🐇EL FLORECER DEL REINO DE OBSIDIANA.
Han pasado varios meses desde que el frío de las catacumbas y el brillo del acero marcaron el fin de mi antigua vida. A veces, cuando me miro en los grandes espejos de plata de la alcoba real, todavía espero ver un pequeño par de orejas beige y un hocico inquieto, pero lo que encuentro es algo muy distinto.
Mi nueva forma humana se ha asentado, aunque con curiosas particularidades. A pesar de que mi mente y mi edad dicen una cosa, mi físico parece haberse detenido en una juventud eterna y menuda. Apenas alcanzo el pecho de Dexter; soy una figura pequeña y ágil que se pierde entre sus abrazos, recordándole siempre la fragilidad que juró proteger.
Una Nueva Libertad.
La vida en el castillo ha cambiado drásticamente. Ahora que ya no soy un pequeño conejo vulnerable, Dexter me ha otorgado una libertad que antes era impensable. Ya no hay bolsillos ni jaulas, ni siquiera de oro. Camino por los pasillos con mis propios pies, vestida con las sedas más finas que Lucy elige para mí con un cariño casi maternal.
Mis tardes suelen ser una danza de risas y sombras junto a Arlo. Aunque él sigue siendo una pantera majestuosa y yo ahora camino erguida, nuestra conexión no ha cambiado. Jugamos a las escondidas por los jardines de invierno y los salones de banquetes. Él finge que no puede encontrarme tras las columnas de obsidiana, solo para sorprenderme con un suave empujón de su nariz húmeda contra mi espalda. Arlo es mi guardián silencioso, mi cómplice en cada travesura, y el primero en alertarme cuando los pasos firmes de Dexter se acercan.
Cicatrices y Tratados.
El mundo exterior también ha sanado, aunque las cicatrices permanecen. El nombre de Kaelan y el Clan Tigre se han convertido en un eco amargo del pasado. Tras la batalla, Dexter fue implacable: se cortaron todos los lazos diplomáticos y comerciales. Las fronteras fueron reforzadas con magia y acero, y se dictó que cualquier tigre que osara cruzar el río sería considerado un invasor sin derecho a tregua.
A cambio, nuestra alianza con el Clan Oso se ha vuelto inquebrantable. Bjorn nos envía cargamentos de miel y madera, y a veces, en sus cartas, pregunta por la "pequeña luz del sur" que logró unir a dos reyes.
El Hogar en sus Brazos.
Por las noches, cuando el castillo queda en silencio y solo se escucha el crepitar de las antorchas, regreso a mi lugar seguro. Dexter ya no me mira con el miedo constante de perderme, sino con la admiración de quien contempla un milagro cotidiano.
—Sigues siendo pequeña, Wyny —murmura a veces, mientras me envuelve en su capa frente a la chimenea—, pero ahora tu voz llena cada rincón de mi alma.
Yo sonrío y me acurruco contra él. El miedo a ser una carga se ha esfumado. Ya no soy solo una mascota o un tesoro escondido; soy la paz que el Rey de las Panteras tanto buscaba, y mientras estemos juntos, sé que el invierno nunca más volverá a ser frío.