvo ahora.
Negué con la cabeza frenéticamente, apretando mis dedos contra el frío metal. Sentía que si lo soltaba, volvería a ser esa presa indefensa en la oscuridad, o que este sueño humano se desvanecería. Entonces, con un esfuerzo que pareció nacer desde lo más profundo de mi alma, mis cuerdas vocales vibraron por primera vez.
—No... no me dejes —susurré.
Fue apenas un aliento, una voz suave y melódica que rompió el aire de la habitación. Dexter se quedó petrificado. Sus brazos me apretaron con más fuerza y sentí cómo su corazón, ese motor de furia que me había defendido hace unos minutos, daba un vuelco violento.
La Promesa de la Pantera.
Dexter miró a Lucy, quien esperaba junto a la tina de agua caliente con una toalla en las manos. La sirvienta, al ver la escena, bajó la mirada con una sonrisa comprensiva y se retiró a un rincón de la alcoba para darnos espacio.
—Jamás —respondió él, apoyando su frente contra la mía. El aroma a sándalo y la adrenalina de la batalla me envolvieron, dándome la seguridad que necesitaba—. Ya no eres una criatura en mi bolsillo, Wyny. Eres mi reina. Y un rey nunca abandona su tesoro más valioso.
Se sentó en el borde de la cama, manteniéndome en su regazo mientras Lucy se acercaba con cuidado para comenzar a limpiar las cenizas y el miedo de mi nueva piel. No me soltó; su mano permaneció entrelazada con la mía, demostrándome que, aunque mi forma hubiera cambiado, mi lugar seguro seguía estando exactamente donde siempre había estado: junto a él.