EL SILENCIO TRAS EL DESIERTO
El piso respiró.
No fue un sonido literal, pero todos lo sintieron.
Como si algo colosal soltara el aire después de siglos de tensión.
La arena comenzó a desmoronarse lentamente. Las lanzas, los muros, fragmentos que volvieron a ser simples granos dorados. El desierto entero se replegó, retrocediendo como una marea inversa.
— …Miren eso — Murmuró Dargus.
La arena no desaparecía.
Volvía.
Corrientes de polvo fino se elevaron desde todos los rincones del piso, flotando en espirales suaves que convergían en un solo punto: Nan.
El cuerpo inconsciente de la chica absorbía el desierto.
Grano a grano.
Poder a poder.
Su respiración era débil pero constante, y cada latido parecía atraer más tierra hacia ella, hasta que el piso quedó… normal.
Roca sólida.
Suelo estable.
Silencio.
— Todo ese entorno… — Dijo Lune, apoyándose con dificultad — …era ella.
Erya asintió, cerrando lentamente los dedos.
— No estaba controlando el piso.
— Ella era el piso.
Adael se sentó en el suelo junto a Nan, agotado. La electricidad residual aún le recorría los brazos, pero ya no había tensión en el aire.
— Descansen — Dijo con voz baja — No se muevan mucho… Este nivel ya no es hostil, pero seguimos dentro del sistema.
Rosa se dejó caer de espaldas, desactivando su armadura de sangre con un suspiro cansado.
— Dos horas — Dijo — Eso puedo aguantar antes de volver a sangrar por todo.
El grupo descansó.
No durmieron del todo, pero el cuerpo agradeció la pausa. Heridas cerrándose, respiraciones volviendo a un ritmo humano, pensamientos acomodándose tras el caos.
Nan no despertó.
Pasó una hora.
Luego otra.
Fue entonces cuando el aire cambió.
Un sonido seco, metálico.
— …¿Escucharon eso? — Preguntó Lune.
Un círculo de luz se abrió a unos metros.
Luego otro.
Y otro más.
Personas comenzaron a caer al piso.
Tres.
Cinco.
Ocho.
Veinte.
Todos armados. Todos atentos. Todos con la misma mirada que ellos habían tenido al llegar: hambre de poder.
— Mierda… — Murmuró Dargus — Llegaron rápido.
Uno de los recién llegados levantó la vista.
Y la vio.
El trono.
No estaba destruido.
Había cambiado.
Donde antes hubo arena y dominio, ahora había una estructura neutra, casi pulida, flotando apenas sobre el suelo. Su forma no era fija: a veces parecía una silla, a veces un altar, a veces una corona gigante suspendida en el aire.
— Es un tesoro… — Dijo uno de ellos, con voz temblorosa — Un tesoro de piso.
El objeto reaccionó.
Su forma se adaptó a la mirada de cada uno.
— Ese trono… — Dijo Erya, alarmada — Toma la forma del deseo del portador.
— No los dejen acercarse — Ordenó Adael, poniéndose de pie.
Fue tarde.
El primer ataque vino como una lluvia.
Fuego, cuchillas de energía, proyectiles de sombra.
El grupo respondió, cansado pero coordinado. Rosa se lanzó al frente, Dargus cubrió con hilos, Lune levantó agua defensiva. Adael bloqueó con viento, empujando a los enemigos hacia atrás.
Pero eran demasiados.
— ¡No podemos sostener esto mucho tiempo! — Gritó Rosa.
Entonces—
El suelo vibró.
No violentamente.
No como antes.
Fue… un pulso.
Los ojos de Nan se abrieron.
La arena que aún quedaba en el ambiente reaccionó al instante, elevándose como si hubiera recordado a su dueña.
Nan se incorporó lentamente, de rodillas.
— …Basta.
Una sola palabra.
El piso obedeció.
Columnas de tierra surgieron bajo los invasores, atrapándolos, inmovilizándolos sin herirlos. Sus ataques se apagaron como velas al viento.
Nan se puso de pie.
Caminó hacia el trono.
El tesoro cambió de forma al verla… y luego se estabilizó.
Se convirtió en algo simple.
Un fragmento sólido, del tamaño de un corazón, flotando frente a ella.
Nan extendió la mano.
El tesoro entró en su cuerpo.
Todo terminó.
Los intrusos fueron expulsados del piso por portales automáticos, sin resistencia posible.
Nan dio un paso… y cayó.
Adael la atrapó antes de que tocara el suelo.
— Tranquila — Dijo en voz baja — Ya terminó.
Nan no respondió.
Había vuelto a desmayarse.
El grupo se miró en silencio.
— Dos horas — Dijo Erya finalmente — Exactas.
Adael observó a Nan, inconsciente pero en paz.
— Cuando despierte… — Murmuró — Nada va a ser igual.
El piso quedó en calma.
Y el nivel… por primera vez, aceptó su presencia.
Fin..