Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 1: La noche del despertar

Capítulo 1

La noche del despertar

La luna alumbra en lo alto del cielo. Las estrellas resplandecen en la noche, dándole una belleza inexplicable a la ciudad Eirvallen. Las calles son recorridas por los guardias de forma calmada, sin siquiera un tropiezo. Nadie se atreve a molestar en la ciudad de Yrsa Torsveen, la gran concejala.

Todo marcha normal; parece ser una madrugada tranquila, en la cual no existirá ninguna clase de problemas. Los guardias recorren la muralla sin ninguna clase de preocupación. El miedo no existe dentro de esos muros de la ciudad. Las hojas de los árboles se mueven con suavidad, anunciando la frescura de la madrugada.

En las torres de vigilancia, los guardias apuestan a adivinar las colinas que se observan a distancia, las cuales, bajo la luz de la luna, quedan definidas, dejando ver formas diferentes en la noche. Los soldados se divierten; no llevan toda su armadura, solo portan su espada, algunos el yelmo y una pequeña daga colgada en la cintura.

—Vamos, Dan, está fácil. ¿Qué ves encima de la montaña? —dice Marcos, un joven soldado de pelo negro que señala con el dedo el lugar.

—No veo nada nuevo; es la misma montaña de todos los días —responde Dan, con cara de no saber la respuesta a la interrogante.

Sus ojos siguen mirando el mismo lugar, buscando una respuesta, hasta que una voz lo hace cambiar la mirada.

—Hola, vagos, ¿cómo les va? —Era Luck, un joven de veinticinco años que se acerca con algo en su mano.

Todos se sorprenden al ver lo que lleva: una botella de usopo, el mejor alcohol destilado en toda aquella ciudad y, para muchos, el mejor de la región.

—No me miren así; parecen haber visto un fantasma —dice Luck.

—Creo que no es buena idea, amigos. Estamos de guardia; no es momento para beber.

Todos se echan a reír por las palabras de aquel joven. Uno de sus compañeros le tira el brazo por encima del hombro, abrazándolo con fuerza y dándole unas palmadas fuertes en el peto. Solo él porta completa la protección.

—¿Cómo te llamas? —pregunta Carelion, su compañero, girándolo para que mire al resto.

—Patricio es mi nombre.
‎Todos se echan a reír al escuchar su nombre; les pareció tan gracioso que hasta derramaron parte del alcohol que ya habían servido en los vasos.

‎—Patricio de Vells es mi nombre completo —dijo con algo de miedo.

‎Al escucharlo, todos dejan de reírse. Las caras se ponen serias. Ese apellido era uno de los más importantes de toda la región; la seriedad del momento helaba el ambiente tan placentero que se había formado hacía tan solo unos instantes. La botella había sido guardada.

‎—No deben tener miedo. No diré nada acerca de lo que suceda esta noche entre nosotros.

‎Todos lo miran de manera escéptica; no lo creen capaz de no denunciarlos con su comandante, que era su padre.

‎—Mi padre no se enterará. Solo les digo que eviten emborracharse.

‎Los cuatro compañeros quedan tranquilos; la botella vuelve a hacer acto de presencia entre ellos. De a poco, las risas vuelven. La algarabía es notada por los guardias de las torres cercanas.

‎La madrugada sigue cayendo. Las horas pasan. La luna se oculta detrás de las nubes. La visibilidad se hace menor.

‎En ese instante oscuro, Patricio ve algo extraño moviéndose entre las sombras. No logra distinguir bien; sabe que no es algo normal.

‎—Algo se mueve allí, detrás de esos arbustos —dice a sus compañeros, con cara de preocupación.

‎Solo Bratt, de cabello castaño largo, mira. Observa las demás torres; hay hombres dormidos. Los demás soldados de la vigilancia de las defensas circulares tampoco hacen caso a sus señas y peticiones.

‎—Relájate, Patricio. No hay nada allí, solo es el camino y algo de maleza que mañana reportaremos para que limpien —le dice Bratt.

‎La cara de preocupación no desaparece; algo sucede y no es nada bueno. Tiene ese instinto heredado de su padre.

‎—Ven, toma un trago —termina por decirle su compañero.

‎Lo rechaza; su padre le enseñó que durante el tiempo de servicio no se bebe otra cosa que no sea agua.

‎El humo de un tabaco termina por molestarlo; Luck lo había prendido y lo exhalaba como si fuera el néctar de los dioses creadores.

‎Sus compañeros apuestan tragos de la botella con cada error cometido, sentados todos en el borde del muro.

‎Mientras esto sucedía en la torre norte del castillo, la joven Elanwe camina por un lugar frío. Ve una planicie enorme y una muralla que parece imposible de escalar hasta arriba.

‎Un instante después, siente que algo caliente pasa por encima de su cabeza; eran bolas envueltas en fuego de un tamaño gigantesco.

‎Mira la muralla. Allí ve a una joven con armadura; no la conoce, jamás la vio en su vida. La joven observa el cielo, tratando de alcanzar un objeto dorado.

‎Elanwe lo reconoce y le grita:

‎—¡No!

‎Se despierta. Su ropa está empapada de sudor; su cuerpo arde.

‎Se para frente a la ventana de su habitación y, desde allí, ve a los cinco jóvenes beber de la botella. Se quita la ropa que trae puesta, quedando desnuda, y enciende una luz en su cuarto.

‎—¿Se encuentra bien, señorita Elanwe? —le pregunta uno de los guardias apostados delante de su puerta.

‎Se demora unos segundos. El guardia vuelve a preguntar y se dispone a derribar la puerta, cuando escucha la voz de ella:

‎—Me encuentro perfecta; no es necesario que entres. Puedes seguir con tu labor desde allí fuera.

‎Elanwe toma pinceles. Quita de un tirón el lienzo que tenía delante, haciéndolo caer a varios metros, y comienza a dibujar su sueño.

‎Comienza por el suelo: la nieve espesa; por ella corre un río de sangre, cuerpos amontonados por cientos y animales destrozados. Sus trazos no eran hermosos; reflejaban la verdad de aquel triste momento por vivirse.

‎El cielo tenía un color negro profundo. El fuego surca el cielo e impacta contra la muralla, que parece temblar ante cada golpe sufrido.

‎En la cima de aquella enorme muralla, alguien se levanta firme; su figura erguida es signo de un espíritu indoblegable. Tiene una mano extendida al cielo, tratando de agarrar algo parecido al sol; su brillo es lo único que permite ver el hermoso cielo azul.

‎Las pinceladas golpean su cuerpo como si ella fuera la tela sobre la cual está pintando. Las lágrimas corren por sus mejillas.

‎No quiere ser ella la portadora de malas noticias.

‎Se levanta de su asiento. El cuadro de su visión está terminado; tiene pintura en varias partes de su cuerpo.

‎Suspira con fuerza. No puede permanecer sentada; solo mira aquello que acaba de dibujar con tal intensidad que podría destruirlo con la mirada.

‎—Está despertando —murmuró en voz baja para sí misma, pues no había nadie a quien decírselo.

‎Se sienta en la cama, pensativa. Ya es entrada la madrugada para llamar a Yrsa; mejor lo deja para cuando amanezca. Pero si lo deja para luego, puede que ya sea demasiado tarde para hacer algo que evite su despertar.

‎Su mente está agotada, como si hubiera estudiado durante horas sin dormir un solo instante. Se asoma nuevamente por la ventana; vuelve a ver a los guardias sin cumplir sus funciones a cabalidad. Su distracción sigue siendo evidente.

‎Se retira a la silla que siempre tiene al lado de la ventana




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