🐇EL SILENCIO QUE PROCEDE A LA TORMENTA.
La paz en el Castillo de Obsidiana era un lienzo de colores suaves. La biblioteca real se encontraba bañada por la luz dorada del atardecer, y el único sonido era el pasar de las páginas y el rítmico rasgar de la pluma de Dexter sobre el pergamino.
Yo estaba sentada en su regazo, envuelta en una túnica de seda color crema que contrastaba con su oscura armadura ligera. Me sentía pequeña y protegida, sumergida en un libro de poemas antiguos que hablaban de estrellas y bosques eternos.
Mientras yo leía, la mano de Dexter se movía con una familiaridad reconfortante, acariciando mi cabello castaño y mi cabeza, un gesto que aún conservaba de cuando yo era su pequeña coneja.
—Este poema dice que el destino siempre encuentra su camino —susurré, recostando mi espalda contra su pecho sólido.
Dexter dejó su pluma y depositó un beso distraído en mi coronilla, aunque sus ojos permanecían fijos en los sellos de cera de las cartas que revisaba.
—Nuestro destino es este, Wyny —respondió él con voz profunda—. La calma después de tantos años de guerra.
La Sombra en el Umbral.
La pesada puerta de roble se abrió de golpe, rompiendo la atmósfera de ensueño. Benher entró a la habitación, pero no traía su habitual aire de calma calculadora. Su rostro estaba pálido, y el sudor perlaba su frente a pesar del frío de la tarde.
Dexter se tensó de inmediato, y su mano, que hace un segundo me acariciaba con ternura, se cerró sobre el brazo del sillón.
—Benher —dijo Dexter, su voz recuperando el filo del acero—. ¿Qué significa esta intrusión?
Un Silencio Absoluto.
El estratega se detuvo frente a la mesa, sosteniendo un mapa que temblaba levemente en sus manos.
—Señor... los mensajeros de los límites del Estado —comenzó Benher, tragando saliva con dificultad—. Han dejado de enviar señales. El puesto de avanzada del río, las torres de las colinas... silencio absoluto. No han llegado los informes de mediodía, ni los de la tarde.
Dexter frunció el ceño, poniéndome suavemente de pie para que él pudiera levantarse.
—¿Infiltrados tigres? ¿Acaso Kaelan ha roto sus cadenas? —preguntó el Rey, con los ojos brillando de peligro.
—No es solo eso, señor —continuó Benher, y su voz bajó a un susurro lleno de pavor—. He enviado señales de emergencia a los otros territorios. Me he comunicado con el Clan de los Osos, el de los Búhos, los Leones y los Ciervos. Todos han respondido lo mismo: sus fronteras exteriores también se han quedado a oscuras. Nadie entra, nadie sale. Es como si el borde del mundo se estuviera cerrando.
El Presagio.
Un escalofrío me recorrió la columna. Miré hacia el gran ventanal. El sol ya no era dorado; se había vuelto de un tono cobrizo extraño, y las sombras en el jardín parecían más largas de lo habitual. Arlo, que dormía cerca de la chimenea, se puso en pie de un salto, erizando el lomo y soltando un gruñido bajo dirigido hacia el horizonte.
No era una guerra de clanes. No era una venganza de Kaelan. Era algo más antiguo, algo que estaba devorando la comunicación entre todos los reinos.
Dexter se acercó a la ventana y puso una mano sobre el cristal frío. Me miró por encima del hombro, y en su mirada volví a ver ese miedo que creí que había desaparecido: el miedo a un enemigo que no se puede combatir con espadas.
—Wyny, quédate cerca de Lucy —ordenó Dexter, mientras desenvainaba su espada de obsidiana, cuyo brillo se veía opaco bajo la luz extraña del cielo—. Benher, convoca a la guardia de élite. El silencio no es ausencia de guerra... es el aviso de que algo mucho más grande ha despertado.
El libro de poemas cayó al suelo, quedando abierto en una página que hablaba de un invierno eterno que no traía nieve, sino olvido. La verdadera batalla, la que pondría a prueba no solo nuestro amor, sino la existencia de todos los clanes, acababa de llamar a nuestra puerta.
FIN DEL LIBRO PRIMERO.