El Pasadizo Sumergido
La caída no terminó.
El aire se volvió un grito constante mientras los cuerpos atravesaban la oscuridad, rodeados de rocas que giraban como cuchillas. Adael extendió el brazo instintivamente, intentando mantener al grupo unido mientras el abismo los tragaba sin piedad.
— ¡No se separen! — Rugió.
El suelo apareció de golpe.
Erya reaccionó en el último instante.
El espacio se dobló.
Un portal se abrió bajo ellos, distorsionando la gravedad, reduciendo la velocidad justo lo suficiente para que el impacto no los matara. Aun así, el golpe fue brutal.
Agua fría.
Dolor.
Silencio.
Adael fue el primero en levantarse, el pecho subiendo y bajando con fuerza. El rayo chisporroteó brevemente en su piel antes de desaparecer.
— ¿Todos vivos?
Rosa se incorporó lentamente, con sangre resbalando de un corte en su frente… pero sonreía.
— Nada roto.
Dargus tiró de sus hilos, recuperándolos de la roca.
— Enteros.
Lune emergió del agua hasta la cintura, empapada, respirando hondo.
— Este lugar… — Susurró — algo…me está llamando.
Erya observó alrededor, seria.
— Seguimos en el tercer nivel. Pero no donde los demás están.
Una Entrada Oculta
El pasadizo era inmenso: una caverna subterránea donde ríos brillantes cortaban la roca como venas vivas. Cascadas caían desde lo alto, y símbolos antiguos brillaban bajo el agua, apagándose y encendiéndose como si respiraran.
No había gritos.
No había multitudes.
Solo ellos… y algo más.
Un sonido húmedo resonó.
Adael tensó el cuerpo.
— Prepárense.
Las Criaturas del Agua Negra
El agua comenzó a moverse sola.
Desde las lagunas surgieron criaturas largas y deformes, con piel translúcida que dejaba ver órganos latiendo. Sus mandíbulas se abrían en dos, y sus extremidades terminaban en garras curvas.
Atacaron sin ruido.
Dargus lanzó sus hilos como relámpagos, envolviendo gargantas y extremidades. Un tirón seco, y los cuerpos se estrellaron contra las columnas.
Rosa avanzó con paso firme. Su sangre salió de sus brazos en forma de estacas sólidas que atravesaron cráneos y fijaron cuerpos a la piedra.
— No dejen que nos rodeen — Ordenó Adael.
Una criatura saltó desde el agua hacia Lune.
Y entonces…
La Perla
Lune se giró.
Algo brillaba bajo la superficie, pulsando con una luz profunda. No era una trampa. No era un objeto muerto.
La perla.
— Lune susurró sin apartar la mirada — Esto es mío.
Se hundió hasta el pecho y tomó la perla.
El agua rugió.
Las corrientes se retorcieron violentamente, levantándose del suelo como si el pasadizo mismo la reconociera.
La perla se fundió en su pecho.
Lune gritó.
No de dolor.
De poder.
El Agua se Arrodilla
Las criaturas atacaron de nuevo.
Esta vez no llegaron.
El agua se elevó en columnas gigantes que descendieron como martillos. Cada golpe aplastaba, comprimía cuerpos hasta romperlos antes de lanzarlos contra las paredes.
Lune avanzó un paso.
El agua giró a su alrededor, formando cuchillas líquidas que cortaron todo lo que se acercó.
— Lune… — Murmuró Rosa, impresionada.
Adael liberó viento para acelerar las corrientes, luego un rayo corto que paralizó a las criaturas que intentaban huir.
Un último rugido…
y luego nada.
Silencio.
El Botín del Pasadizo
Las paredes temblaron.
Compartimientos antiguos se abrieron lentamente, revelando armas olvidadas, piezas de armaduras, anillos rúnicos y reliquias cubiertas de polvo.
Erya abrió un portal estable.
— Todo aquí — Dijo— Esto no debía ser encontrado tan pronto.
Dargus observó los restos flotando en el agua.
— Los otros siguen peleando arriba… y nosotros crecimos aquí abajo.
Adael miró a Lune.
El agua seguía respondiendo a cada uno de sus movimientos.
— ¿Cómo te sientes?
Ella cerró la mano y el agua obedeció.
— Completa — Respondió.
Adael asintió.
— Entonces seguimos.
Levantó la mirada hacia el pasadizo que se hundía aún más en la oscuridad del tercer nivel.
— La pirámide no nos dejó caer por accidente.
Esto es solo el comienzo.
El grupo avanzó.
Y el agua cerró el pasadizo tras ellos pero no terminó donde debía o donde imaginaban.
Las paredes cambiaron de forma mientras avanzaban: la piedra húmeda dio paso a escalones tallados con símbolos rotos, y luego a túneles cada vez más secos. El aire dejó de oler a agua y comenzó a arder en los pulmones.
No estaban solos.
Un ruido de pasos los obligó a detenerse.
Tres personas surgieron desde una galería lateral: un grupo distinto, armados, cansados, con los rostros marcados por combates recientes. Cuando vieron a Adael y los demás, retrocedieron un paso.
— Tranquilos — Dijo Adael — No buscamos pelea.
La tensión duró solo segundos.
Intercambiaron pocas palabras. Habían caído por otro acceso del tercer nivel, perdido a la mitad de su equipo… y decidieron no arriesgar más. Se marcharon en dirección contraria, sin mirar atrás.
Cuando el eco de sus pasos desapareció, Erya rompió el silencio.
— Rosa.
Ella se giró.
— ¿Qué pasa?
Erya la miró fijamente.
— El arma que buscas… ¿está aquí?
Rosa apretó el puño. La sangre bajo su piel se movió inquieta.
— No lo sé — Respondió con sinceridad.
Miró hacia arriba, hacia una rampa de piedra que ascendía.
— Si quiero encontrarla… tengo que seguir subiendo. A los niveles altos.
Adael no dijo nada. Solo asintió.
Y siguieron.
“El Cuarto Nivel”
La salida los cegó.
El mundo era arena.
Un desierto infinito se extendía bajo un cielo inmóvil, sin sol visible pero lleno de una luz abrasadora. No había ruinas. No había criaturas. No había gritos.
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Editado: 04.01.2026